Son las dos de la mañana. En el silencio de la noche escucho la voz del Teniente Coronel que ordena que llamen al Comandante Franco. No era preciso; salía de la tienda y me uní a él.

-              ¿Sucede algo? ¿Hay que salir? -le pregunto

-              Tiene que partir lo antes posible una Bandera para el Fondak; como no sabemos para qué es ni adónde va, sortead entre vosotros. Lo mismo podéis ir a una empresa guerrera que a guarnecer preventivamente cualquier puesto de retaguardia.

En el sorteo corresponde salir a la primera Bandera. Acto seguido se llama a la gente y, a las cuatro de la mañana emprendemos la marcha. En el Fondak recibiré nuevas instrucciones.

Un misterio inexplicable rodea nuestra salida. Nadie sabe adónde nos encaminamos. Unos creen que se trata de efectuar una operación en Benider, otros que vamos nuevamente a las costas de Gomara; yo, sin saber por qué, pienso en Melilla. Hace días que se dijo en el campamento que las cosas no iban allí muy bien; pero lo cierto es que nadie sabía nada.

La marcha fue dividida en dos jornadas; a mitad del camino descansaremos en unos bosques próximos a Al-Yhudi en que el río nos facilitará la aguada y podrá bañarse la tropa. La marcha se lleva descansada con altos frecuentes que nos permiten llegar, ya avanzada la mañana, al lugar señalado para el reposo; bajo los árboles se condimentan los ranchos en caliente; los legionarios se bañan y después de una pequeña siesta sale la Bandera, a las tres, camino del Fondak.

La falta de guías hace que nuestra vanguardia tome por la pista y es ya anochecido y el Fondak no se ve. Un auto ligero pasa y nos explica que llevamos el camino largo de la pista y que aún tenemos varias horas de marcha. Nos tenemos que resignar a seguir el largo camino. Acortamos el aire de marcha; los descansos son más frecuentes y por fin vemos a lo lejos la luz del Fondak. Hacia ella caminamos sin llegar. Parece la lucecita de los cuentos infantiles que siempre se aleja. La cuesta se hace interminable. El viento sopla de cara en forma huracanada y son las once de la noche cuando llegamos a los muros del Fondak.

La tropa, rendida, permanece sentada a los costados de la carretera; la jornada ha sido terrible y necesita largo reposo; después de mil vueltas aparece el oficial que se adelantó con las cocinas y el convoy; los ranchos todavía tienen que condimentarse y, en la posición, las tiendas nos esperan sin armar; no las utilizamos; la tropa vivaquea y a los pocos momentos duerme tendida en las cunetas.

Durante la noche, el teléfono suena persistentemente: es preciso seguir a Tetuán, llegar al amanecer, ¡No es posible! La gente no puede más y necesita descanso, se quedaría media Bandera reventada en el camino. Llegaré lo antes posible; a las diez de la mañana estaré en Tetuán.

A las tres y media se toca diana, hay que despertar uno por uno a los soldados que, rendidos, permanecen sordos a la corneta y antes de amanecer descendemos por el desfiladero.

Nos han comunicado que vamos a Melilla, pero ignoramos lo sucedido. Pensamos sólo en una intensificación de las operaciones en aquella zona y que nos lleven como refuerzo. Oficiales y tropa marchan contentos olvidando los kilómetros que llevan de recorrido y a las diez menos cuarto desfilan los legionarios por las calles de Tetuán. Al formar la tropa en la entrada de la ciudad, un paisano nos da la terrible noticia: "en Melilla ocurrió un desastre y el General Silvestre se ha suicidado". Nuestra indignación es grande al oír estas palabras y obligamos a callar al caballero, que dando explicaciones se aleja, asegurando que se lo han dicho la noche anterior en el Casino Militar de Ceuta.

Minutos más tarde, en la estación, nos confirman la noticia; ya no es posible la duda; la oímos de labios muy autorizados. Sin embargo, creemos en la posible exageración. Tenemos que esperar hora y media antes de efectuar el embarque. Horas interminables, pues ya desearíamos estar en Melilla, conocer la verdad, ser útiles.

