No seré yo quien ponga pegas a los homenajes que se están dedicando a Federico García Lorca con motivo de su ignominioso asesinato por gentes malvadas y motivos que hoy conocemos suficientemente, una cuestión de lindes, aunque tales homenajes vengan de la rojez-progre irredenta, sectaria, inculta y cainita. No seré yo, digo, porque Federico García Lorca, pese a lo que dijera el argentino y endiosado Borges, fue un gran poeta, una buena persona y un ferviente católico. Sí, un ferviente católico, practicase más menos, lo que aprovecho para recomendar leer el artículo publicado en ABC (Sección Opinión: Tribuna Abierta), el 4 de junio de 2015, de Don Alfredo Amestoy.

Ni a García Lorca le pongo pegas, ni a Miguel Hernández, un pobre pueblerino de un pueblecito de Jaén, Orihuela, maleado y hasta pervertido por María Teresa León y su pandilla de amigas; primera mujer del tipejo con cara de señora fea, Rafael Alberti -también gran poeta salvo cuando ejercía de poeta de Stalin-, que terminó sus días meándose en los platos de las televisiones a las que acudía con su joven compañera, para contar las misma gilipolleces de siempre y terminar pintando esa paloma de mierda, que llamaba de la paz.

Hablaría digo, también, y sin reparos, de Miguel Hernández, del poeta, no del comisario rojo y empecinado confundido hasta el mismo día de su muerte por enfermedad; del muchacho cabrerizo que formado por su buen amigo muerto prematuramente, Ramón Sijé, a quien dedica “Elegía a Ramón Sijé”, un poema a la altura de las “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique, vino a Madrid cargando una vieja maleta con cientos de poesías para publicar.

Pero a quien traemos hoy al recuerdo y como homenaje es a José María Hinojosa, genuino representante del surrealismo poético en España. Un desconocido, olvidado por el academicismo, y ninguneado por sus propios amigos y compañeros de generación, la Generación del 27. Un poeta asesinado por los rojos.

Nacido en Campillos (Málaga), el 17 de octubre de 1904. De familia acomodada, pasó su niñez en Campillos, donde su familia tenía propiedades agrícolas. Estudió el bachillerato en Málaga, y en 1921 se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada, donde cursó los Estudios Preparatorios y los dos primeros años de la licenciatura.

Con una  fuerte y honda inquietud literaria, desde muy joven participó activamente en el mundo cultural de su Málaga natal, publicando sus poemas en algunas revistas de la época, y fundando, junto con su amigo Emilio Prados, la revista Ambos, una de las primeras revistas de la Generación del 27; siendo igualmente editor del libro de poemas de su amigo Souvirón, titulado “Gárgola”.

Esta actividad literaria hondamente sentida y vivida hace que el espacio físico malagueño se le quedase pequeño, y para estar cerca de todo lo que se estaba moviendo en aquél momento a nivel estético en el mundo de la cultura, se traslada a Madrid en 1921, entrando en contacto y trabando amistad con Alberti, Lorca, Gerardo Diego, Bergamín, José Bello, Luis Buñuel, Dalí, Moreno Villa, Juan Guerrero, Juan Vives, León Sánchez, José María Chacón, etcétera. Mientras continúa sus estudios de Derecho en la Universidad Central. Altolaguirre dijo que “era el más alegre de todos”.

En 1924, Hinojosa publica su primer libro de poemas, “Poemas del campo”, de una indisimulada nostalgia por la tierra malagueña, del que Juan Ramón Jiménez dijo que era un poemario de “máxima intensidad lírica en el más instantáneo de los destellos”. En la portada de libro aparecía Hinojosa dibujado por su amigo Salvador Dalí. Un libro temprano en la biografía de la Generación del 27, pues todavía no habían publicado Alberti, Altolaguirre, Alexandre, Cernuda, Prados o Guillén, entre otros. Luego le seguiría otros libros de poemas, de igual o mayor reconocimiento.

En 1925 se traslada a París, compartiendo tiempo con Buñuel, Vives, Peinado, Viñas, Gregorio Prieto, Cossío, Manuel Ángeles Ortiz, entre otros poetas y pintores españoles afincados en la capital de Francia. De esa  época es su libro “Poesía de perfil”, totalmente vanguardista. El libro fue recibido por la crítica literaria de Madrid con las siguientes palabras: “la última hora sugestiva de todas las literaturas europeas” (Gaceta Literaria, Madrid, 1925).

De vuelta de París se instala nuevamente en Madrid, donde comparte amistad con el grupo de la Residencia, al tiempo que funda o participa en numerosas revistas literarias como Carmen, la Gaceta Literaria, Verso y prosa, Mediodía y Litoral, en cuyo número siete (año1926), publica su tercer libro, “La Rosa de los Vientos”, poemas que recorren el rumbo que señala la rosa náutica.

Terminada la carrera de Derecho, y tras cumplir el servicio militar en 1927. En 1928 viaje a Londres, donde permanece una larga temporada, y con Bergamín y la esposa de éste, Rosario Arniches, en viaje de bodas, inicia un crucero por los países nórdicos, terminando el periplo en Rusia.

Devuelta a Málaga, donde finalmente se instala, aunque con viajes frecuentes a Madrid, no deja de ejercer una intensa vida literaria centrada fundamentalmente en la reaparición de la revista Litoral, cuya segunda época reaparece en 1929, con la colaboración de Cernuda, Alberti, Aleixandre, Dalí y Gala, con quienes Hinojosa comparte una estrecha amistad hasta convivir con ellos durante una temporada en Torremolinos.

Ese año publica a “Orillas de la Luz”, que responde a los mismos impulsos vanguardistas. También aparece “La flor de California”. Su último libro es de 1931, “La sangre en libertad”, con el que se despide definitivamente de aquella etapa de agitación vanguardista, iniciando una vuelta personal hasta retomar una actitud tradicionalista y conservadora, alejándose de Madrid, e instalándose en Málaga, donde comienza a ejercer la abogacía.   

Una semana después de iniciarse el Alzamiento, José María Hinojosa es detenido y encarcelado con su padre y su hermano Francisco bajo la acusación de “fascistas”. Encarcelados durante un mes, el 22 de agosto, junto con otras cincuenta personas, es fusilado con su padre y hermano contra las tapias del cementerio de San Rafael.

Volvamos hoy a José María Hinojosa, sin desmerecer un ápice a Federico García Lorca, y oigamos nuevamente su voz entrecortada y temblorosa por la emoción de unos versos premonitorios… “Salieron a mi encuentro / en una encrucijada, / su voz y sus dos ojos / cubiertos de una túnica de sombra...”