California, años 50. Apenas habían transcurrido cuatro años desde que sus padres se separaron cuando ella apareció muerta. Las evidencias no dejaban lugar a la duda: antes de morir Geneva Odelia, más conocida como Jean Hilliker Ellroy, había sido mutilada y violada. Al pasar a estar al cargo de su padre, el pequeño James Ellroy no encontró una situación mejor: adicciones, mudanzas, precariedad.

Y con mucho dolor.

Siete años después, Armand Ellroy también habría muerto. No resultó ser una gran pérdida: un embustero, un borracho, un follador. Madre santa, padre pecador: conflicto religioso garantizado. El hijo de ambos quedaría sumido en la deriva: la cárcel, la droga, el alcohol.

Y en el cine.

Con algunas obsesiones a modo de tabla de salvación: la música clásica, la literatura pulp, las mujeres pelirrojas. O tan pelirrojas, al menos, como lo fue su madre muerta.

Después de una temporada en la cárcel vendrían los trabajos fugaces y mal pagados. El fanatismo político. Y la delincuencia como respuesta a la necesidad. E incluso más allá de la necesidad; en calidad de voyeur, el joven James Ellroy comenzó a colarse en casas para inspeccionar la cómoda que contenía la ropa interior de las amas de casa norteamericanas. También husmeaba la ropa interior usada de sus hijas. Era lo único que le hacía sentirse vivo: la fuerza del deseo desatado. En respuesta a la necesidad de poseer aquello que la vida le había arrebatado: una madre. Perseguida crónicamente en las sucesivas mujeres amadas y, ante todo, en un prototipo de hembra pelirroja.

La vida, sin embargo, no podía ofrecerle lo que él buscaba: otorgarle una voz al fantasma del alma que había sido extirpada en silencio. En la literatura, sin embargo, era posible esa nueva vida anhelada: él le daría a su madre fallecida el hálito vivo de su aliento. Así comienza la novela.

Por entonces el fascismo estético y político de Ellroy era multiforme. Racista, machista, militarista… Sin por ello desdeñar: drogas, putas, copas. Ni obviar la religión: el amor a la música de Beethoven le llevó a Dios como fase final de un proceso de conversión reaccionaria al romanticismo noir. El mundo moderno, hiper-tecnificado y sumido por entero en la estulticia, dejó de interesarle. En su lugar y conforme los libros ambientados en la época de la muerte de su madre se apilaban en su librero, el viejo mundo de su infancia y de la primera adolescencia crecía en la intimidad más recóndita. Tras las obsesiones personales, nació un marco geográfico e histórico donde las mismas podían encarnarse sin problema: Los Ángeles entre las décadas de 1940 y 1970. Al borde de los 30 años de edad cumplidos y con la decisión tomada de dedicarse a la escritura solamente faltaba lo más sencillo: la capacidad de invocar al lenguaje adecuado para conjurar a los fantasmas.

Las primeras novelas de James Ellroy están lejos de ser obras maestras pero demuestran ya la existencia de un talento descomunal. Incuestionable. Con casi 40 años apareció la gran novela sobre el misterioso asesinato, en buena medida similar al de su propia madre, de Betty Short. Todo cambió, como explica él mismo: “Me encerré durante un año y escribí La Dalia Negra. Dediqué el libro a mi madre. Sabía que podía unir a Jean con Betty y encontrar oro de veinticuatro quilates. Financié mi propia gira de promoción. Hice público el vínculo. Convertí La Dalia Negra en un best-seller nacional”. Tres años después, en 1990, Ellroy se presentó ante su editorial con un manuscrito de más de mil páginas bajo el brazo. A pesar del éxito de su anterior libro, se negaron a publicarlo: era necesario recortar el tamaño del libro. Radicalmente. Y aquello que en principio iba a ser una simple poda para salir al paso se convirtió en el alumbramiento de un estilo telegráfico, único, plenamente reconocible: L.A. Confidential apareció con menos de la mitad de lo que ocupaba el primer borrador. Fue elogiada por la mayoría de los lectores como una obra maestra.