Por Ceuta pasamos rápidos; sólo nos detenemos el tiempo necesario para reparar las pequeñas faltas, consecuencia del período activo de operaciones y para dar tiempo al embarque del material y ganado; y al atardecer, con unos aires españoles, desfilamos por la población camino del puerto, donde nos espera el "Ciudad de Cádiz".

Las noticias que recibimos antes de la salida son muy pocas. Se sabe que ha habido un gran desastre, que del General Silvestre no se tienen noticias y que el General Navarro organiza la retirada; ¡Ya no se supo más! La música toca la Marcha de Infantes, el Comandante General llega y con emoción escuchamos las palabras y cariñosos consejos del veterano soldado, y estrechando nuestras manos se despide el ilustre General, a quien tanta gratitud debe nuestra Legión.

El General Sanjurjo viene con nosotros como Jefe de la expedición, pues aquella noche han de embarcar también para Melilla dos tabores de Regulares de Ceuta y tres baterías de montaña con abundantes pertrechos.

La sirena del barco anuncia la salida, las músicas lanzan al aire las notas de sus himnos, los soldados, entusiasmados, cantan y los vivas a España se pierden al alejarse el barco había Melilla. Por fin llega para nuestros soldados el descanso tan necesario. Llevaban dos noches sin dormir apenas y en día y medio habían recorrido más de cien kilómetros.

A la hora de la cena nos sentamos juntos, el General preside nuestra mesa, las conversaciones giran sobre el mismo tema, ¡Melilla! ; pero ninguno supone las proporciones del desastre; sentimos en nuestros corazones la presión del dolor patrio y nos parece que pasan lentas las horas que nos separan de nuestro destino.

 

 

 

"El territorio de Melilla"

 

I - La llegada

 

El cansancio de los días anteriores contribuye a nuestro descanso y está muy avanzada la mañana cuando salimos de nuestro camarote; la travesía es hermosa, el barco no se mueve y nuestro pensamiento vuelve a girar sobre el mismo tema: ¿llegaremos a tiempo?... ¿repararemos lo sucedido?

Sobre la cubierta damos los buenos días al General. Este ha recibido más noticias; los radiogramas recogidos por el barco durante la noche dicen poco más de lo que sabemos, pero se acaba de recibir un radio del Alto Comisario que manda: "forzar la marcha todo lo posible", y pregunta: "¿cuándo llegaremos?". Vamos a toda máquina y se llegará a eso de las dos.

Pasamos el tiempo sentados sobre la cubierta pensando en nuestra llegada; cogeremos el tren para ir a las líneas avanzadas, y hacemos cálculos sobre los lugares probables donde se habrá rehecho la columna. Es día festivo y nos avisan para la Misa; a ella asistimos, pero nuestro pensamiento vuela lejos, detrás de la columna que se retira.

Un nuevo telegrama para que vayamos más aprisa nos inquieta grandemente; ¿qué situación es la de esta zona que por minutos se requiere nuestra llegada? El capitán del barco nos dice que no puede andar más. Vamos a toda marcha; remontamos el cabo de Tres Forcas y pasamos cerca de la costa arenosa y cortada. Ni un árbol pone en ella una nota de vida, sólo a lo lejos blanquean al sol las casas de la ciudad vieja.

La muralla del puerto aparece llena de gente; la ciudad alta se ve también coronada de pequeños puntos blancos. Ya se distinguen las figuras; una nube de pañuelos se agita al aire como aleteo de palomas blancas, y conforme el barco se acerca vemos claramente la aglomeración de la muchedumbre.

Una sección de carabineros y una música se encuentran en el desembarcadero. Un oficial joven, con una banderita española, parece dirigir una agrupación de paisanos, y la música bate marcha. Los legionarios, que desde que se ve la ciudad están sobre cubierta, audaces han trepado a los palos del buque y otros en los cabos y escalas aparecen encaramados como grandes racimos. Las banderas y banderines se agitan en lo alto; nuestra música entona la "Madelón" y los legionarios cantan poniendo toda el alma en la canción.

