Entrevista a Manuel Júlvez Valero, graduado en Marketing y Publicidad, que se ha aventurado con éxito en el mundo de la escritura y que acaba de publicar su primera novela “Tierra Mojada”, publicada por la Editorial Actas.

Su novela empieza en una aldea aragonesa a finales de siglo XIX. ¿Cómo era esa España, ese Imperio en el que muy pronto se iba a poner el sol?

La vida en el medio rural de aquella época estaba muy ajena a las circunstancias políticas del momento. Era una sociedad más preocupada por la subsistencia del día que por la vicisitudes de un Imperio que se desmoronaba a pasos agigantados. Era una España que miraba más a su pasado que a su futuro y muy poco preparada para afrontar los retos de un nuevo siglo. El desastre del 98 viene a poner en evidencia ese anacronismo; por un lado hacer una política internacional pensando que todavía eres una potencia mundial y por el otro tener un país que se muere de hambre y con un elevado analfabetismo. Cuando todo eso se mezcla y además obligas que generaciones de jóvenes tengan que ir a luchar a lugares que ni siquiera conocen y lo unes a las derrotas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas es cuando se provoca el desastre. Un desastre histórico, político y social que duró varias décadas.

Aunque el protagonista es un joven pastor, una parte de la historia transcurre en una ciudad, Zaragoza. ¿Qué nos cuenta su libro de esa ciudad?

Me interesaba mucho reflejar la incipiente modernidad que se estaba instalando en las capitales de provincia de España. El choque cultural que supuso la llegada de los medios de transporte como fue el ferrocarril, o la electricidad y el teléfono. Por otro lado, Zaragoza es mi ciudad y quería hacer un semblante de ella, describirla e imaginarla a finales del siglo XIX, a caballo de esa nueva modernidad y con las cicatrices todavía sin curar de una Guerra de la Independencia que, aunque lejana, mantenía su recuerdo en el imaginario popular y en las fachadas de muchas edificaciones. Zaragoza también está elegida como un ejemplo más de cualquier ciudad española de la época; los mismos conflictos sociales, el mismo éxodo del campo hacia la urbe, etc.

¿Cómo se ha documentado?

Hoy en día, con los medios de información que existen, acceder a la documentación no es algo complicado. Es mucho más difícil discriminar y seleccionar la profusa información que tenemos a nuestro alcance . Antes de iniciar la novela recopilé libros y documentos sobre la época. Es bueno asesorarse, incluso de información que luego no vas a utilizar en la obra, es una forma de ambientarse y de “respirar” lugares y tiempos que jamás hemos vivido.

En ‘Tierra Mojada’ se entrelazan el dolor y la miseria con el amor y la amistad. ¿Un reflejo de la vida misma?

En los últimos siglos la ciencia y la tecnología ha avanzado mucho, sin embargo, la condición humana, con sus luces y sombras, ha permanecido prácticamente inalterada. Nuestros sentimientos y emociones son los mismos que hace 120 años. Pese a habernos convertido en una sociedad algo más débil debido a la corrección política que nos hemos auto-impuesto, las emociones hacia los conceptos que usted nombra; dolor, miseria, amor, amistad, son las mismas. La gran diferencia es que hemos pasado de sentir estas emociones de forma íntima a hacerlo también de una manera colectiva.  Estos sentimientos manifestados públicamente, por ejemplo en las redes sociales, en muchos casos se convierten en un ejercicio de exhibicionismo. 

De Zaragoza pasamos a la guerra en Filipinas, y a la iglesia de Baler. ¿Por qué escogió esa guerra y ese lugar?

En la planificación de la novela, mi protagonista necesitaba vivir un hecho lo suficientemente traumático que le hiciera cambiar y convertirlo casi en un personaje nuevo. Para el desarrollo de Tierra Mojada necesitaba de esa catarsis. Qué mejor que la gesta de Baler para conseguir ese objetivo. Estoy convencido que una vivencia tan intensa como esa, tan al límite, hizo que a aquellos soldados que permanecieron trescientos treinta y siete días en el interior de aquella iglesia les cambiara la vida para siempre. Por otro el hecho histórico de los Últimos de Filipinas, aunque no lo suficiente, está en el imaginario de los españoles. Esto ayuda a situar de una forma rápida la trama de la novela.

¿Cómo se convierte un joven pastor en un héroe?

Voy a citar a uno de mis personajes que dice algo así como: «La valentía es una virtud de la que rara vez se alardea, porque quienes la tienen desconocen poseerla. Solo cuando llega el momento fluye de ellos como algo natural y sorprendente».  En mi opinión la circunstancia es la que fabrica a los héroes. Distintas personas en distintas condiciones actúan de una manera o de otra. Los héroes son aquellos que anteponen los intereses del grupo ante los propios. Esa es una característica singular de mi protagonista, de Valero. Valero no es un héroe porque lo demuestre en Sitio de Baler, lo es porque la vida no le ha permitido ser de otra manera. 

¿Cree que esa gesta ha sido recordada en su justa medida o España sigue olvidando a sus mejores hijos?

La historia del Sitio de Baler, la de los Últimos de Filipinas, es tan potente que si perteneciera a otro país, un país de esos que quizás tienen algo más de orgullo por su propia historia, estaríamos hartos de ver películas, series y documentales. Sin embargo, aquí, salvo en alguna excepción, lo que se ha hecho es muy poco y, en algún caso, de una forma muy desafortunada. Me pregunta si España olvida a sus mejores hijos. Solo le diré una cosa: los héroes de Baler, los últimos de Filipinas no poseen la Laureada de San Fernando a título colectivo.