Josefa Ros Velasco es investigadora postdoctoral en la Universidad Complutense de Madrid, donde dirige el proyecto “Pre-bored. Well-being and prevention of boredom in Spanish nursing homes”, financiado por el programa europeo UNA4CAREER (Marie Sklodowska-Curie Actions/Horizonte2020/UnaEuropa), con el que persigue conocer las causas y las consecuencias de la experiencia del aburrimiento en las residencias de mayores de la Comunidad de Madrid y proponer soluciones coherentes con las necesidades de los mayores y los recursos de las instituciones. Previamente, fue investigadora postdoctoral del programa Postdoctoral Research Fellowships at Harvard University for Distinguished Junior Scholars (desde septiembre de 2017 hasta agosto de 2021). Es especialista en Estudios de Aburrimiento desde una perspectiva multidisciplinar. También es la fundadora y presidenta de la International Society of Boredom Studies. Es autora del libro La enfermedad del aburrimiento (Alianza Editorial, 2022) y editora de colectivos como Suicide in modern literature (Springer, 2021), The faces of depression in literature (Peter Lang, 2020), The culture of boredom (BRILL, 2020) o Boredom is in your mind (Springer, 2019). También es colaboradora del blog “Envejecer en sociedad” del CENIE, donde publica artículos de divulgación sobre el aburrimiento en los mayores, y es formadora de La Alternativa Edén España. Por sus logros académicos ha recibido distinciones como el Premio Medios de Comunicación Nacional de DomusVi (2021), el Premio Alumni-UCM Investigación (2021), el Premio Julián Marías (2020) o el Lincoln Book Prize for Excellence in Teaching and Service de la Universidad de Harvard (2019), entre otros. Contacto: josros@ucm.es / @JosefaRosUCM / www.josefarosvelasco.com

En esta entrevista reflexiona sobre su libro La enfermedad del aburrimiento.

¿Es el aburrimiento realmente una enfermedad?

El más común de los aburrimientos, que cualquiera de nosotros podemos padecer, por ejemplo, cuando estamos sin hacer nada, mientras que lo que desearíamos es estar haciendo algo —aunque no sepamos qué—, o cuando hacemos cosas por obligación, que nos resultan repetitivas, poco excitantes o insignificantes, no es, por supuesto, ninguna enfermedad. Ese aburrimiento señala que nuestra relación con el entorno, con la situación o con una actividad, se encuentra dañada, que debemos dar paso a lo siguiente e introducir un cambio en nuestro contexto. En ningún caso diríamos que esto constituye una enfermedad. Al contrario, gracias a esa experiencia del aburrimiento nos mantenemos en movimiento y evitamos el estancamiento, porque en nuestra necesidad de escapar del malestar que nos evoca, nos vemos obligados a diseñar estrategias de huida y a ponerlas en práctica para promover la llegada de lo nuevo.

Ahora bien, existen ciertas instancias en las que el aburrimiento puede ser enfermizo. Algunas personas tienen una alta propensión al aburrimiento y se aburren en toda circunstancia, independientemente de que el contexto cambie. En ocasiones, ni siquiera son capaces de diseñar esa estrategia de huida. A esto se le conoce como aburrimiento crónico dependiente del individuo y es, ciertamente, una patología clínica. Por otra parte, podemos reconocer situaciones en las que tampoco se puede dar de lado al aburrimiento, porque estas son tan constrictivas y limitantes que, aunque uno llegue a desarrollar dicha estrategia de huida, el contexto nos impide que la materialicemos. Entonces, también nos quedamos atrapados en el aburrimiento, aunque no sea por nuestra culpa. Esto es lo que he definido en La enfermedad del aburrimiento como “aburrimiento situacional cronificado”. Esta forma de aburrimiento, que con tanta frecuencia sufrimos en sociedad, es, sin duda, enfermiza, porque proviene de contextos enfermizos y porque nos puede hacer enfermar.

¿Qué le motivó personalmente a estudiar el tema?

Me gustaría poder contar que empecé a estudiar el aburrimiento para encontrar la forma de hacer frente a mi propio tedio, pero estaría faltando a la verdad. Lo cierto es que yo no me aburro más que cualquier hijo de vecino. Decidí dedicarme a investigar sobre este curioso fenómeno cuando descubrí que, desde las ciencias de la salud mental, se había constatado, a lo largo de casi un siglo de trabajo, que el aburrimiento, padecido de forma persistente, podía comprenderse como una patología que, a su vez, desencadena otros trastornos de la personalidad, del estado de ánimo e incluso de la conducta. Esto sucedió hace ahora una década. Desde ese momento, supe que tenía que llegar al fondo de la cuestión para estar en disposición de proponer soluciones capaces de mitigar el aburrimiento crónico y cronificado.

¿Por qué a menudo la realidad no cumple nuestras expectativas?