Con la depuración estilística llegó una depuración personal: desaparecieron las drogas, el alcohol y, por supuesto, las relaciones perversas con el sexo femenino. Suprimidos los malos hábitos mitómanos nació el amor por las mujeres concretas. Las novelas se sucedieron agrupadas en ambiciosos ciclos de carácter operístico: El cuarteto de LA (La Dalia Negra, Seis de los grandes, L.A. Confidential y Jazz Blanco), La Trilogía Americana (América, Seis de los Grandes y Sangre Vagabunda) y El segundo Cuarteto de LA (Perfidia, Esta Tormenta y dos obras inéditas aún por publicar). Los temas se repetían sin resultar nunca idénticos: el poder, la historia, el chantaje, la política y la corrupción. Y la condición humana quedaba retratada con una hondura y una frialdad sólo parangonables con la Gran Literatura Rusa del siglo XIX. Al fin la novela negra había alcanzado la entidad literaria de la alta literatura europea: gracias a la obra de James Ellroy, claro está.

Ninguna otra aportación de la cultura norteamericana a la Literatura Universal es parangonarle a la de la novela negra. Únicamente, quizás, la novela sureña iniciada por William Faulkner y aún latente en nuestros días con la obra de Donald Ray Pollock o Chris Offutt, pasando por Larry Brown o Pete Dexter.

Con el reconocimiento del público en forma de ventas llegaron los halagos de la crítica vestidos bajo la apariencia de premios. Nada de eso parece importar para el genial escritor nacido en 1948: la reclusión mental y, por supuesto, también física se hace necesaria para la composición del gigantesco fresco. La oscuridad, la música, las palabras sin pronunciar: lo externo ha de reflejar lo interno, para permitir que el mundo literario germine hasta exteriorizarse. Sin el prestigio casi unánime del que actualmente goza su coetáneo Cormac McCarthy, James Ellroy ha conseguido mostrar exactamente lo mismo: que el pecado conduce a la redención, que en el sexo resulta haber lirismo más allá de la animalidad y que la violencia extrema puede ser una forma tan válida como otras de hablar estéticamente del absoluto. Ambos, por cierto, publican nuevos trabajos en 2022 (El pasajero y Pánico; respectivamente); y los dos merecen, por igual, el Premio Nobel de Literatura que se otorgará el año que viene.

La cara B de la Historia de los Estados Unidos de América es un relato de corrupción. La historia privada del Hollywood Clásico es un relato de depravación. La verdadera cara del crimen a gran escala en Norteamérica lo impregna todo hasta la médula. Esos son los grandes descubrimientos que se hacen explícitos en el universo narrativo ellroyiano, donde los personajes espejean los unos en los otros y realizan cameos sin apenas sensación de control: Fritz Brown, Fred Underhill, Lloyd Hopkins, Danny Getchell, William H. Parker, Dudley Smith, Bucky Bleichert, Lee Blanchard, Freddy Otash, Pete Bondurant, Dwight Holly, etcétera. Sólo que todo ha sido sometido previamente a un férreo control: el de un neurótico que planifica cada detalle estructural de sus relatos hasta en el más minucioso de los detalles.

Las tramas de las novelas de James Ellroy son verdaderas sinfonías de la composición argumental. Pocos narradores contemporáneos son capaces de generar esquemas de esa ambición y envergadura: donde confluyen por igual lo real, lo imaginado y lo ficticio bajo la sombra constante de lo posible. El aliento de los fantasmas es poderoso y en ocasiones resulta mucho más avasallador que la más carnal presencia de los vivos. Tras la muerte de la novela decimonónica del siglo XIX, ningún ejemplo como el de Ellroy (sólo puede encontrar comparación, quizás, en el gran Dennis Lehane y su imponente trilogía compuesta por Cualquier otro día, Vivir de noche y Ese mundo desaparecido; así como en el mundo relacionado con el narcotráfico que Don Winslow ha retratado brutalmente en una trilogía compuesta por El poder del perro, El cártel y La frontera) ha sido capaz de poner de relieve, sin titubeos, la realidad de que el noir ha tomado el relevo novelístico de la ficción literaria de largo aliento a la hora de golpear las conciencias aburguesadas de la sociedad occidental.

La vida de Ellroy es propia de un decadentista finisecular francés. Es un enfant-terrible, autodenominado “perro rabioso” de las letras americanas, capaz de superar a Truman Capote o a Norman Mailer en el true-crime, a Emmanuel Carrère o a Jean Genet en la autoficción y a Edward Bunker o a Jim Thompson en la descripción descarnada del mundo marginal estadounidense. Más allá de sus obras de género, lo ha logrado en buena medida gracias a dos textos autobiográficos complementarios entre sí y centrados sobre una dicotomía perversa que relaciona deseo y violencia con feminidad, poniendo sobre el tapete las más obscuras obsesiones sobre las que gira la masculinidad. Me estoy refiriendo a Mis rincones oscuros y a A la caza de la mujer.

