Continuamos con “El Diario de una Bandera” del comandante Franco, que está publicando por capítulos “El Correo de España”. En los capítulos V,VI y VII de hoy, describe la marcha a Xauen.

V - A Xauen

Por un puente romano, algo deteriorado por la acción del tiempo, cruzamos el río Talambó y empezarnos la subida del pendiente camino.

Cuatro días de descanso en Uad-Lau nos permiten levantar definitivamente nuestro campamento y el 30 de abril, formando parte de la columna Castro, avanza la Legión por el valle del Lau a efectuar la soñada unión con Xauen.

El objetivo del primer día es la ocupación de Tagsut, a la salida del desfiladero. La marcha en la primera parte se hace fácil; el camino recorre el extenso llano y al abandonar éste empieza el estrecho desfiladero. Dejamos atrás la posición de Kobba-Darsa, guarnecida por policías. El camino sigue por la derecha del tajo en que aparece cortada la alta montaña, por cuyo fondo corren las aguas del Lau, con bastante caudal en todas las épocas del año.

Las interrupciones en la marcha son constantes; muchos mulos caen, otros se despeñan e impiden la marcha de las siguientes unidades. En algunos lugares del recorrido el valle se ensancha un poco y, entonces, entre los altos y rocosos picos de Beni-Hassan y Beni-Ziat, separados por el río, vemos alegres y pintorescos poblados colgados, como nidos de águila, de la crestería rocosa.

El paso de la columna por unas esponjas de peñascos produce una detención mayor; los mulos de los ingenieros ruedan con sus grandes mazos de estacas y las tablas de los blocaos se encuentran diseminadas por tierra. Se hace preciSO ayudarles a cargar dejando expedito el camino, y los legionarios, con su espíritu de trabajo, van levantando los sufridos mulos caídos en el fondo de las barrancadas. El sol nos castiga con sus ardientes rayos y hace más fatigosa la jornada.

Durante el trayecto, en los lugares previamente señalados se establecen blocaos para puestos de policía y con los ingenieros quedan tropas nuestras encargadas de protegerles y ayudarles en los trabajos; de este modo, vamos dejando perdidas en el monte varias secciones de nuestras compañías.

Un arroyo cristalino que afluye al Lau nos ofrece en la marcha descanso y alivio, los soldados lo cruzan y llenan en él sus cantimploras, consumidas va en la primera parte de la penosa jornada. Después de un breve descanso, sigue la Bandera entre los frondosos bosques y peñascales, que, coronados por nevados y altos picos asemejan este paraje a los rincones de nuestra montaña norteña.

El camino tuerce a la izquierda bajo grandes acantílados y, dejando atrás el Lau, que corre rápido y espumoso cortando la montaña, llegamos a la orilla del Talambó, que, cristalino, salta entre las peñas. La temperatura es tan fresca al pie de estos acantilados y la fatiga de la marcha tanta, que damos a la tropa un prolongado descanso antes de cruzar el río y subir la empinada cuesta de los poblados.

Por un puente romano, algo deteriorado por la acción del tiempo, cruzamos el río Talambó y empezarnos la subida del pendiente camino.

Extensos aduares, con su mezquita de elevada torre, cruzamos al paso. Los chicos rodean curiosos a los soldados, mientras los perros, ariscos, nos ladran enseñando sus afilados colmillos. Unos moros salen a nuestro paso con cántaros de agua con que obsequian a nuestros soldados. Y a la derecha, entre un espeso bosque de olivos, un bonito morabo de tejado rojo guarda los restos del milagroso santón de estos lugares.

Una gran hondonada, salpicada de fuertes olivos, es el lugar del nuevo campamento; próximo a él corre un pequeño arroyo que nos ha de facilitar la aguada; los caballos de nuestros jinetes se agrupan alrededor de los árboles y bajo un olivo mayor el coronel Castro conferencia con los caídes moros.