Una gasolinera se acerca al barco; sube un ayudante del Alto Comisario y nos da la terrible noticia: "De la Comandancia General de Melilla no queda nada; el Ejército, derrotado; la plaza abierta y la ciudad loca, presa del pánico; de la columna de Navarro no se tienen noticias, hace falta levantar la moral del pueblo, traerle confianza que le falta y todas las fantasías serán pocas".

El dolor nubla nuestros ojos, pero hay que reír, que cantar las canciones brotan y entre vivas a España el pueblo aplaude loco, frenético, nuestra entrada.

Jamás impresión más intensa embargó nuestros corazones; a la emoción dolorosa del desastre se une la impresión de la emoción del pueblo traducida en vítores y aplausos. El corazón sangra, pero los legionarios cantan y en el pueblo renace la esperanza muerta.

El Teniente Coronel, subido en la borda del barco, saluda al pueblo de Melilla y le dice con palabras vibrantes y entusiastas que les llevamos la tranquilidad perdida, que allí está el heroico Sanjurjo que es la mejor garantía de éxito de la empresa, y sus palabras se acogen con clamorosas ovaciones, los vivas se suceden y el pueblo se desborda en entusiasmo.

En el mayor silencio desembarcan los legionarios, y con la música y Banderas en cabeza, desfilan los peludos de Beni Aros y en columna concentrada recorren el pueblo entre los vítores de la muchedumbre. Los balcones se llenan, los aplausos se repiten y las mujeres lloran abrazando a los legionarios.

Al paso de las Banderas se escuchan mil comentarios: Ahí va Millán Astray, miradlo qué joven. Estos son soldados; qué negros y qué peludos vienen. Mirad a los oficiales, qué descuidados, con sus trajes descoloridos; huelen a guerra. ¡Estos nos vengarán!

Una madre, llorando, pide que le busquen a un hijo que tiene en el campo, y al paso por los barrios se desborda el entusiasmo popular, cigarros, frutas, refrescos, todo es para los legionarios.

Las Banderas se separan a guardar la Plaza; la segunda sube la cuesta de Rostrogordo, y la nuestra emprende el camino de los Lavaderos. Horas después llegan los Regulares a las órdenes del heroico González Tablas; el recibimiento es algo frío; la gente ignora el mérito de estos soldados que pelean por España; la mal llamada traición de los Regulares de Melilla hace que inspiren desconfianza; muy pronto prueban lo contrario.

Estos días habíamos de recibir las emociones más grandes de la vida militar, y nuestros corazones lloran la derrota; los fugitivos, a su llegada, nos relatan los tristes momentos de la retirada; las tropas en huida, las cobardías, los hechos heroicos, todo lo que constituye la dolorosa tragedia; Silvestre, abandonado; Morales, muerto; soldados que llegan sin armas a la Plaza; Zeluan se defiende, Nador también. Son las noticias que traen estos hombres, en los que el terror ha dilatado las pupilas, y que nos hablan con espanto de carreras, de moros que les persiguen, de moras que rematan a los heridos, de lo espantoso del desastre. Llegan desnudos, en camisa, inconscientes, como pobres locos.

La noche pasa tranquila; sólo el servicio avanzado ha ido recogiendo a los fugitivos.

 

 

 

II - Los primeros días

 

Al amanecer, un automóvil se adelanta por la carretera; el servicio no puede detenerlo; en él va el General Sanjurjo. En la Segunda Caseta conferencia con los moros de los poblados, a los cuales sorprende la inesperada visita. A su regreso, se detiene breves momentos en el campamento y marcha a conferenciar con el General Berenguer para la operación de aquel día.

 

Al mediodía, una columna compuesta de Legionarios y Regulares asciende por las laderas de Taguel Manin y Ait Aisa. Con ella marchan los indígenas de los poblados próximos a la Plaza. Mientras establecen las posiciones, los moros esperan recelosos; sus mujeres y ganados han sido internados en el Gurugú, pero antes de retirar nos les vemos regresar a los aduares. Las posiciones se establecieron muy rápidas y en ellas quedan dos compañías de la Legión.