La realidad deja de cumplir con nuestras expectativas en el momento en el que no nos estimula debidamente como para que nuestros niveles de excitación corticales se mantengan lo suficientemente elevados. Ocurre cuando la situación ante la que nos exponemos o la actividad con la que tratamos de comprometernos es repetitiva o monótona, cuando carece de significado para nosotros o cuando entendemos que el gasto energético que tenemos que hacer para seguir presentes en la misma es demasiado alto, en relación con el beneficio que esperamos obtener de ese esfuerzo. A medida que interactuamos con la realidad, necesitamos que esta varíe en su forma y expresión, para que siga representando un reto. En cuanto nos acostumbramos a ella, entra en escena el aburrimiento para expulsarnos de nuestra zona de confort. Aburrirse de la realidad, en este sentido, es un mecanismo de defensa frente al exceso de comodidad y al estancamiento.

¿Por qué nos sentimos tan incómodos en el aburrimiento que hacemos cualquier cosa para evitarlo?

Hacemos cualquier cosa para evitar el aburrimiento, incurriendo incluso en conductas que son perjudiciales para nosotros mismos, porque no podemos cohabitar con el dolor que emana de su vivencia. Aburrirse es molesto y fastidioso. Solo tiene uno que pensar en la última vez que se aburrió, viendo una película que no avanzaba, leyendo un libro sin argumento o manteniendo una conversación circular, para convencerse de que, por nada del mundo, le habría gustado que ese momento se extendiese en el tiempo. El aburrimiento es básicamente un estado de displacer e insatisfacción psicológica. Está en nuestra naturaleza tratar de huir del dolor y buscar el placer —aunque, una vez logrado, este pueda acabar generando de nuevo aburrimiento—, por lo que nos resulta imposible quedarnos en su experiencia y disfrutarla. Aquellos que alardean de sentir bienestar cuando se encuentran aburridos, están confundiendo el aburrimiento con pasar un rato sin hacer nada porque así lo han elegido. En realidad, no se están aburriendo. Cuando nos aburrimos lo único que queremos es dejar de aburrirnos, cuanto antes, mejor. Precisamente, el aburrimiento ha de ser insoportable para cumplir con su función de obligarnos a replantearnos nuestra situación presente, que se ha quedado obsoleta y ha dejado de resultarnos gratificante, e instarnos a cambiarla.

De su padecimiento emana la creatividad humana y también resultan los 
peores monstruos. Recuerda a una frase de Goya sobre la imaginación que 
puede crear monstruos o ser la madre de las artes.

El aburrimiento, siempre que no sea crónico o cronificado, es de entrada un estado reactivo que nos va a colocar en la tesitura de ensayar una salida frente a lo que nos está causando sufrimiento, a partir de los recursos y las herramientas que tenemos a nuestra disposición. Lamentablemente, esto no garantiza que el resultado de ese movimiento creativo vaya a ser positivo o se vaya a traducir en una genialidad. La mayoría de nosotros pagamos un precio muy alto al aburrirnos, para después acabar recurriendo a los entretenimientos más fácilmente accesibles y de sobra conocidos en el intento de aliviar el malestar que nos provoca. A mí me gusta decir que el aburrimiento conduce a la genialidad a quien ya cuenta con la personalidad del genio y, a la inversa, a la monstruosidad, a quienes tienen tendencia a la destrucción.

Demasiado a menudo sobreestimamos nuestra capacidad para responder al aburrimiento a través de la reflexión y la creatividad. Cuando nos quedamos a solas con él, lo que suele suceder es que o bien buscamos la forma de distraernos echando mano de nuestro abanico de recursos de entretenimiento habituales, o bien damos rienda suelta al pensamiento sobre las cuestiones más cotidianas: qué tengo que hacer más tarde, cómo voy a decirle a mi jefe que no estoy contento en el trabajo, cuándo compraré las entradas para ver esa exposición… El aburrimiento no nos hace tan imaginativos e inteligentes como nos gustaría creer. A lo sumo, cuando hablamos de casos de aburrimiento crónico o cronificado, es tanta la necesidad que sentimos de acabar con el displacer acumulado a lo largo del tiempo, que casi siempre nos encaminamos hacia respuestas explosivas, extremas, que adoptan la forma de conductas desadaptativas.

¿Por qué es importante conocer las causas profundas del aburrimiento?

Si bien es cierto que no podemos quedarnos voluntariamente en el estado doloroso del aburrimiento de forma permanente, a veces es aconsejable aguantar estoicamente el malestar por un rato y tratar de reflexionar, en la medida de lo posible, sobre sus raíces, para así llegar a conocer qué es lo que nos lo está causando y cómo podemos solucionarlo, evitando las respuestas desadaptativas.

Este ejercicio no siempre tiene sentido, claro está. Por ejemplo, si sentimos aburrimiento en la sala de espera del médico, no sirve de nada que nos paremos a pensar por qué nos estamos aburriendo, porque es evidente que el fastidio se debe a la exposición a una situación carente de estímulos. Además, las oportunidades de elaborar una estrategia de huida son escasas. Podemos matar el tiempo recurriendo al teléfono móvil u ojeando una revista, pero cualquier otra idea —por ejemplo, ir a dar un paseo— puede comprometer el objetivo final por el cual estamos esperando, que es entrar a la consulta del doctor. Pero si lo que sucede es que cada vez que llega el fin de semana nos vemos sumidos en un insondable hastío, entonces merece la pena obligarse pensar por qué nos pasa esto de manera reiterada. Ahondar en aquellos contextos y actividades que representan para nosotros una fuente de aburrición nos ayuda a conocernos a nosotros mismos y nos dota de herramientas para eludir esas circunstancias que nos están haciendo sufrir a largo plazo.