Cae ya la tarde cuando la Bandera entra en el Campamento, pero las tiendas faltan y el convoy todavía viene muy retrasado. Durante la noche van llegando los mulos. Unos acemileros montados han salido a su encuentro con un oficial consiguiendo reemplazar los mulos despeñados y recoger lo utilizable de su carga.

Los ranchos se toman cerca del amanecer y son las tres y media de la madrugada cuando 1legan a Tagsut las secciones dejadas con los blocaos a retaguardia.

Durante la noche, legionarios e ingenieros establecen otro pequeño blocao en el collado vecino y al amanecer emprende de nuevo su marcha la columna en dirección al Kala.

La operación transcurre sin incidentes. La harca amiga ha coronado durante la noche los altos picos y por ello la resistencia es escasa. Nos detenemos dando vista al extenso poblado del Kala, hasta que, enviados los elementos de fortificación y víveres a la rocosa altura, se sigue la marcha a Xauen. A lo lejos, por la derecha, se ve avanzar la vanguardia de la columna de Dar Akoba; en ella forman los legionarios de las otras dos Banderas a las órdenes de nuestro Teniente Coronel, y con ellos nos cruzamos momentos antes de seguir la marcha.

La jornada, en esta segunda parte, se hace in terminable; el camino recorre la falda del gigantesco monte cruzando verdes prados y pequeños arroyos, en que sacian su sed nuestros soldados. La preciosa huerta de Garuzin es lo primero que se ofrece a nuestra vista; sobre ella, las tiendas de la posición de Muratahar aparecen medio ocultas por los altos parapetos de tierra, y a nuestro pie, y en medio del arbolado, unos pequeños barracones grises señalan la presencia del campamento indígena. Al volver una curva del camino, bajo los gigantescos y cortados picos, las torres de las mezquitas nos revelan la ciudad oculta casi tras los negros paredones de las murallas.

Conforme nos acercamos al campamento se escuchan claramente los tiros de los blocaos del río que el enemigo hostiliza desde las espesas arboledas; los <> retumban en la barrancada y alguna bala armoniosa y alta silba sobre nuestras cabezas.

El campamento queda establecido entre las huertas, próximo a los barracones de los Regulares.

A NUESTRA LLEGADA visitamos la misteriosa ciudad. Tiene la paz de los poblados magrebíes. Calles empinadas y estrechas forman la parte alta del pueblo, donde los olivos asoman entre los pendientes y rojizos tejados; una muralla alta y aspillerada rodea la ciudad dándole parecido con nuestros pintorescos pueblos andaluces y en el centro de la población se alzan los murallones de la Alcazaba, en cuyo torreón principal, cubierto de espesa hiedra, ondean las banderas mora y española.

La parte baja de la población es más interesante. La calle de la Sueca, con sus tiendas como cajones, ofrece a la venta con las telas de la ciudad las chilabas de rica lana, confeccionadas en sus telares primitivos. Las chilabas de Xauen son apreciadas en todo el Norte de Marruecos, en el que tienen gran mercado.

Los babucheros abundan, aunque en más pequeña escala, y sus babuchas forman altas columnas en estos n ichos de las tiendas moras. Al sur de la ciudad, el Barrio de los Molinos constituye uno de sus más bonitos rincones. El río salta entre los peñascos moviendo las ruedas de los molinos y, en medio de los frondosos árboles, corre por los canales descubiertos la cristalina agua de la ciudad.

El agua es el tesoro de este pueblo: debajo de los altos cortados del Magot, brota abundante y cristalina, surte la ciudad, riega la huerta y muere en el Lau después de haber movido los molinos. La Plaza de España, abierta en medio del poblado, es la plazuela fea de un pueblecito español; en ella, los blanqueos fuertes de una mezquita resaltan al lado de los negros murallones de la Alcazaba y, a corta distancia, aparecen dominantes los cortados grises del pedregoso monte, desde donde el conocido "Paco Peña" hostilizaba hasta hace dos días a sus habitantes.

DURANTE LOS DIAS 2 y 3 de mayo se concentran en Xauen las tropas que han de constituir las nuevas columnas. Con nuestro Teniente Coronel llegan las otras Banderas de la Legión y por primera vez nos vemos reunidos todos los legionarios.