En Mis rincones oscuros James Ellroy amplía un artículo escrito para la prestigiosa revista GQ sobre la muerte de su madre. Acompañado por el policía retirado Bill Stoner, será el propio Ellroy quien profundice en los pormenores más escabrosos del asesinato de Jane Hilliker (más tarde, Jane Ellroy) para tratar de desentrañar, décadas después, la autoría del mismo. Por supuesto, sin llegar a ninguna parte; en ese sentido, Mis rincones oscuros se eleva como desasosegante epopeya moderna y dialoga directamente con grandes títulos como Moby Dick (1851), El corazón de las tinieblas (1899) o incluso Viaje al fin de la noche (1932), puesto que es una profundización en el absurdo a través de la pérdida, mediante la descripción de un trayecto enfermizo hacia el centro del propio yo y sus heridas más interiores. Hay que reconocerlo: lo tuve que leer dos veces seguidas. En cuanto a A la caza de la mujer, se trata de un libro mucho menos relevante pero igualmente interesante para conocer el “Universo Ellroy”, puesto que pone al descubierto sus relaciones sentimentales más íntimas y de qué forma la pérdida de su madre estuvo presente en los grandes acontecimientos de su vida. Y, también, es el testimonio de cómo la literatura nos puede ayudar al autoconocimiento: no se pueden exorcizar los fantasmas, es cierto, puesto que forman parte de nosotros; pero le podemos prestar nuestro aliento para mejor escuchar su voz.

James Ellroy demuestra, en sus textos autobiográficos, una innegable nostalgia por la autenticidad de una vida que no redunde en el desarraigo. Se trata de una huida del curso actual del mundo para enclaustrarse, a cambio, en la recreación fidedigna de una época desaparecida. El Hollywood de los años 50 es para Ellroy el Paraíso Perdido o la Edad de Oro, a pesar de que su obra está en buena medida consagrada a una desmitificación incruenta de ese mismo período. Reconstruyendo sus ruinas es como consigue otorgarle sentido a algo que aparentemente no lo tiene: el cruel paso del tiempo. Algo que resalta de manera más evidente cuando ciertos antihéroes que aparecen en sus novelas contraponen sus valores religiosos católicos, a pesar de sus múltiples pecados, a los hegemónicos valores nihilistas de la sociedad contemporánea de consumo. Algo que, en otros autores, aparece reflejado a través de un estilo digresivo y que Ellroy sintetiza poniendo en práctica lo más reconocible del hard-boiled. Definitivamente: James Ellroy, romanticismo noir. Sin más aditamentos.

Como a tantos otros, lo que me cautivó de James Ellroy fue su estilo. El lenguaje que emplea es inconfundible, incomparable e inimitable. A pesar de sus muchos imitadores: en España, la novela negra escrita, respectivamente, por los filósofos Gabriel Albiac (Blues de invierno) y José Luis Rodríguez García (Manos Negras) son una muestra de ello que además ha contribuido a renovar el noir en nuestra lengua. Recuerdo, sin embargo, leer un libro menor de Ellroy, Ola de crímenes, de pie en una librería de segunda mano ante la sección de “novela negra” y quedar irremisiblemente fascinado con las aventuras del acordeonista en horas bajas Dick Contino.

Luego vendrían otros tantos libros pero, por encima de los años transcurridos desde ese momento, la fascinación por el mundo obsesivo, la complejidad argumental y el estilo literario de Ellroy sigue indemne. Su lectura, hoy como entonces, es mucho más que un simple “placer culpable” de tantos: es un vicio tan profundo y tan arraigado como el propio amor a la literatura de todo signo, calibre y condición. Precisamente porque, como ocurre sólo con las grandes obras, consigue hacer de la vida algo más amplio, profundo y vívido de lo que la propia existencia incontaminada parece ser. Además de que el grado de diversión que produce, a pesar de las sombras en las que sumerge al lector, es difícilmente igualable. Siempre vale la pena huir al universo narrativo de James Ellroy.