¿Podría decirse que el aburrimiento profundo es una forma de existencialismo, de nihilismo?

El aburrimiento profundo, según se ha descrito tradicionalmente desde la filosofía, es la experiencia resultante del aburrimiento crónico y del aburrimiento situacional cronificado. Cuando somos incapaces de responder frente al aburrimiento, ya sea por razón del propio individuo o de un contexto que impide la reacción, y el dolor permanece en el tiempo, se puede llegar al extremo de juzgar que la vida no tiene ningún sentido y que no merece la pena ser vivida. Ese tedio infinito, el ennui de vivre, se apodera de todas las facetas de nuestra existencia y condiciona la forma en la que nos enfrentamos a la realidad. Nos hace dudar de todo lo que nos rodea. Esta es quizá la forma más extrema de aburrimiento y también la más peligrosa. En el momento en el que carecemos de razones para seguir, viéndonos despojados de todo aliciente por el que continuar, de todo motivo por el que luchar, entonces damos rienda suelta a las reacciones más imprevisibles. Del aburrimiento profundo surgen los cambios de época y las revoluciones sociales, pero también las guerras, los actos terroristas o el suicidio.

¿En qué medida la apertura a la trascendencia ayuda a encontrar un sentido a las cosas y no aburrirse nunca?

El aburrimiento es justo lo opuesto al significado. La apertura a la trascendencia —o, dicho de otra manera, la fe— aporta un sentido a la vida que hace las veces de antídoto contra el aburrimiento. Se trata de tener un horizonte sobre el que poner la mirada y a través del cual conferir valor a nuestra cotidianeidad. Esto se puede conseguir marcándonos metas profesionales, personales y, por supuesto, entregándonos a la contemplación de la divinidad y al cumplimiento de los preceptos religiosos de cualquier congregación. Personalmente, nunca he tenido la suerte de poder comprobarlo por mí misma, pero varios estudios científicos demuestran que las personas religiosas, en un sentido amplio, padecen menos aburrimiento. ¡Es un hecho!

¿Qué es lo que aporta el libro en relación a lo que se ha escrito sobre el tema?

La enfermedad del aburrimiento muestra no solo que la cuestión del aburrimiento, como fenómeno que puede llegar a ser patológico, lleva siglos preocupando a pensadores provenientes de innumerables disciplinas, desde la filosofía y la teología, pasando por la psicología y la sociología, hasta la medicina y la psiquiatría. Esto se puede ver claramente a través del recorrido que hago por la historia cultural de Occidente, desde la Antigüedad hasta el presente. Además, se trata de un ensayo multidisciplinar que pretende establecer un diálogo entre los distintos puntos de vista que se han adoptado frente al aburrimiento en el pasado y en la actualidad. Hasta ahora, los filósofos hablaban del aburrimiento profundo existencial, los sociólogos del aburrimiento estructural y situacional, los fisiólogos de un aburrimiento de carácter orgánico y los psicólogos del aburrimiento crónico individual y los problemas que resultan de su padecimiento. Es la primera vez que estas posturas se entrelazan en un solo lugar para constatar que todas están interrelacionadas.

Más allá de esto, en el libro he definido una nueva categoría que responde a la casuística en la que se gesta lo que he llamado “aburrimiento situacional cronificado”, ese aburrimiento que depende del contexto y que, sin embargo, no es situacional sin más, porque permanece en el tiempo a causa de este, impidiendo la respuesta inmediata. Si tengo que indicar, con sinceridad, qué es lo más rompedor de este título, sin dudarlo diría que es la batalla constante que mantengo a lo largo de sus páginas frente a los eslóganes que nos tratan de convencer de que aburrirse es bueno, que nos hace ser más creativos e inteligentes o mejores personas, que tenemos que dejar que nuestros hijos se aburran y que el aburrimiento es saludable. Todo esto es demasiado relativo y considero que no debemos transmitírselo a la sociedad a través de titulares engañosos.

Esperemos que el libro no aburra a los lectores jajaja sino todo lo contrario...

¡No, por favor! Aburrir a los lectores es la última de mis intenciones. Escribí La enfermedad del aburrimiento precisamente para ayudar a los demás a comprender su propio hastío y animarlos a buscar la manera de romper con lo que les aburre de forma funcional y productiva. De hecho, en varios puntos del libro, aconsejo al lector que, si se está aburriendo al leerme, analice la causa de su aburrimiento y le ponga remedio —dejando a mi criatura en una estantería cogiendo polvo para la eternidad o usándolo para calzar una mesa, por ejemplo—. Por el momento, nadie me ha dicho que la lectura se le haya hecho aburrida; pero tarde o temprano llegarán los críticos más feroces.