Lamento ser  pesimista, pero dicen que no hay pesimistas, sino personas bien informadas…

Han terminado, a Dios gracias, las Ferias del Libro, que se han celebrado en toda España, y el balance es el de siempre: triunfalismo y demagogia en grandes dosis, pero lo cierto es que aquí no lee casi nadie, y siempre lo hacemos los mismos.

La mayoría de las personas se “alimentan” espiritualmente de las telebasuras, y claro, así tienen el alma.

Son gente que solo viven para satisfacer su ego, convencidos de ser el centro del mundo, y que la civilización comenzó con ellos… Personas más preocupadas por la apariencia física, la ropa, el peinado, etc., en lugar de por cultivar su interior, la esencia de lo que define a los humanos, a diferencia de otros animales.

Una sociedad en la que no creo que lleguemos a un diez por ciento las personas que leemos con regularidad, y no las típicas paridas de Belén Esteban, sino libros de ensayo, novela histórica, sobre el hecho religioso, la cultura y tradiciones de España, etc.

Es decir, libros con una cierta enjundia.

Los tres meses que el gobierno socialcomunista nos tuvo encerrados en nuestras casas, en situación de prisión domiciliaria, hicieron surgir millones de nuevos “escritores”, convencidos de que por escritor cualquier parida, a veces infumable, ya pueden titularse escritores, pasando a integrar el elenco encabezado por Cervantes, Quevedo, Borges, y tantos otros.

¡Y se presentan cómo tales!

Me recuerdan a un profesor de la Universidad de Zaragoza, cuyas obras completas aparecían publicadas en su tarjeta de visita: “Menganito de Tal, Profesor Titular de esto y de aquello”.

Esa fue su gran “aportación” al mundo de la ciencia, y de la investigación jurídica.

Al ver tantas presentaciones de libros, que nadie o casi nadie va a leer, y que acaban adquiriendo amigos y conocidos, más por compromiso que otra cosa, siempre me hago la misma pregunta: ¿Se escribe por vanidad, o porque realmente tienes algo que decir…?

Por no hablar, que también, de la omnipresencia de Amazon, que amenaza acabar con las imprentas, distribuidoras y librerías españolas, eliminando todos los intermediarios, y fabricando los libros en Polonia, y, últimamente, en China.

Hace años se decía que unas cien mil personas vivían del mundo del libro en España.

Y que cada día cerraban cuatro librerías.

Había unas diez mil.

Ahora “solo” cierran dos librerías por día, pero lo que nadie dice es que escasamente quedan unas cinco mil librerías, con lo cual la proporción es similar.

Dicen que el buen periodista es el que escribe lo que la gente no quiere saber, y creo que la expresión es extensible a los buenos escritores.

Hay que escribir lo que la sociedad debe saber, tiene derecho a conocer, aunque ello repugne a los poderes públicos, y seas objeto de querellas y demandas por parte de los corruptos… (Y se de lo que hablo, por experiencia propia).

Y tan importante como escribir es agremiarse debidamente, para la protección de los derechos de autor, la lucha contra la piratería y el copio y pego, tan de moda en la sociedad actual, dónde la gente pasa de trabajar en serio, y mucho menos de sacrificarse, palabras vedadas para las nuevas generaciones, que creen tener derecho a tenerlo todo de regalo, y que sólo saben reivindicar su “derecho” a ser felices.

Cedro, Centro Español de Derechos Reprográficas, al que pertenezco desde hace muchos años, creo es la entidad más solvente en la materia, y somos muchos los autores que, ante problemas sobrevenidos, en mi caso un ictus cerebral, el año pasado, recibimos sus ayudas extraordinarias para poder afrontar la situación, y pagar los cuantiosos gastos del proceso de rehabilitación, compensando parcialmente la pérdida de ingresos económicos.

Como es de bien nacidos ser agradecidos, ¡gracias, amigos y compañeros de Cedro!