El día 3 en los momentos en que nuestro primer jefe revista sus unidades, una orden urgente de salida aleja de nosotros a nuestra segunda Bandera. Debe regresar a su puesto en el Zoco del Arba, donde las agresiones enemigas requieren su presencia. Así, se separan de nosotros en aquel día los legionarios de la Bandera hermana; marchan honrados con la confianza, pero resignados y tristes por perder la expedición, a seguir desempeñando su penosa e ingrata tarea.

La salida a operaciones ha sido señalada para el amanecer del día 4. Una Bandera va con cada columna y a nosotros nos corresponde el puesto en la del heroico general Sanjurjo.

Antes de amanecer nos encontramos formados y un ayudante señala nuestro puesto en el grueso. Nuestra contrariedad es grande. Los soldados cuya moral fue hecha para días duros, se descorazonan con la espera y los oficiales, que han servido en su mayoría en tropas indígenas, se sienten postergados dentro del cajón de la columna.

El objetivo de la operación es la colocación de unos blocaos en la salida de las huertas de Garuzin que eviten las incursiones enemigas hasta los muros de la plaza. Despliegan las vanguardias y, suenan algunos disparos; el fuego se hace más nutrido.

Cuando llegamos al lugar en que ha de colocarse el blocao, una orden llega para las ametralladoras y momentos después escuchamos su tableteo. Una compañía ayudará a los trabajos de fortificación, mientras las otras unidades permanecen sentadas cara al sol.

Al mediodía recibimos orden de que la Bandera vaya a otro puesto de la línea donde se piensa establecer un blocao en un espolón sobre el río y allí nos encaminamos a construir un alto paredón tras el que puedan trabajar los ingenieros. El combate está en aparente calma; cuando los legionarios dejan las armas y cargados con piedras se adelanta al lugar ocupado por las guerrillas de Regulares, un nutrido tiroteo parte de la gaba (monte bajo) del otro lado del río; las balas silban próximas y los legionarios encantados bailan de alegría con sus piedras, (Viva España!(Viva la Legión! , gritan entusiasmados; dos de ellos caen heridos por el plomo enemigo. Se recibe orden, por lo adelantado del día, de suspender el trabajo y retirarnos. Los legionarios se alejan contentos de haberlas oído silbar cerca.

El día 5, y formando parte de la misma columna, sale la primera Bandera a ocupar un puesto análogo al del día anterior. Nos concentramos al abrigo del blocao de Miskrela y con sana envidia vemos trepar hacia el monte las guerrillas moras de los Regulares; de cerca seguimos su marcha; hay poco enemigo y tampoco parece que intervengamos.

El espíritu de trabajo de nuestra tropa hace que nos empleen como ingenieros, y allá van dos secciones a ayudar a la construcción de los blocaos, mientras los demás nos impacientamos con tanto reposo, tumbados sobre las ardientes peñas.

-Mi comandante -dice-, hay enemigo, pero está oculto en la barrancada y como no vamos a hacerle nada, preferimos no tirar.

La compañía efectúa más tarde su retirada sin haber tenido bajas.

La jornada había sido buena. La columna del coronel Castro, descolgando su Mehalla desde los altos picos del Magot, había caído por la espalda sobre la posición de Miskrela, poniendo al enemigo en huida y facilitando nuestro avance; sólo unos moros de esta columna, con la ambición de la razzia+, se adelantaron hasta el vecino poblado de donde no habían de volver.

Las posiciones quedan guarnecidas por los legionarios y es ya de noche cuando llegamos bajo los muros de la ciudad del Monte.

DOS DIAS DE descanso siguieron a estas operaciones; descongestionado Xauen con las posiciones últimamente ocupadas, marchan los Regulares a descansar durante su Pascua y quedan guarneciendo Xauen la primera y tercera Banderas de la Legión.

En estos días efectuamos la colocación de varios blocaos en la orilla del río y lomas de Muratahar. La característica de estas operaciones es el sigilo con que se llevan a cabo, sin llamar la atención del enemigo con la aparición de grandes masas de tropas; y, sin casi hostilidad, se construyen en varias mañanas los distintos blocaos.