Al mismo tiempo que se ocupan estas posiciones, una sección avanza cautelosa por la cuneta de la carretera y ocupa, sin ser vista, el fortín de Sidi Musa.

Al regresar esta noche, cruzamos por la población Regulares y Legionarios; los Jefes en cabeza juntos y los soldados uniendo sus filas han constituido una gran columna de a ocho. Así des filan ante el pueblo los que hermanados combaten.

EN LOS PRIMEROS días han llegado a la Plaza algunos batallones; el de la Corona y un tabor de Regulares se encuentran desde el primer día en el Zoco del Had; el fiel Abd el-Kader había pedido el auxilio de tropas para evitar el levantamiento de sus gentes. Todos sentimos gratitud hacia el noble caid, nuestro enemigo leal el año 9, que en momentos difíciles ha confirmado su fidelidad.

EL DIA 26 AVANZAMOS LA columna de Regulares y Legionarios, ya mermada con los destacamentos, en dirección a Sidi-Hamed-el Hach y el Atalayón. Rápidamente y sin disparar un tiro, la columna se posesiona de las antiguas posiciones. Los legionarios ocupan la loma que de Sidi-Hamed se extiende hacia Nador y los Regulares, en el flanco derecho, dan vista al Gurugú.

 

Recibimos la orden terminante de no alejarnos y de permanecer en esta loma cubriendo el servicio mientras se fortifica Sidi-Hamed. Desde ella se ve perfectamente el poblado de Nador. Numerosos grupos rodean la Iglesia; el pueblo arde; de la Fábrica de tabacos y Estación se levantan densas columnas de humo; otras casas han sido pasto de las llamas, y por los caminos del llano se alejan con el botín los mulos cargados.

En una casa, algo más alta y próxima al mar, vemos brillar un heliógrafo. Avanzamos hasta el extremo de la loma. La orden de no alejarnos nos detiene, ¡pero estamos tan cerca! Pediremos irnos repiten la orden de no avanzar más, de aguantarnos mientras se termina la fortificación.

En la posición hablamos con el General. Con él está nuestro Teniente Coronel, le pedimos ir al poblado, llevar un socorro a los que se defienden, El General participa de nuestra emoción; también él desea ir a Nador, pero hace falta guardar la Plaza, defenderla y estamos solos. ¡En la guerra hay que sacrificar el corazón!

El Teniente Coronel me lleva a un lado:

 

  • He pedido -me dice-, ya que no podemos ir a Nador, mandar una Compañía; una Sección; algo que les dé ánimos y no puede ser; tengo esperanzas de que permitan enviarles ocho hombres con unos moros del vecino poblado a llevarles víveres y medicamentos. ¿habrá muchos voluntarios para la empresa?
  • Desde luego, muchísimos -le contesto- Preguntaremos a los que están aquí sin desplegar. Nos acercamos a los sostenes, se aproximan los soldados y el Teniente Coronel les habla:
  • Allí están sitiados los defensores de Nador; hemos pedido ir en su socorro, pero las necesidades de la campaña no lo permiten; he pedido, sin resultado, mandar una Compañía; una sección, algo de que les dé ánimos y alivio. Lo único que nos conceden es que vayan unos cuantos soldados con dos moros a llevarles víveres y quedarse allí; la empresa es arriesgada; los que vayan seguramente no llegarán; tal vez mueran todos; si hay algunos de vosotros que desee ser de la empresa, que dé un paso al frente.

No terminó la frase. Los soldados han dado todos un paso hacia adelante...

  • ¡Gracias! ¡Gracias!... -El Teniente Coronel se abraza al más próximo; sentimos honda emoción-. ¡Así queremos a los legionarios!

