Con una biografía difícil de resumir, prolífico, inclasificable e injustamente olvidado escritor, Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1988 - Buenos Aires, 1963) fue, entre otras cosas, introductor de las vanguardias artísticas en España. De familia acomodada, sólida cultura, licenciado en Derecho sin ejercerlo, sobrino de literatos como Corpus Barga por parte de padre y Carolina Coronado por madre, con 15 años viajó solo a París, con 17 publicó una buena colección de relatos y con 20 colaboró fugazmente en un periódico anarquista.

Francisco Umbral afirmó en 1978 que Ramón fue un “escritor sin género”, acaso tal vez fue un género en sí mismo. Porque, originalísimo y excéntrico por encima de todo, Ramón creó esa breve suma de ingenio, metáfora y humor que denominó greguería, escribió novelas sorprendentes, espléndidas biografías, cientos de relatos, una fracasada obra de teatro y más de mil brillantes artículos en periódicos y revistas españolas y de ultramar.   

Tras Entrando en fuego (1905), Ramón Gómez de la Serna escribió en 1908 su segundo libro (Morbideces) y pasó a dirigir Prometeo, “Revista Social y literaria” fundada y financiada por su padre hasta 1912. En ella tradujo –el mismo año de su alumbramiento– “Le Manifeste du Futurisme” que el poeta Filippo Marinetti (1876-1944) publicó en febrero de 1909 en Le Figaro: “Queremos cantar el amor al peligro […] El coraje, la audacia, la rebelión, serán elementos esenciales de nuestra poesía […] El tiempo y el Espacio murieron ayer […] Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias…”. En Prometeo, Ramón expresó también sus propios anhelos de renovación literaria: “Yo lo espero todo de la nueva literatura, porque en principio reniega de todos los sectarismos, hasta de los libertarios cuando se detienen en su insurrección”. (“El concepto de la nueva literatura”, nº 6, Madrid, abril de 1909).

En la misma revista Ramón “retrató” a numerosos artistas contemporáneos –como el escultor Mariano Benlliure, el pintor Eduardo Chicharro o el ilustrador Salvador Bartolozzi–; incluyó traducciones de textos de Wilde, Anatole France, Baudelaire, Cocteau, Gorki, D’Annunzio, Bernard Shaw… Y en sus páginas escribieron Juan Ramón Jiménez, Gabriel Miró, Emilio Carrere o Cansinos Assens.

Enemigo de jerarquías y academias, bon vivant, siempre trajeado, con corbata o pajarita, cosmopolita y precozmente emparejado con Carmen de Burgos, escritora veinte años mayor que él, viajó por Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza, Portugal, e Italia, llegando a tener casa estable sucesivamente en Nápoles y en Coimbra.

En 1909, siendo secretario de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, pronunció una conferencia con el título antes mencionado publicado en Prometeo, “El concepto de la nueva literatura”, en la que, refiriéndose a la moda imperante, afirmó: “No hay en esa literatura ni un apasionamiento, ni una blasfemia, ni un equívoco, ni una impertinencia, ni un desmán […] Toda ella está hecha con un reposo ético, lógico, canónico, insoportable [...] Hay que disponerse a ser monstruos y victimarios, hay que predisponerse a todos los dicterios para ir más allá de la debilidad moral de las muchedumbres […]” Sin duda, la pulsión iconoclasta de las vanguardias tuvo gran eco entre muchos intelectuales, que no ocultaban aquel desdén burgués por la masa, empleando a menudo, como Zola, el término “muchedumbre” para distanciarse de la plebe.

En 1910 escribió el ensayo Sur del renacimiento escultórico español a propósito de la Exposición de Pintura y Escultura en el Palacio de Cristal del Retiro. Y el mismo año visitó en París la “Exposición de los Independientes”, quedando deslumbrado con el cubismo: “Desde entonces entré en el caos febriciente de la pintura moderna”. Ramón abrazó las vanguardias como una actitud rebelde ante el arte y la vida, diciendo de Apollinaire (1880-1918) que fue “el poeta que menos murió al morir”. En 1914 escribió la que es considerada la primera novela de la vanguardia española (El doctor inverosímil). Y si en el mismo 1914 creó una tertulia en el café Pombo en la calle de las Carretas, junto a la Puerta del Sol, al año siguiente organizó la “Exposición de Pintores Íntegros”, en la que participaron María Blanchard, “la gran dama del cubismo”, el mejicano Diego Rivera (que le retrató en un cuadro cubista), o el caricaturista Luis Bagaría. “Yo creo en el Café sobre todas las cosas […] El Café es el Consejo de Estado de los hombres que nadie va a consultar y que dirían la palabra definitiva sobre cada asunto […] En el Café descabezamos muy a gusto un poco del sueño de la vida […] Fundo la Sagrada Cripta de Pombo como lugar recóndito en que reunirme con los escritores nacientes en que repartir mi fe en el futuro […]”, escribió. Por aquella tertulia sabatina de Pombo pasaron Ortega, Buñuel, Picasso, Cansinos-Assens, Azorín, Bergamín, Tomás Borrás, Bacarisse, el novelista Waldo Frank o el escritor y pintor José Gutiérrez Solana, autor de La tertulia del Café de Pombo, hoy en el Museo Nacional Reina Sofía. 

