Cervantes, vueltas de tuercas sobre la misma idea de lo que la realidad es. Y deviene. Realidad y ficción, locura y cordura, verdad y mentira, siguen estando, al final de la Primera Parte del Quijote, en agónica e irresoluble oposición dialéctica. Indistinguibles una de la contraria.  En la Segunda Parte de la novela, más vueltas de tuerca, percibimos notabilísimos cambios. Cervantes, gran maestro para enseñarnos sobre falsas pandemias que parecen verdad.

La realidad, laberinto de espejos

La ambigüedad cervantina nos pierde en un juego de espejos por el cual nos deslizamos en pos de una realidad siempre elusiva. Muy elusiva, añadiría. Momento cumbre, la inclusión del personaje de Álvaro Tarfe en la segunda parte. Lo curioso del asunto es que Tarfe era uno de los protas del apócrifo Quijote...de Avellaneda. ¿Juego de espejos? Laberinto de espejos, dédalo de irrealidades. La vida, formidable galimatías.

Antes de la aparición del personaje de Tarfe, existen dos episodios decisivos. La cueva de Montesinos. O la duda, tras salir de la covacha, del mismo Don Quijote sobre si es ficción, realidad o sueño lo experimentado, subraya la “relatividad” de la realidad. Su vaporosidad. Su elasticidad. Y el episodio del jamelgo Clavileño, del que les voy a hablar más detenidamente, decisivo. La inclusión, por ejemplo, del sueño de Sancho en el mundo ficticio creado por los impíos duques, añade una complejidad al asunto difícilmente superable. Interrogante cervantino ¿Pero existe la realidad?

La aventura de Clavileño (Quijote, II, 40-41) constituye el remate del episodio de la dueña Dolorida (que comienza en II, 38). En la fascinante historia de Clavileño el lector poseería dos puntos de vista. En algunos puntos estas dos historias jamás concuerdan. Un ejemplo. Según el narrador, Sancho está en todo momento apretado a Don Quijote y alzado al caballo. Según Sancho, éste se apea del caballo y se pasea por el cielo. Dos versiones distintas y ambas aceptables, en principio plausiblemente complementarias, pues aunque Sancho parece estar bromeando al comienzo, más tarde es obvio que no miente. ¿Les suena? Sancho se reía de la falsa pandemia en febrero. Sancho se acojona en septiembre.

El mundo, teatro

Grosso modo. El mundo ficticio inventado por los malvados duques –y barbudas duquesas- es un teatro donde Don Quijote y Sancho representan lo que ellos consideran su realidad. Su mundo no es más que un escenario donde las experiencias han sido determinadas de antemano. Son títeres, cuyas cuerdas están siendo movidas por otros seres más poderosos que ellos, aunque ellos no perciban este habilidoso ardid. A la idea tan barroca del mundo como teatro y la vida como sueño, se añade ahora la idea de un Ser supremo regidor y planeador de las acciones humanas, pues los duques en un nivel paródico representan el poder divino. Pregunta, lector, ¿quiénes serían hoy estos duques tan "graciosos" que se están burlando de todos?

El sueño de Sancho sobre Clavileño muestra muy sutilmente el papel desempeñado por el determinismo y el libre albedrio en la vida humana. Los duques conciben una aventura para Sancho y Don Quijote que consiste en montarse en un caballo "volador", taparse los ojos con vendas y volar. Taparse los ojos. ¿Les suena?

Pero la inopinada reacción de los personajes ante la aventura misma es algo que se escapa a los planes de los duques. El visionario sueño de Sancho y la actitud de Don Quijote son imprevisibles de antemano, y de ahí proviene la "negativa" sorpresa y la delectación que obtienen los duques con estas “ensoñadas” aventuras.

Libres y veraces, huyendo de la hipnosis colectiva

Cervantes nos sugiere en este episodio de Clavileño que no existe mucha diferencia entre la vida imaginada y la vivida, y que ambas son desemejantes aspectos de una misma realidad. Cierto. Pero igualmente el genio alcalaíno nos recuerda que el hombre puede ejercer su voluntad y guiar su vida a pesar de las circunstancias. Puede ejercer su libertad y desprenderse de los hechizos que le esclavizan.

Nosotros, lectores que examinamos desde otro plano lo que ocurre, ¿somos a la vez regidos por fuerzas superiores que no conocemos? Nos deleitamos al leer el Quijote, aun inquietándonos la posibilidad de estar, como los duques, en una trampa. En el Quijote, mentiras y veras, locura y cordura, ficción y realidad se fusionan en un mundo relativo y armónico que parece pirárselas al restringido entendimiento humano. En fin.