En un libro de entrevistas a Vladimir Nabokov se incluye una conversación en cuyo transcurso se le pide al autor de Lolita su opinión acerca de la literatura de su tiempo: “Desde aquí arriba se ve todo muy pequeño”, responde el gran novelista. De no ser por la humildad que, a diferencia de Nabokov, caracteriza a Ignacio Gómez de Liaño, el autor madrileño nacido en 1946 podría suscribir dichas palabras adaptadas a su contexto sin desmerecer un ápice a la realidad.

El mayor pensador y escritor que tiene España en nuestros días se llama Ignacio Gómez de Liaño. Después de una larga trayectoria intelectual que compone una obra sin parangón en la historia reciente del pensamiento español, publicó en 2018 un libro que, desde entonces, ha sufrido varias reediciones sin alcanzar el éxito merecido: Democracia, Islam, Nacionalismo (2018). Es el libro que, tras cada atentado yihadista, ha servido para explicar los verdaderos motivos que esconde dicho horror y todos nosotros lo deberíamos estar leyendo estos días en los que los tertulianos televisivos habituales y los plumillas periodísticos que escriben al dictado fingen saberlo todo acerca de lo que está ocurriendo en Afganistán. Allí se realiza una semblanza de Mahoma y se alerta, con los textos sagrados en la mano, de los peligros que entraña una creciente islamización de España y de Europa; también se incluye una semblanza de Lutero y se da cuenta de la imparable “protestantización” de la cultura Occidental; se incluye una semblanza de Sabino Arana y se denuncia el racismo latente en toda forma de nacionalismo; se señala el catolicismo cultural de Jorge Santayana como legado a preservar ante la decadencia actual de dicha religión; y se recogen las tropelías de las “religiones políticas” del siglo XX —fascismo, comunismo y nacionalsocialismo—, frente a una democracia que Gómez de Liaño siempre ha propuesto “recuperar” para acabar con la oligarquía que se ha impuesto en España desde la implantación de ese engendro al que llamamos Transición. Todo eso sin flaquear en el rigor intelectual y estilístico durante una sola línea.

Gómez de Liaño es un autor madrileño, español, europeo y universal pero siempre ha tenido presente el pueblo del que surgieron sus antepasados: Peñaranda de Bracamonte. Fue un niño brillante en el que latía el genio desde el principio y que demostró pronto su gran capacidad mnemotécnica —en buena medida heredada de su familia—, así como un talento poético precoz que se manifestó en varios textos líricos insultantemente tempranos con influencias claras de lo más granado del Siglo de Oro español y de lo más selecto de la llamada Generación del 27. Años después, pudo disponer del magisterio directo de algunos de los más grandes intelectuales del franquismo como Francisco Rodríguez Adrados —siempre lo consideró su mejor alumno de latín— o José Luis Pinillos —le dirigió su tesis de licenciatura en filosofía—. En los años siguientes, Gómez de Liaño no quiso quedarse estancado en el culteranismo, como le ocurriría a otros contemporáneos, y pasó a tratar de encarnar la poesía en la propia vida y procurar sacarla a la calle, como en una procesión religiosa, volviéndose, con ello, la figura clave de la vanguardia experimental española gracias a un manifiesto, Abandonner l’écriture (Abandonar la escritura), que prácticamente coincidió en el tiempo con el Mayo del 68 parisino.

Pero pronto dio el salto hacia la poesía experimental —a través de la poesía concreta, la poesía visual y la poesía de acción— e introdujo el vanguardismo dadaísta de Hugo Ball y el Cabaret Voltaire a España, realizando los primeros poemas públicos y manteniendo una amistad estrecha con Henri Chopin o con Alain Arias-Misson. Exploró la poesía visual, la gramática generativa y los avances informáticos de la época y supo incorporarlos a una obra propia tan voraz como amplia en sus múltiples manifestaciones. Participó en los Encuentros de Pamplona de 1972 que, a día de hoy, siguen suponiendo un hito sin superar en la cultura experimental española. Gracias a eso y a su omnívoro interés por las artes, se mezcló con una generación de artistas —H. Molero, J. Mordó, M. Quejido—, editores —J. Aguirre, J. Salinas—, críticos de arte —Calvo Serraller, Bonet— y escritores —Savater, Escohotado, Albiac, Cuenca, Colinas, Trapiello o, más recientemente, Ilia Galán— de los que ha sido su mejor cronista a través de varias obras como Libro de Artistas o su más completo libro de diarios publicados hasta la fecha, En la red del tiempo, donde da cuenta de los años finales del franquismo y de una etapa fundamental en su formación intelectual y profesional que más tarde desembocaría dentro de la Universidad española. Todo ello ha confluido en la exposición que se pudo ver recientemente en el Museo Reina Sofía dedicada a la figura de Ignacio Gómez de Liaño pero que trasciende sus interesantes contingencias biográficas para dar testimonio de un tiempo.

