Tras la cuarta mayoría absoluta conseguida por Viktor Orbán y su partido Fidesz en las últimas elecciones parlamentarias celebradas en Hungría, el historiador murciano Sergio Fernández Riquelme acaba de presentar su nuevo libro La Revolución Conservadora en Hungría. Publicado por Letras Inquietas y con prólogo de Carlos Martínez-Cava, este ensayo realiza una análisis pormenorizado de la gestación, desarrollo, crecimiento y éxito del movimiento conservador húngaro, que ha logrado llevar a cabo una revolución en términos culturales y convertirse en la ideología hegemónica de su país.

¿Cuándo comienza la Revolución Conservadora en Hungría?

Entre 2010, cuando Fidesz gana las elecciones parlamentarias con un programa netamente soberanista, y 2011, cuando aprueban, por mayoría de dos tercios, una nueva Constitución donde su visión conservadora en temas sociales, étnicos y nacionales aparece claramente fijada. Dos años donde Orbán y su equipo impulsaron, con meridiana rapidez, un proyecto político-social de nuevo cuño, abandonando el liberalismo de primera hora (ideología que dejaba, en su opinión, de ser conservadora o democristiana), y asumiendo una misión identitaria que caló en buena parte de la población de su país. Y donde se pusieron las bases de un proceso transformador continuo, entre la tradición y la modernidad, que legislatura a legislatura va superando la prueba democrática y la presión plutocrática.

¿Por qué el antiguo bloque comunista del Este de Europa se ha tornado en conservador, nacionalista, cristiano y populista?

Por la experiencia, siempre presente, del totalitarismo vivido. Tras años de lucha por dejar atrás la ocupación comunista, muchos políticos y ciudadanos de esas naciones vieron como la “promesa liberal” occidental dejaba también atrás los referentes nacionales y tradicionales, imponiéndoles ahora por la fuerza, bajo el llamado precepto democrático, valores e identidades progresistas y globalistas que nada tenían que ver con su batalla histórica. Querían incorporarse a la civilización occidental histórica, que luchó por la libertad y la patria, pero no al globalismo occidental que imponía una visión cada vez más ajena a ese legado en el que habían soñado pertenecer durante décadas.

¿Cuál ha sido el papel de Viktor Orbán en esta transformación nacional-conservadora de Hungría?

Su papel ha sido central. Ha sido el rostro visible de este proceso húngaro de evolución del pensamiento conservador, que une en una misión común a católicos y calvinistas (como Orbán), a gestores más estatistas o más capitalistas, a gente de ciudad y de campo, a estratos sociales diferentes, a húngaros de dentro y fuera del país (especial mimo ha tenido con las minorías en Rumanía, Eslovaquia o Serbia). Por ello, ha sido elegido como el líder de este proceso de transformación, dentro del estricto marco democrático, de dicho pensamiento: del liberalismo progresista al iliberalismo cristiano, del globalismo internacional al soberanismo nacional, de la homogenización europea a la Europa de las patrias. Y los ciudadanos han depositado su confianza en él, cuatro veces de manera consecutiva, para defender los intereses patrios fuera y dentro del país. Pero también ha asumido la función de disidente interno del eje euroatlántico, sufriendo las estrategias y críticas del poder de Bruselas y de sus aliados plutocráticos desde los primeros años de esta Revolución Conservadora. En este último caso, las elites globalistas nunca le perdonaran que ese brillante anticomunista que habían aconsejado, poco a poco dejará de ser la gran promesa del “liberalismo progresista” en Europa del Este, y reivindicara años más tarde este soberanismo conservador, directamente enfrentado a la ideología dominante en el sistema actual.

¿Cuáles son los secretos de Orbán y su partido, FIDESZ, para lograr una nueva (la cuarta) y aplastante victoria?

No hay secretos, sino una receta muy clara. Combinar tradición y modernidad desde la defensa de principios no negociables a nivel moral (en lo familiar y en lo cultural), proteger a ultranza de los intereses nacionales del país (asumiendo recetas más liberales o más estatistas según la necesidad), mantener una coalición política estable y fuerte a nivel organizativo (con el partido católico KDNP), adaptarse y “combatir” en el entorno tecnológico y las redes sociales para la formación y la difusión de sus ideas (como sus “enemigos” globalistas), abrirse sin prejuicios a un mundo más diverso que el deseado por Occidente (en alianzas y negocios), o conectarse directamente con las demandas y necesidades de las clases populares (en opiniones y en ayudas). Receta que daba como producto una misión nacional y democrática muy clara que promocionar sin complejos, pese a todos los críticos “woke” en frente y pese a todo el factor “globalista” en contra.

Desde la Unión Europea se acusa de Viktor Orbán de haber implantado una autocracia en el país mediante el control de las instituciones y de los medios de comunicación. ¿Qué hay de cierto en esta acusación?

Huelga decirlo, pero Hungría es una democracia tan avanzada como cualquiera de las que defiende la Unión Europea. Tiene sus elecciones limpias, sus tribunales de justicia, sus mecanismos de protección. La oposición es pluripartidista y competitiva, ganando por ejemplo la alcaldía de Budapest. Y se aprueban las leyes que determina, como en otros países, la mayoría parlamentaria elegida por los ciudadanos. El problema y la acusación reside, como siempre, en que no ganan los aliados o vasallos directos de Bruselas (como le ha pasado a Péter Márki-Zay), que los medios públicos están en manos del gobierno (como en cualquier parte de Europa), y que su legislación la determinan los votantes y no los funcionarios o ideólogos comunitarios.