EN NUESTRA VIDA de Xauen nos llegan los ecos de España. El país vive apartado de la acción del Protectorado y se mira con indiferencia la actuación y sacrificio del Ejército y de esta oficialidad abnegada que un día y otro paga su tributo de sangre entre los ardientes peñascales.

Cuánta insensibilidad! Así vemos disminuir poco a poco la interior satisfacción de una oficialidad que, en época no lejana, se disputaba los puestos de las unidades de choque.

Llega en estos días nuestra revista profesional con proyectos ideológicos de organización de este Ejército, sobre la base de una oficialidad colonial; esto es, sentencia a los de Africa de no regresar a España, privar al Ejército peninsular de su mejor escuela práctica, y seguridad en la oficialidad de la Península de no venir a Marruecos. La lectura de estos estudios y la peligrosísima decadencia del entusiasmo militar me dictó entonces las siguientes líneas, que, remitidas a nuestra revista profesional, no llegaron a ver la luz, no obstante la buena acogida que tuvieron por parte de su Director, a quien debo por ello gratitud. Fueron escritas en Xauen, el mes de mayo del pasado año, y decían así:

 

EL MERITO EN CAMPAÑA

Constantemente es debatida por los infantes la solución que debe darse a los problemas del Ejército de Africa, y en las páginas de esta Revista se publicaron trabajos encaminados a resolverlos, sin que la buena voluntad de los autores acertase con una solución en armonía con la futura vida de nuestro Protectorado y que no tendiese a destruir su espíritu militar y, como consecuencia, la buena marcha de nuestra acción. Los infantes en Marruecos leyeron nuestra Revista con la pena de que esos escritos no podían satisfacer a los que aquí trabajan y luchan.

*No pretendo yo resolver estos problemas, pues su solución se encuentra en lo ya constituido y en las personas que con prestigios justos y autoridad en el Protectorado encaminan éste a un rápido y definitivo término; mi deseo es sólo presentar a los infantes el peligro que encierra para el Ejército y para la acción militar, el querer solucionar estos problemas a distancia, sin que en la balanza, llamada de la Justicia, se sepan pesar las penalidades y sufrimientos de una campaña ingrata y el gran número de oficiales que gloriosamente mueren por la Patria acrecentando con su comportamiento las glorias de la Infantería (Ellos son los que hacen Patria!

*El problema militar marroquí es, en general, obra de infantes; ellos forman el núcleo principal de este Ejército y con los jinetes, en número proporcionado, nutren las filas de las tropas de primera línea. Infantes son los que en las heladas y tormentosas noches velan el sueño de los campamentos, escalan bajo el fuego las más altas crestas, y luchan y mueren, sin que su sacrificio voluntario obtenga el justo premio al heroísmo.

*En las recientes operaciones, las dolorosas bajas habidas hablan con más elocuencia que lo que estas líneas pueden decir. Allí murieron capitanes y tenientes de los gloriosos Regulares, oficiales entusiastas que llevaban varios años de campaña con estas tropa, a donde les llevó su gran entusiasmo militar y esa esperanza de encontrar un día el justo premio al sacrificio.

* El premio es el punto sobre que giran artículos y proyectos y se habla de oficialidad colonial como si el porvenir de nuestro Protectorado fuese el sostener aquí un numeroso Ejército y en la creencia también de que el oficial que con entusiasmo trabaja y se especializa en la práctica de esta guerra, aceptaría renunciar para siempre a su puesto en el Ejército peninsular.

* La campaña de Africa es la mejor escuela práctica, por no decir la única de nuestro Ejército, y en ella se contrastan valores y méritos positivos, y esta oficialidad de espíritu elevado que en Africa combate ha de ser un día el nervio y el alma del Ejército peninsular, pero para no destruir ese entusiasmo, para no matar ese espíritu que debemos guardar como preciada joya, es preciso, indispensable, que se otorgue el justo premio al mérito en campaña; de otro modo se destruirá para siempre ese estímulo de los entusiasmos, que morirían abogados por el peso de un escalafón en la perezosa vida de las guarniciones.