 

La empresa, por fin, no se lleva a cabo; los moros del poblado no se atreven a ir, creen que no podrán llegar, y a los legionarios solos no les dejan. En Sidi-Hamed ha quedado destacada la quinta Compañía; las fuerzas de la Legión se reducen esta noche a una Compañía de Infantería, otra de ametralladoras y la Compañía de Depósito.

EL DIA 28, SE lleva el convoy a Ait Aisa, y Taguel Manin, sosteniendo fuego con el enemigo, y son relevadas las compañías que guarnecen es tas posiciones.

En este día, ha sido atacada la posición de Sidi-Hamed por el enemigo, y han sido heridos muy graves el teniente Marcos, de ametralladoras, el sargento alemán Heine y un soldado. Un convoy con dos escuadras, que había bajado a la plaza desde la posición, fue atacado igualmente por el enemigo causándole varias bajas.

Al día siguiente sale de nuevo la columna a Sidi-Hamed, para la colocación de unos blocaos y evacuar los heridos.

Los puestos ocupados son los mismos que los del día de la toma de la posición; nuestras guerrillas se extienden hacia Nador, entablando combate con el enemigo.

En lo alto de las lomas de Nador se ve movimiento de moros; de allí se destaca un núcleo de jinetes que, en correcta formación, parecen venir hacia el combate; nuestras ametralladoras, preparadas, esperan en silencio, y cuando han entrado en la zona eficaz de tiro, rompen el fuego sobre ellos y en pocos minutos el fantasioso escuadrón se deshace y huye a la desbandada en dirección a los barrancos, El fuego continúa y nuestra Compañía de Depósito se porta bravamente.

 

 

 

 

III -  Sidi Amarán, Frajana y convoyes...

 

Mes de agosto.

 

La retirada la efectuamos al abrigo de las posiciones, ligeramente hostilizados.

DURANTE EL MES de agosto las salidas son casi diarias y el aprovisionamiento de las distintas posiciones requiere la presencia de la columna y librar combate con el enemigo.

Los Regulares y la Legión, sirviendo de van guardias a las distintas columnas, trepan por los peñascales de las vertientes del Gurugú y en ellos se sostiene empeñada lucha. Como en un chorreo van disminuyendo los efectivos de nuestras unidades.

La posición de Sidi-Hamed es constantemente atacada por el enemigo. Al fuego de fusilería se une el de cañón que le dirigen desde las lomas de Nador y picos del Gurugú; una compañía de legionarios y otra de línea guarnecen la posición y es jefe de la misma el comandante Arias, del batallón de Toledo. Sólo alabanzas hemos oído de las cualidades militares y dotes de mando de este jefe que defendió la posición de Sidi-Hamed de los intensos bombardeos y duros ataques enemigos. El mando, atendiendo a sus cualidades relevantes, le mantuvo en este puesto hasta la toma de Nador.

Todas las unidades de la Legión pasaron por este destacamento y muchísimos son los legionarios que se distinguieron en su defensa; un día es al extinguir el incendio del depósito de municiones, alcanzado por las granadas enemigas; otro al salir a recoger el material de los mulos muertos a la entrada de la posición y enfilados por los moros. Hoy a un soldado le lleva la cabeza un proyectil, mañana otro herido no quiere evacuarse.

Un corneta, en el parapeto, avisa con un punto los disparos de la artillería enemiga y al momento todos se guarecen en los abrigos.

Así se vive en Sidi-Hamed con el agua tasada y el convoy cada tres días.

Sólo Manolo, el valiente cantinero, visita a diario la posición; los legionarios le conocen. Él les lleva el correo y las frescas sandías con qué aliviar la sed; es portador de encargos, y a menudo atraviesa las zonas enfiladas para llegar a la posición. Una tarde le hieren gravemente al compañero, otro día le matan la caballería, pero él visita los puestos avanzados y ni un solo día les falta su correo.