Ramón colaboró en las revistas literarias ultraístas Grecia (1918-1920) y Tableros (1921-1922), ambas dirigidas por Isaac del Vando Villar, escaparate de algunas greguerías, su más reconocible aportación a las vanguardias. Por citar algunos ejemplos: “La T es el martillo del abecedario […] La muerte es hereditaria […] Las lágrimas desinfectan el dolor […] La q es la p que vuelve de paseo […] La b es un caracol subiendo una pared”. Como él mismo expresó: “[…] la Greguería resarce, consuela, es un refrigerio inesperado [...]”

Pero Gómez de la Serna abordó también la arquitectura de vanguardia en La casa triangular (1925), reivindicando siempre las manifestaciones novedosas en las artes. De las vanguardias exclamaría exaltado en 1930: “Yo la verdad, moriré admirando esa palabra. ¡Viva la vanguardia! ¡Viva el vanguardismo!”. Y en 1931: “Siempre para mí las academias no tienen nada que ver con el arte y siguen siendo los mismos recintos tétricos, llenos de jefes de negociado de la lengua […]”

En 1931, en Buenos Aires, publicó Ismos, su obra capital sobre el arte, donde, en 25 capítulos, pasó revista a la cultura de la época, desde el Apollinerismo hasta el Serafismo, pasando por el Picassismo, el Futurismo, el Negrismo, el Humorismo, el Botellismo, el Dadaismo, el Charlotismo o el Riverismo. En Ismos leemos: “A través de todo este libro se verá mi interminable posición de rebeldía, pero rebeldía con un fondo dramático y emocionado […] Las revoluciones políticas pueden detenerse, duermen a veces, se eclipsan; pero la revolución del arte es permanente […] Lo nuevo, en su pureza inicial, en su sorpresa de rasgadura del cielo y del tiempo, es para mí esencia de la vida […] Lo nuevo son distancias que se recorren. No hay otra forma ni concepto de la distancia en Arte que el innovar […]”

Ramón viajó a Argentina en cuatro ocasiones. En 1930, como conferenciante y colaborador del diario La Nación, casándose entonces en Buenos Aires con la escritora  Luisa Sofóvich, su compañera el resto de su vida. Regresaron a Madrid en 1932 y en 1933 volvieron a la ciudad del río de la Plata. La penúltima fue en 1936 al estallar la guerra civil. En julio había sido uno de los firmantes del “Manifiesto de la Alianza de escritores antifascistas en defensa de la cultura” promovido por José Bergamín, pero  Ramón fue muy crítico con los políticos de la República y, a pesar de sus esfuerzos en pro de la concordia (“Procuro precipitar todas las conversaciones en el nivelador humorismo y combato los fanatismos del energúmeno […] No quería que Pombo fuera otra cosa  que lo que se pretendió: que convivan el él todas las tendencias”) sabía que tenía enemigos a diestra y a siniestra. Temió por su seguridad, cerró la tertulia de Pombo y partió con Luisa hacia Marsella, antes de ir en tren a Burdeos donde se embarcaron rumbo a Argentina. (“En Buenos Aires me puse a vivir de nuevo como si me fuese a ir nunca”). Allí pasó graves estrecheces económicas y hubo de resistir las presiones que pretendieron ejercer vanamente los españoles exiliados para que se manifestara a favor de la República. Al exilio geográfico y económico se sumó el padecido entre compatriotas.

En 1949 fue su último viaje a España y apenas duró un mes. Llegó con Luisa a Madrid invitado por el Ateneo y el Ayuntamiento, siendo recibido por Franco en El Pardo, una recepción que la intelectualidad nunca le perdonó. Entonces supo que Madrid ya no era “su” Madrid y que no sólo había perdido su biblioteca y demás puntos de referencia; supo que también había perdido su sitio. Desde Bilbao retornó con Luisa a Buenos Aires.

Ramón Gómez de la Serna fue honesto y coherente. No capitalizó su talento ni sus ideas, como lo prueban las penurias económicas que tuvo en sus últimos años. Su visión del mundo y el Arte cambió con el tiempo, viendo cómo el impulso inicial de imaginación, ansia de libertad y esperanza en la Humanidad mutaba en un sinsentido vacuo, irracional, absurdo y en muchas ocasiones, ridículo.

En Automoribundia, su espléndida autobiografía publicada en Argentina en 1948, vemos la evolución de un hombre que a sus sesenta años escribe: “Mi resumen es que no he visto más que cometer injusticias […] La literatura no es sólo la obra hecha, sino la independencia y la dignidad en que se vivió mientras se hacía […] Hay que tener esperanza, que es lo que tira de la vida hacia el porvenir […] La escritura es una petulancia contra la muerte […] Religión y patria son las dos esencias supremas de la vida […] Ya soy inmortal. ¿Y ahora, qué?”