Gómez de Liaño ha sido un viajero y un estudioso durante toda su vida. Un monje mundano a caballo entre lo fugaz y lo permanente. Su novela Extravíos, una de las mejores publicadas en lo que va de siglo, es el mejor relato de una época y consta de dos protagonistas, Celso y Marcial —un hombre pragmático y un hombre místico—, que resumen bien las dos facetas más evidentes del autor: la acción y la contemplación. Frecuentó a William Burroughs, Brion Gysin y Paul de Vree, entre otros; vivió en Londres donde pudo acceder a las más selectas bibliotecas del país para formase con sus lecturas exclusivas; fue profesor universitario en Japón (Osaka) y en China (Pekín), mucho antes de que el turismo banalizara el concepto de viajero; y, sobre todo, fue amigo personal y muy íntimo de Salvador Dalí hasta el final de su vida y, después, se convirtió en el mayor experto mundial de su obra: aquellos años han quedado recogidos en un dietario titulado El camino de Dalí; el pintor sirvió de inspiración, además, para el personaje Kavalis de su novela Arcadia; y todos los escritos —artículos, conferencias, ensayos— sobre la obra de su maestro y amigo han quedado recogidos en Dalí descifrado, que acaba de ser reeditado. El estudio de la vida del conde de Villamediana como antecedente directo en esa pretensión de encarnar la poesía en la vida, le llevó a la obra de, entre otros autores herméticos, esotéricos y cercanos a la alquimia como Pico della Mirandola o Marsilio Ficino, el gran Athanasius Kircher, al que pudo editar más adelante y que le hizo abandonar en buena medida la influencia que hasta entonces habían marcado los autores de la Escuela de Frankfurt —especialmente Theodor W. Adorno, cuya obra investigó a fondo— en su obra como se puede apreciar en el breve texto Más allá de las ideologías, que acaba de ser recuperado por la editorial hispanoamericana Kolaval.

Un descubrimiento trascendental fue el de Giordano Bruno, al que tradujo por primera vez en España, editó como nadie, prologó con la maestría marca de la casa e introdujo con buen gusto en España y del que es su máximo especialista mundial. Dicho descubrimiento le llevaría, a través de la senda iniciada por Frances Yates en libros como El arte de la memoria, al estudio del Teatro de la Memoria de Giulio Camillo, de las utopías del Renacimiento, de las reglas mnemotécnicas desde tiempos de Simónides de Ceos y, finalmente, de los diagramas gnósticos —de los que indudablemente bebió Bruno— que analizó en profundidad hasta descubrir, tras un primer viaje a Japón y un peregrinaje posterior a través de varios caminos concomitantes con la Ruta de la Seda, como en realidad la cultura clásica griega se había extendido por Oriente y, finalmente, estaba siendo recuperada. Para dicho trabajo, Gómez de Liaño se documentó sin descanso durante una década leyendo en las lenguas originales absolutamente toda la cultura clásica,  recopilando cada una de las variantes de todos los mitos gnósticos y, por fin, descifrando su expansión y sus conexiones con la cultura oriental hasta terminar impregnando la cultura semita y la judía para volver a integrarse en lo que conocemos como Europa. Dicha  labor cristalizaría en dos obras imponentes, El círculo de la sabiduría y Filósofos griegos, videntes judíos, y un anexo posterior, El diagrama del primer Evangelio, aunque impregnaría todo su trabajo posterior de forma decisiva.