En uno de los convoyes a Sidi-Hamed el enemigo nos prepara una fuerte emboscada. Es el día 8 de agosto. Al efectuar el paso por la segunda Caseta y cuanto toda la Legión ha entrado en el camino, una nutrida descarga hecha sobre nuestros caballos nos sorprende. Al momento, la fuerza se ha tendido y rompe el fuego sobre las peñas y chumberas de la barrancada; los legionarios y Regulares escalan rápidos las laderas, y el enemigo huye escarmentado; el fuego ha sido intenso, pero milagrosamente sólo nos han matado un perrito.

A LAS CUATRO DE la mañana del día 15 la columna del General Sanjurjo se concentra sobre la carretera de Hidun. Los escuadrones de Húsares marchan en la vanguardia. Después de media hora en que esperamos la concentración, subimos la carretera de la posición. Desde ésta, el general nos explica el objetivo de la operación y la misión de cada uno y los escuadrones despliegan ocupan do las lomas a la izquierda de Ismoar adonde nos dirigimos1. Un tabor de Regulares, saliendo del Zoco del Had, ha de avanzar por la izquierda hacia Sidi Amarán, mientras nosotros nos concentramos a vanguardia, detrás de la cortina de protección de la caballería.

Al llegar a las lomas de Ismoar, la caballería, pie a tierra, se encuentra desplegada; llevamos orden de esperar a colocar las baterías junto a la posición para reanudar el avance.

A la izquierda vemos avanzar a los Regulares sobre unos grupos de chumberas; detrás de la cerca que las rodea, se oculta numeroso enemigo; establecemos nuestras ametralladoras para apoyarles; los Regulares se adelantan y, sin esperar a las baterías, nos lanzamos al frente, desbordan do al enemigo y ayudándolos. Los moros huyen y dejan en nuestro poder algunos muertos.

El avance resultó precioso. Como si se tratase de un ejercicio, avanzaron por las dilatadas lo mas las guerrillas seguidas de cerca por sus sostenes, coronaron la línea de altura y, formando un extenso arco, se estableció la línea del Garet al mar.

El enemigo hostiliza en todo el frente, pero en unas ruinas en el extremo derecho de la línea, el combate es más empeñado; el terreno es muy quebrado Y los moros están próximos. Hacia las once de la mañana, el enemigo, aprovechando lo quebrado del terreno y oculto en unas casas que hemos dejado a retaguardia, efectúa enérgica re acción por el flanco de nuestras ametralladoras, llegando hasta pocos metros de las máquinas, los ametralladores se defienden valientemente, el enemigo es rechazado, pero sobre una de las máquinas fuere gloriosamente el bravo teniente Valero; dos muertos y ocho heridos se encuentran caídos entre las ruinas Y tres de los enemigos han que dado cara al sol -entre los peñascos.

La situación durante el día es buena en todo el frente.

Al mediodía consigo autorización del General para castigar los poblados de que partió la reacción y desde los que el enemigo nos hostiliza. La empresa es difícil; a nuestra derecha el terreno desciende en forma quebrada hasta la playa y al pie se encuentra una extensa faja de pequeños aduares. Mientras una sección, rompiendo el fuego sobre las casas, protege la maniobra, se des cuelga otra por un pequeño cortado y rodean do los poblados, impone castigo a sus habitantes; las llamas se levantan de los techos de las viviendas y los legionarios persiguen a sus moradores.

El enemigo trata de molestar la retirada; dos soldados, entretenidos en la "razzia", se quedan alejados del grueso de la tropa, que se aleja a retaguardia; de pronto se encuentran entre los fuegos de los dos bandos; ocultos entre la arena se libran de sus efectos, pero cada vez que intentan levantarse, moros y legionarios les dibujan con sus disparos; desde arriba les vemos perfectamente y sólo cuando nuestro corneta, tocando el alto el fuego, consigue llamar la atención de la sección de "razzia", se pueden retirar los dos sol dados.

El repliegue general de la Legión se efectúa en completo orden; a los últimos soldados que se retiran les envuelve una descarga de nuestras baterías; sólo uno de ellos es ligeramente herido, siguen con calma y al terminar la operación obtenemos la felicitación del General en Jefe.