* Para nuestra acción africana, a nadie puede ocultarse que, de persistir esas ideas, se acabará el espíritu de nuestras tropas de choque, que si antes tenían numerosos aspirantes a figurar en sus cuadros, hoy se encuentran sin poder cubrir sus bajas de sangre, pues el horizonte que ve el infante es sólo esa gloriosa muerte que poco a poco va alcanzando a los que aquí persisten.

* Midan, pues, los infantes sus pasos, vuelvan la vista a estos campos marroquíes, fijen su atención en estos modestos cementerios que cobijan los restos de tantos infantes gloriosos y no se les ocultará la necesidad, para la Infantería, de que su unión en apretado abrazo sirva para que sin regateos injustos se otorgue el justo y anhelado premio al mérito en campaña. (Así habremos hecho Patria!)

 

 

HASTA EL 24 DE junio continúa en Xauen la primera Bandera; los paseos militares se repiten y el servicio de descubierta hacia el río se convierte, por lo extenso y accidentado del terreno, en una constante escuela de combate; y sin una agresión van transcurriendo los días de nuestra estancia en Xauen. Una epidemia de fiebres tifoideas se presenta con caracteres alarmantes; muchos de nuestros soldados han pasado al Hospital; se toman enérgicas medidas sobre el suministro de agua y una activa campaña sanitaria parece disminuir el peligro, pero al salir el día 24 para el Zoco del Arba, nos vamos con el dolor de dejar en Xauen gravemente enfermo a nuestro querido médico Valdecasas, a quien no habíamos de volver a ver.

VI -  Operaciones en Beni-Lait

Cuando llegamos al campamento del Zoco del Arba, reina gran animación; las cantinas Y establecimientos inmediatos a la carretera se ven concurridísimos con la llegada de las columnas, Los Regulares y policías se agrupan junto a los cafetines moros, y los claros y laderas del campamento se ven interceptados por carruajes y cañones de nuestra artillería. Interminable se hace nuestro paso por enmedio de estas tropas, para llegar al pequeño y apartado campamento de la Segunda Bandera, donde se reúne la Legión a las órdenes de nuestro primer Jefe.

El día 25 salimos, a las órdenes del Teniente Coronel, formando parte de la columna Sanjurjo, a la ocupación de Ait-el-Gaba. Seguimos con el puesto en el grueso de la columna; nuestra esperanza de al ternar en las vanguardias se va viendo defraudada y los oficiales marchan tristes y pensativos. Hemos educado a nuestros soldados para ir en los puestos más peligrosos y para ello también se reunió bajo estas banderas una oficialidad entusiasta y decidida. Los soldados parecen participar de nuestra contrariedad y silenciosos ascienden por las laderas de Beni-Lait, hasta entonces refugio de los tiradores enemigos.

Durante la marcha, y cuando llegamos a una cumbre, nos asomamos a un collado; la presencia de unos altos y bien colocados montones de piedras llama nuestra atención; un soldado de Regulares, rezagado en la marcha, se acerca a colocar una piedra sobre uno de ellos. La curiosidad me hace preguntarle. Son los montones que forman los peregrinos de Muley Abd es-selam, cada vez que en su camino distinguen el santuario sagrado. Este día aumentan de tamaño: todos los Regulares han colocado su piedra.

Durante la primera parte de la operación seguimos formados en nuestro puesto, La caballería ha coronado las alturas y con poca resistencia llegamos a la posición, Los aeroplanos vuelan sobre nuestras cabezas bombardeando y una de sus bombas cae a pocos metros de nuestras secciones sin hacerle daño. El enemigo es poco numeroso y sólo la policía en el poblado y los Regulares delante de la posición sostienen él combate. En enervante espera, pasamos la mañana.