Ignacio Gómez de Liaño lleva décadas perfeccionando un estilo literario “invisible”, amable con el lector, capaz de transparentar la excelente conversación que tiene el propio autor y una escritura que remite a los grandes nombres en el uso de la lengua: Galdós, Gracián o el propio Cervantes. Y esa voluntad de hacer un estilo pulcro y limpio, sin duda alguna el más difícil de cuantos el español comprende, tiene su correlato en una gran claridad de ideas y una capacidad de ordenación del pensamiento dignas del mejor elogio. Ha logrado pensar la poesía desde la filosofía y la filosofía desde la poesía, como demuestra uno de sus últimos libros, Filosofía y ficción, donde reflexiona sobre el arte de contar historias al tiempo que ensaya sus propios cuentos relacionados con el pensamiento y con sus recuerdos personales. A esa obra se suma una poética más amplia que ha desarrollado a través de su inmenso conocimiento como lector en libros como Paisajes del placer y de la culpa o La variedad del mundo donde estudia, con una voz firme y propia, la obra de algunos de los mayores escritores de todos los tiempos. En cuanto a la filosofía, habría que destacar, por un lado, el díptico sobre la sociedad del momento, la reflexión en torno a la mentira o los diferentes planos que componen la realidad y la evolución del imaginario en tiempos de masificación compuesto por El idioma de la imaginación y por La mentira social; y, por otro lado, un libro de una hondura y una complejidad superior a cualquier otro de su tiempo, Iluminaciones filosóficas, donde cristaliza toda una filosofía completa que parece hecha a retazos sueltos y que, sin embargo, resulta tan coherente como perfectamente engarzada.

Toda su poesía está recopilada en el volumen Carro de noche y su teatro comprende tres obras de carácter histórico y biográfico recogidas con acierto en un único libro: Hipatia, Bruno, Villamediana. Sin embargo, su obra literaria supone un jalón fundamental en la narrativa de final del siglo XX y principios del siglo XXI con una novela puramente posmoderna, Los juegos del sacromonte, a caballo entre el ensayo y la ficción que propone una teoría propia sobre el origen del Quijote y que en buena medida se adelanta a un tipo de trama muy erudita que más tarde explotaron con éxito de ventas Umberto Eco en El nombre de la rosa o Theodore Roszak en Parpadeo. En Arcadia, una novela de viajes que se incrusta en una tradición iniciada con la Odisea, narra las peripecias de un alter ego suyo a partir de un viaje a Grecia que pasa por el Templo de Delfos y donde lo geográfico y lo simbólico se solapan hasta confundirse. Musapol —reeditada como El Juego de las salas de Salas hace apenas unos años—, su obra de mayor implicación filosófica y, he de reconocerlo, mi favorita de entre las suyas, es otra novela de viajes, esta vez con un personaje principal doble —modelo que repetiría en su siguiente novela—, donde ambos protagonistas representan los das dos perfectas mitades del ser humano y se ven inmersos en un viaje iniciático inspirado por un personaje sabio y misterioso, Gregorio Salas, que les conducirá a Siberia en busca de una civilización utópica construida de espaldas a la técnica —la misma que somete por entero al mundo moderno— y donde la han sustituido con éxito por el arte de la memoria como eje civilizatorio tal y como lo describió Giordano Bruno.

Tras numerosos años de trabajo apareció Extravíos, su última novela hasta la fecha, donde se retoma la idea de los dos viajeros para incorporar la propia experiencia biográfica del autor; algunos hechos fundamentales de su tiempo, aunque sea de lejos, como la Guerra de Vietnam; los experimentos poéticos realizados por el propio autor; el hippismo narrado desde dentro y compuesto por la clásica fórmula de contracultura, amor libre y consumo de drogas; una colección enorme de ciudades del mundo —Madrid, Macao, Venecia, Nueva York, Hong Kong o… Wuhan—; discusiones filosóficas sobre lo divino y lo humano —en la línea de La montaña mágica o de El hombre sin atributos— con personajes inspirados en personas reales —algunas de ellas de renombre—; el arte moderno —aparece un tal Marcelo Delcampo que no es sino una versión de Marcel Duchamp—; y los grandes temas como el amor o el sentido de la vida en el contexto de su generación, de la que da cuenta con precisión; en una obra maestra de ambición ilimitada que, quizás, hubiera tenido una continuación, o varias, de no haber sido ninguneada de forma lancinante por la crítica literaria española que, en realidad, es inexistente por aquello de haber degenerado en mera publicidad.