Populismo: ¿existe como espacio político o se trata de otra etiqueta vacía creada por los mass media?

Es otra etiqueta vacía, como tantas que crea el sistema para criticar o deslegitimar a quien disiente o plantea alternativas, a izquierda y derecha. Esta etiqueta se generalizó en la ciencia política partitocrática y en el discurso oficial del consenso liberal-progresista cuando, desde la crisis socioeconómica de 2008, comenzaron a surgir movimientos alternativos con impacto electoral trascendente. Eran vistos, por los que se consideraban exclusivos dueños de la representación, como simples radicales “con recetas fáciles” que, o bien nos llevaban a realidades bolivarianas, con formaciones de extrema izquierda, eso sí, progresivamente integradas en el sistema o “domesticadas” (participando, como el caso de Podemos en España, en el gobierno del PSOE); o bien anunciaban tiempos autocráticos o casi “fascistas”, pese a las credenciales democráticas evidentes de la inmensa mayoría del universo identitario-soberanista, con líderes o partidos sometidos a intensas campañas de desprestigio, cordones sanitarios o censuras directas (recordemos la expulsión de Trump de Twitter, mientras los gobiernos dictatoriales de Irán o China las tenían plenamente abiertas en dicha red social) que limitaban sus victorias o los contenían electoralmente como podían.

¿Es exportable al resto de países de Europa el modelo de la Revolución Conservadora húngara o se trata de una rara avis difícilmente aplicable en otros escenarios?

Cada movimiento identitario o soberanista es único, al responder a su propia realidad nacional. Pero los factores generales de génesis y desarrollo pueden ser compartidos en un mundo globalizado, como estamos viendo. Por ello, es aplicable a otros escenarios siempre que las formaciones soberanistas busquen su propia receta exitosa, adaptándose al contexto y al “público”. Este es mi análisis sociológico y politológico sobre la construcción histórica de esta receta. En primer lugar, deben impulsar y mostrar públicamente que son formaciones con una misión clara y trascendente, arraigada en la comunidad, competitiva en las elecciones y con impacto mediático. En segundo lugar, reivindicar su misión político-social, sin complejos y sin dudas, con las mismas armas mediáticas o tecnológicas que sus adversarios políticos y sociales en la Batalla Cultural. En tercer lugar, construirse como alternativa viable de gobierno, demostrando que pueden ganar o pueden influir, sin deslealtades y sin componendas, manteniendo la coherencia entre el discurso y la acción. En cuarto lugar, arraigarse institucionalmente como misión y no como mero partido, desde las urnas y la legislación, para mantener el poder o regresar a él, evidenciando que no son simple reacción, flor de un día o mera copia de otras formaciones más clásicas. Y en último lugar, no tener dudas ni pausa en impulsar o determinar una transformación democrática del sistema desde dentro, defendiendo y promoviendo públicamente los proyectos contenidos en esta misión político-social.  

Desde la prensa progresista se insinúa constantemente que VOX es el equivalente español a FIDESZ. ¿Qué tienen en común y en qué se diferencian ambos partidos?

Las similitudes entre ambas formaciones son las mismas que las de resto del espectro nacionalista-soberanista europeo: defensa de la identidad nacional, reivindicación de ciertos valores sociales tradicionales, apuesta por el control de las fronteras general, o freno a las injerencias desde Bruselas. Las diferencias nos hablan, fundamentalmente, de temas de coordinación continental (como la búsqueda de integración o consenso entre los grupos ID y ECR en el Parlamento europeo) y asuntos geopolíticos, como se ha manifestado en la crisis de Ucrania: Vox es claramente euroatlántico en política internacional, mientras que Hungría está más cerca de vectores multipolares de negociación fuera y dentro de la UE (especialmente en el vector euroasiático, desde el mundo ruso al mundo chino).

¿Hay alguna similitud entre los liderazgos de Viktor Orbán y de Santiago Abascal?

Veo dos coincidencias, sobre todo. Ambos proceden del clásico centro-derecha, y han evolucionado más o menos hacía posiciones soberanistas, siendo más significativamente visible en el caso de Orbán. Además, sus liderazgos son muy jerárquicos en temas organizativos, con control directo de sus partidos desde el poder central.

Por último, ¿es posible, a medio o largo plazo, una Revolución Conservadora en España o se trata de una quimera?

En la historia todo es posible. Todo dependerá del impacto de Vox en las elecciones mutando el panorama partitocrático actual (cuantitativamente), y en futuros gobiernos que lidere o en los participen transformando mentalidades (cualitativamente). Es decir, la hipotética Revolución Conservadora española sería viable sí: primero, Vox sigue con su crecimiento electoral, convirtiéndose en fuerza dominante o condicionante para poder determinar o influir la “decisión política” última, pasando del discurso a la acción; y segundo, si se conforma con transformar estética o parcialmente elementos del sistema, o por el contrario, apuesta decisiva y democráticamente por cambiar, sin duda y sin pausa, el mismo sistema desde leyes y proyectos decididamente soberanistas. La historia siempre nos da sorpresas.

Sergio Fernández Riquelme: La Revolución Conservadora en Hungría. Letras Inquietas (Abril de 2022)

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