Al mediodía nos destacan en ayuda de la otra columna; cuando llegamos, el auxilio no es necesario, y al regresar aquella noche al campamento, escuchamos la copla que la ironía hace cantar a los soldados:

¿Quiénes son esos soldados

de tan bonitos sombreros?

El Tercio de Legionarios

que llena sacos terreros...

-Esto es demasiado; para esto no hemos ve nido por segunda vez a Marruecos -dice un oficial. Nadie está satisfecho; en el semblante de nuestro Jefe se nota también gran contrariedad; aconseja templanza; ya llegará el día; pero interiormente todos nos descorazonamos ) Qué será de nuestro Credo?

El espíritu del legionario no por esto decae; los soldados siguen, con su espíritu de trabajo y sacrificio, llenando pacientes lo innumerables sacos terreros.

EL DIA 27, después de un día intermedio de descanso, sale la Legión con la columna a la operación de Salah. Nuestro puesto no varía, conforme pasan los días nuestra contrariedad es mayor, y en nuestras conversaciones respetuosamente rogamos al General un puesto de honor, ir algún día en la vanguardia.

Aquella tarde, y para la colocación de un blocao, el General me concede un puesto más avanzado; pero para ir allí tengo que prometer no tener bajas. Con esa promesa, me separo de mi Teniente Coronel y, haciendo milagros, cruzamos la zona enfilada y nos unimos a los Regulares; el enemigo es poco y nuestro apoyo no es preciso, pero nos dispararon unos tiros y nos silbaron unas balas.

EN LA OPERACION de Muñoz Crespo, llevada a cabo el día 29, parece variar la suerte de la Legión. Marchamos en nuestro puesto de la columna, cuando una reacción de las gentes del Sucan nos obliga a intervenir en el combate y, mientras en las alturas de la izquierda la segunda compañía tiene a raya al enemigo, avanza la primera en el frente rechazando a los harqueños, y consiguiendo retirar los policías caídos en la ladera. Varios soldados caen heridos, con el heroico capitán de la primera compañía don Pablo Arredondo. Los balazos que, atravesando sus piernas, parecen no tener gravedad, le retienen al año sin curarse; no quiere retirarse, pero sus piernas no le tienen en pie y casi a la fuerza se echa en la camilla. El fuego sigue intenso durante todo el día y la Legión va alcanzando su nombre. En Buharratz, aquella misma tarde, escribe la tercera Bandera una de las páginas gloriosas de la Legión.

Es ya de noche cuando nos retiramos. A nuestro paso tropezamos varias camillas; una de ellas descansa en tierra, y en ella vemos al joven teniente García y García de la Torre, del grupo de Regulares. Este pobre chico, herido en el vientre, se ha caído dos veces de la artola, matándose el mulo que lo conducía, y le llevan ahora en la camilla dos moros pequeños y poco resistentes que se cansan de su pesada carga. Nos paramos a su lado; el teniente coronel González Tablas, allí presente, le dirige palabras de consuelo:

-No es nada, adelante; dentro de un mes está usted paseando con el Αguayabo

-Yo no veré más al guayabo+; el mulo me ha tirado dos veces; mi herida es mortal, pero no importa -dice el muchacho con su sonrisa triste.

Le animamos un poco y encargamos de su conducción a cuatro legionarios fuertes; un sargento con otros ocho escoltan al herido, y en las sombras de la noche vemos perderse la camilla con la preciosa carga. Hacia el fondo del valle las hogueras de los poblados en llamas alumbran nuestro camino y bajando la interminable cuesta, al recordar al héroe que marcha en la camilla, pensamos en el dolor del Αguayabo que le espera.

VII - En territorio de Larache

El día primero de julio, después de dos días de descanso, sale para el Fondak la primera Bandera; allí se reúne con la tercera Y el día 2 siguen juntas la marcha al Zoco del Telata en donde se concentra la columna que ha de efectuar las próximas operaciones.

A las doce de la mañana del día 5, bajo el ardiente sol, salimos a pernoctar en Kudia Umeras; el calor es sofocante y la menor chispa produce grandes incendios en los campos dorados. El campamento se establece al pie de la Posición después de haber talado los numerosos cardos; la brisa de la noche parece querer compensarnos del sofocante día.