A pesar de haber vivido La Movida madrileña en primera persona y de haber sido una figura cultural fundamental durante la Transición, Gómez de Liaño no participa de la mitificación de ninguno de estos momentos históricos y siempre ha defendido el inmenso legado cultural del franquismo que ha tenido muy mala continuidad después. Tampoco ha participado del negocio literario endogámico articulado sobre grupos de prensa influyentes, oficiales y oficiosos como el todopoderoso Grupo PRISA. De la misma manera, ha sido pionero en su valiente ataque a los nacionalismos y en su denuncia comprometida de la oligarquía que ha secuestrado nuestra democracia, como defiende en un libro fundamental para entender la decadencia de las libertades en España, Recuperar la democracia, del que el antes citado Democracia, Islam, Nacionalismo es, en buena medida, una continuación. Seguramente ambas obras componen, tomadas en conjunto, el texto clave para entender la situación social y política actual en los países desarrollados de Occidente y, especialmente, en nuestra maltrecha patria.

Pocos saben que el fenómeno de merecida revalorización de la Leyenda Negra en España empezó con Ignacio Gómez de Liaño y su labor editorial dirigiendo la sección de ensayo en Siruela donde se publicó, gracias a su intervención directa, el éxito posterior de Imperiofobia escrito por su amiga Elvira Roca Barea, hasta entonces una escritora desconocida y que hoy está donde debe estar y corresponde a alguien de su enorme talla en buena medida gracias a la ayuda otorgada por Gómez de Liaño, como se puede corroborar leyendo los agradecimientos incluidos al final del libro. Y no sólo: unos años antes el propio Gómez de Liaño ya había reabierto, tras décadas de olvido para el gran público, esa veta con su apasionante estudio en torno a la figura de Carlos III, ínclito monarca español y, para Gómez de Liaño, primer rey ilustrado europeo a pesar de que la Leyenda Negra haya escamoteado durante siglos dicho dato. El reino de las luces, título del libro mencionado, hubiera merecido una mayor difusión y debería ser recuperado ahora que existe un público consolidado con interés en esa reparación histórica del legado español oculto.

Los libros de Ignacio Gómez de Liaño tienen reediciones constantes desde hace más de una década y siempre se pueden encontrar en las grandes librerías de España porque nunca han dejado de venderse bien a pesar del inmerecido silencio crítico y mediático que pesa sobre su obra. Es el gran intelectual europeo de los últimos 50 años, por encima de nombres que merecen todo el respeto intelectual como George Steiner, Roberto Calasso o Pascal Quignard, entre otros. Su obra goza de una gran consideración académica y despierta una gran admiración dentro de una minoría selecta de lectores cultos que, ante todo, valoran la calidad. Sin embargo, no quisiera que esta nota periodística denotara que la obra de Gómez de Liaño ha finalizado o está cerrada. Es cierto que ya ha escrito suficientes obras de importancia como para pasar a la posteridad y, aunque cualquier libro suyo se defiende solo, es cierto que también ha compuesto una Obra conjunta que encuentra una evidente continuidad temática entre sí y que es única e incomparable en la historia de las letras españolas; la mejor, con diferencia, de su tiempo, que podrá ser leída dentro de varios cientos de años —si es que todavía alguien lee—, y que seguirá resultando fascinante en cada página al tiempo que todos los premiados por el Estado actuales estarán durmiendo el sueño eterno en la papelera de la historia. Pero, como decía, este merecido halago no ha de sonar a cierre de nada porque a Ignacio Gómez de Liaño le queda mucho por escribir y me consta que en estos momentos se encuentra bien acompañado de ciertos clásicos grecolatinos de la cultura occidental en preparación, ya, de otro libro necesario que se sumará a la larga lista de lo publicado hasta la fecha. Es sabido que los clásicos solo soportan la compañía intelectual de otros clásicos.