EL DIA 23 ya se había incorporado nuestro Teniente Coronel y formando parte de la columna Sanjurjo, se efectúa una operación en el barranco de Frajana, sobre las inmediaciones del Zoco del Had. Cuando nos acercamos, se hace sentir el paqueo enemigo; las baterías ligeras se establecen y al estampido de los cañones siguen las explosiones de los proyectiles, en la barrancada los arbolados se cubren de velloncitos blancos y los Regulares se pierden por el pendiente sendero del poblado.

Los tiros de uno y otro bando se multiplican; barranco arriba vemos desplazarse la bandera española que tremola en la vanguardia, en las manos de uno de los moros Regulares, pero muy pronto desaparece del campo de nuestros gemelos.

En el fondo del barranco se destaca un caballo blanco. Es el del Teniente Coronel de Regulares, que avanza con sus unidades. Por la cuesta sube perezosamente una camilla. Con los gemelos, distinguimos las botas de oficial. Al acercarnos, se detiene; el alférez Sánchez Guerra viene en ella, herido; al preguntarle por la herida se levanta y, rígido, nos saluda. ¡Qué madera de militar la de este alférez de complemento, que voluntariamente combate a las órdenes de González Tablas!

Ya le corresponde el puesto a la Legión; una compañía cruza el barranco y se pierde entre los árboles del arroyo; un rato después corona la próxima meseta; sus uniformes kaki se pierden entre las piedras de las lomas ocres.

Al cruzar la barrancada, un paso difícil detiene a las acémilas; en pocos minutos la sección de zapadores ha arreglado el camino y pronto truenan en la meseta los disparos de las ametralladoras. El enemigo se mantiene alejado, hostilizando débilmente.

EN EL CONVOY a Sidi-Hamed el Hach, el día 28, toma parte un tren blindado; el enemigo se presenta, como en días anteriores, hostilizando vivamente a las fuerzas de protección; de Nador se acercan bastantes jarqueños, cuando siguiendo la vía se adelanta el tren con precaución; a su paso levanta numeroso enemigo, que es batido por nuestras ametralladoras que, preventivamente, han enfilado los pasos. La sorpresa causada ha sido grande y las bajas enemigas muchas.

El día transcurre sin episodios. El convoy ha entrado en la posición y se mantiene a raya al enemigo; sólo hacia Nador la presencia del tren blindado ha llevado numerosos grupos.

Al recibir la orden de la retirada, la compañía más avanzada adelanta unos soldados en dirección al tren para que se retire; éste empieza su retroceso y la unidad se repliega al abrigo de la tercera Caseta.

Esperamos unos minutos y el tren no llega, ¡habrá tenido avería, o le habrán levantado la vía a su retaguardia?... Las lomas antes ocupadas por nuestras tropas se coronan de enemigo y las balas silban; al galope sale un ordenanza a detener la retirada.

El enemigo se ha metido entre el tren y nosotros. Unos ordenanzas salen por la playa. El fuego enemigo les mata los caballos y tumbados en tierra se defienden a tiros. Del Atalayón avisan que por la carretera de Nador se acerca una fuerte jarca. A unos ciento y pico de metros los moros aparecen en las cunetas de la carretera; los fogonazos de los disparos se suceden, y una sección nuestra, parapetada en el terraplén de la vía, avanza sin ser vista sobre ellos. Sólo les se paran breves pasos. Los legionarios se arrojan bravamente sobre el enemigo que, sorprendido, huye y el tren que llega rompe sobre ellos su nutrido fuego. La sección sube en el tren y la masa negra y acerada aparece en la tercera Caseta.

El enemigo sigue hostilizando, pero se ve detenido por el fuego de nuestras posiciones, mientras nosotros, por la orilla del mar, nos retiramos rápidos.

Al día siguiente, unos prisioneros evadidos nos confirman nuestros cálculos sobre las bajas enemigas; se pasaron la noche con los moros buscan do con faroles los muertos en el combate y cuan do regresaron a Nador, cerca del amanecer, golpearon a los prisioneros que allí había.

 

Continuará

Por la transcripción: Julio MERINO