EN LA OPERACION del día 6 la resistencia enemiga no es grande; a la Legión le corresponde, con los Regulares de Tetuán, un puesto en el flanco derecho, y al amanecer avanzamos hasta la loma del arbolito, relevando a los Regulares de las distintas posiciones ocupadas en el flanco y sosteniendo durante el día fuego con el enemigo, que nos hace tres heridos.

En el frente, la columna principal mantiene combate más duro y a lo lejos vemos cargar a los escuadrones por las laderas de la loma del Trébol. En nuestro frente se establece un blocao que queda guarnecido por los legionarios.

Durante la mañana se observa, desde nuestros puestos, una incursión de los moros de los poblados amigos por el frente de la derecha, que alejan al enemigo e incendian sus poblados; momentos después, densas columnas de humo se elevan de los aduares en llamas y hacemos la retirada a Umeras y Tasarutan sin ser hostilizados.

En este último campamento hemos de sufrir durante cuatro días un calor sofocante; los soldados se pasan el día metidos en el río o tumbados a la sombra de los grandes olivos; un fuego repentino y violento pone al campamento en peligro de ser quemado; una ola de fuego avanza sobre nuestras tiendas y es necesaria toda la actividad de los legionarios para, armados de ramaje, atajar el incendio y desviar el fuego; sólo unas tiendas se han perdido. Este día trasladamos nuestro campamento a la zona quemada.

EN ROKBA Gosal, pernoctamos el día 10. En la hondonada anterior a la posición se establece un enorme campamento; en el centro, el ganado de las unidades se encuentra formando grandes círculos. Las tiendas cónicas, alineadas en cuadro, señalan la situación de las fuerzas peninsulares, y los Regulares y Legión, con sus pequeñas tiendas kaki, se pierden en medio del terreno sembrado. En un verde, al fondo de la hondonada, entre los almiares de paja, se ven salir, cargados como pequeñas hormigas, una porción de puntos negros; son los soldados de la columna que preparan sus camas.

En la tarde de este día el General reúne a los Jefes y desde la posición explica la finalidad de la operación y misión en ella de las distintas unidades; enfocamos nuestros gemelos a las lejanas colinas, que se pierden en las brumas de la tarde, y enterados de nuestra misión, descendemos al campamento, que, con sus luces, nos parece un pequeño pueblo.

Cuando salimos, al amanecer del día 11, nos cruzamos con la columna del coronel Serrano, que, con la caballería, ha de cubrir nuestro flanco izquierdo y construir en él unos blocaos. El puesto que ocupamos en la columna tampoco es para nosotros satisfactorio, pero la experiencia nos dice que si hay mucho enemigo habrá tiros para todos.

Salimos como sostén de los Regulares y les seguimos tan de cerca que nuestra gente, entusiasmada, desea intervenir. Unos disparos nos ocasionan varias bajas; el enemigo se ha declarado en huida y la columna efectúa sus saltos con gran rapidez. En una de las últimas lomas el enemigo resiste atrincherado; nuestra artillería de montaña coloca allí sus proyectiles sin conseguir ahuyentar al enemigo, pero está cerca la infantería de los Regulares que lo desaloja, poniendo fin a la resistencia.

En los barracones se recogen al paso varios cadáveres; dos legionarios sacan de entre unas matas un moro, ya anciano, herido; sus barbas blancas, como las de un apóstol, inspiran compasión; se le cura y retira en una camilla, y muere en el traslado. El avance sigue y nuestras tropas van a intervenir en la acción; la Bandera despliega sobre Bab Es-Sor y mantiene fuego con el enemigo que hostiliza desde las barrancadas y peñascos próximos.

En el collado queda establecida nuestra guerrilla mientras se llevan a cabo las obras de fortificación. En el barranco, unos legionarios han encontrado en el hueco de un árbol una mora del enemigo. La traen a nuestra presencia y nos encontramos con una mujer tuerta y fea que desmiente al bello sexo; (que se la lleven al General!, dice nuestro Teniente Coronel volviendo rápido la cabeza, (vaya una aparición para un combate! A las tres se emprende la retirada, quedando una de nuestras compañías en la importante altura, desde la que se ven, a lo lejos, como una pequeña mancha blanca, las casas del poblado de Tazarut.