Terminaré con una nota personal en forma de adenda: mi primer trabajo universitario de tema libre consistió en comparar Las ciudades invisibles de Italo Calvino con Musapol de Ignacio Gómez de Liaño: en ambos casos las ciudades solo son descritas por el relato oral de los viajeros; en ambos casos la historia consta de dos protagonistas de naturaleza arquetípica; en ambos casos cada ciudad esconde todo un postulado filosófico sobre el mundo moderno desde una perspectiva literaria y filosófica clásica a la vez que posmoderna. Dos años después de aquello —obtuve la nota más alta—, tuve la inmerecida fortuna de cruzarme con el propio Ignacio Gómez de Liaño al salir yo de una librería en el centro de Madrid y encontrarse él en el transcurso de uno de esos paseos meditabundos a los que, como buen filósofo, es dado a entregarse. Un arranque de osadía y desvergüenza me llevó a “asaltarle” despiadadamente bien pertrechado con mi inmensa admiración y, lejos de mostrarse hosco o desagradable, me saludó con la cordialidad propia de las mejores familias y me invitó a tomar un café en su domicilio otro día. Conversamos durante horas una mañana de lluvia y me regaló su último libro hasta aquel momento, Democracia, Islam, Nacionalismo, del que he comenzado hablando a propósito de los últimos acontecimientos en Afganistán.

Durante aquella primera visita a su domicilio me sorprendió encontrar en la inmensa librería de su casa, entonces situada en la Calle Pelayo de Madrid —que nadie le busque por allí, puesto que se ha mudado posteriormente—, decenas de pequeños cuadernos alojados en la parte superior del mismo: “Son mis diarios sin publicar”, me aclaró. (Como nota añadiré que En la red del tiempo, su mayor volumen de dietarios publicados supera, con mucho, las mil páginas). Desde entonces, el mayor escritor y pensador de España, ese genio llamado Ignacio Gómez de Liaño, me abrió su casa llena de cuadros, objetos antiguos y libros para desarrollar numerosas tertulias en los meses posteriores; me mostró sus documentos que comprenden cartas, artículos en papel oxidado y publicaciones inencontrables; me brindó su extraordinaria conversación, su inmensa generosidad, su inconmensurable sabiduría y el relato oral de otro tiempo que yo no he podido conocer pero que añoro. Juntos hemos compartido, desde entonces, largas conversaciones en el Café Gijón o en el Café Viena y hemos paseado por el Parque del Retiro sin diferenciar las tardes de verano de las tardes de estío. Me ha ofrecido ese regalo inverosímil que supone escuchar la lectura en griego antiguo de textos que componen lo mejor de la literatura universal y me ha invitado a la inauguración de la exposición que el Reina Sofía le dedicó, junto a otras decenas de personas, donde pude comprobar de primera mano el merecido amor y el cariñoso respeto que le tiene tanta gente dada su afabilidad natural. También me he llevado montañas de libros gratis que ha tenido la gentileza de regalarme sabiendo de los escasos posibles del estudiante universitario y me ha deleitado con el inmaterial patrimonio de su vastísima, inabarcable cultura, y con su no menos talentoso sentido del humor; y, ante todo, me ha ofrecido una lección vital e intelectual de humildad poniendo en práctica una actitud personal del todo lejana al esnobismo tan habitual en otros compañeros de generación mucho peor dotados para la escritura que para la farándula televisiva.

Recuerdo como en marzo de 2020 paseamos a la caída de la tarde por el centro de Madrid el día previo a que comenzara el confinamiento inconstitucional y ya no se pudiera salir a la calle libremente durante meses. Gómez de Liaño me contó entonces lo que había supuesto el 11S para nuestra época y me anticipó lo que podía suponer el virus para nuestra sociedad con una lucidez que todavía hoy me sorprende dada la desinformación que había entonces y que, en no menor medida, sigue habiendo ahora. Es el mejor testigo del último medio siglo de Historia de España y nadie ha entendido con tanta profundidad el cambio que se ha producido, en todos los ámbitos, durante ese tiempo. Conste que este añadido biográfico final no debe entenderse como un alarde de nada sino como otra perspectiva que, dada mi inmerecida fortuna, puedo ofrecer ahora al lector, con todas las garantías, de la genial figura del —con mucho— más grande escritor y mayor pensador vivo de nuestras letras. No hay Premio Cervantes, Premio Nobel de Literatura o Premio Princesa de Asturias de las Letras a su altura. Tampoco Goethe los hubiera ganado ni le ha hecho falta hacerlo para ser inmortal. Parodiando la cita de Steiner sobre Heidegger, yo diría de Ignacio Gómez de Liaño que es el mejor de los filósofos y, también, el mejor de los hombres.