Al regresar al campamento lo encontramos invadido de ovejas; durante la operación, un ganado ha llegado al pie del campamento; los rancheros y enfermos se lo han repartido, y a la vuelta de la jornada, al bullicio de los soldados se unen los balidos de los innumerables borregos.

LOS DIAS SIGUIENTES, hasta el 15, en que se concentra de nuevo la columna, son empleados en aprovisionar las posiciones y arreglar los pasos para las baterías, y aquel día, por la tarde, atravesando el llano entre los espigados trigales, vamos a pernoctar a Bab Es-Sor para emprender la marcha al día siguiente sobre el Zoco el Jemis.

Al amanecer hemos ocupado nuestro puesto en la columna y, después de una gran espera, en que las baterías preparan el avance de las tropas de Larache, nos adelantamos sin resistencia siguiendo el curso del río.

En el camino atravesamos un aduar entre un precioso bosque. Es el poblado de los locos y de los gatos. En la puerta de las casas se encuentran algunos moros; unos nos dirigen miradas recelosas y otros ríen a nuestro paso con risas de idiotas; varios gatos duermen indolentes, tendidos en la puerta, y todos permanecen pacíficos bajo los frondosos olivos. (Viven de la caridad y los indígenas les miran con cierto respeto religioso! Nadie se mete con ellos; por eso permanecen tranquilos a nuestro paso y neutrales en la contienda. Varios moros, especies de frailes, les rigen y este día, al paso de la columna, recogen muchas monedas. En la guerra se practica también la caridad. El avance por el llano se hace tranquilo, y sólo en la vanguardia se oyen los tiros de los montañeses.

La columna hace alto al acercarse a las lomas que rematan por la derecha el llano y entonces vemos uno de los movimientos más bonitos de la caballería; el enemigo resiste en los poblados de nuestro frente y los indígenas de la columna se ven detenidos en el avance; los jinetes caracolean y disparan sus armas sin decidirse a avanzar, y es entonces cuando vemos hacia el fondo unos caballos moros que, en rápido galope, avanzan por el flanco sobre el enemigo. Son los famosos jinetes del grupo de Larache. Sin detenerse, ocupan por la espalda los poblados que los moros defienden, haciéndoles huir por el fondo de las barrancadas.

En toda la tarde no se nos borra el grandioso espectáculo de aquella caballería decidida, que puso la más bonita nota en el avance. Terminada nuestra lenta espera, una orden nos lleva en dirección de las posiciones ocupadas; ascendemos por la empinada cuesta y cruzamos el típico poblado. Todo está en desorden. Los libros árabes aparecen tirados y deshojados por la ladera; en los patios se encuentran molinos de mano construidos con grandes piedras, cacharros de barro, lana, granos, esteras sucias, todo lo que constituye el ajuar de estos modestos aduares.

Una estrecha senda nos lleva a la loma de las guerrillas, donde hemos de ocupar un puesto en el combate, pero el enemigo es poco y sólo sostenemos ligero tiroteo

Regresamos a Bab Es-Sor ya entrada la noche, y al amanecer del día siguiente salimos a efectuar una rectificación de posiciones y colocar unos blocaos de enlace; el enemigo no nos hostiliza y a media tarde emprendemos la retirada a nuestro campamento de Rokba Gozal en que pernoctamos.

Durante el descanso del siguiente día nuestras conversaciones giran sobre el mismo tema... )Iremos a Tazarut? Creemos que sí. Los últimos avances han dado su fruto, se han efectuado muchas sumisiones y la situación política mejora notablemente. Esta noche ha de llegar el General en Jefe y nos acostamos con la esperanza de entrar pronto en las casitas blancas que vimos a lo lejos.

Continuará

Por la transcripción: Julio MERINO