Aquí se pueden descargar la quinta entrega para imprimirla:

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La casa de los Churruca luce sus mejores galas. Los salones aparecen ornados con bellas flores blancas; las mesas del comedor ostentan, con los ricos candelabros de plata, las porcelanas y cristales de las grandes solemnidades...

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Los esponsales de Isabelita con Luis Echeverría, el compañero de Academia de su hermano, son el motivo de la fiesta. Con los novios, regresan de la Iglesia los invitados. Isabel apoya su brazo sobre el del padrino, el tío del novio; José, de Capitán de Regulares, da el suyo a Marisol, la mejor amiga de su hermana, luciendo, sobre su pecho, las cruces ganadas en la campaña; Pedro, con su impecable chaquet, hace su aparición entre dos bellas muchachas. Hasta Jaimito, de Guardia Marina, vencida su timidez, conduce del brazo a otra de las amigas.

El Almirante Pardo y otro grupo de íntimos componen el resto de los invitados. La novia, acosada por las muchachas, les reparte capullos de su azahar. Para cada una tiene Isabel una frase amable.

ISABEL. -Para ti, Marisol, lo mejor de mi azahar. (Besándose.) Te deseo tantas cosas...

JOSÉ. -¿Qué la deseas?

ISABEL. -Que te lo cuente ella. (Y se dirige a complacer a otra amiga.) JOSÉ. -¿Qué te desea?, Marisol.

MARISOL (Azorada.). -Nada; bromas de Isabel.

JOSÉ. -¿Esas tenemos?

MARISOL (Confusa y apurada.).-No, José (Con dulzura.), no pienses nada.

JOSÉ.-No sería extraño. ¡Eres tan bonita!, Marisol. (Marisol, azorada, baja la cabeza.) Su madre y el tío han pasado al gabinete contiguo, donde el señor luce su carácter.

LA MADRE. -¡Qué hermosa juventud! ¡Todo son ilusiones!¡Cómo se disputan el azahar!

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EL TÍO. -Como si eso diese la felicidad. Yo ya me he preocupado, y he asignado al chico 12.000 pesetas de renta. Con su paga no tendría para pitillos. (Dice displicente.) Esto es lo interesante.

LA MADRE. -Es cierto que el dinero, en ocasiones, alivia alguna clase de penas; mas la felicidad reside en otras cosas. Los militares no suelen disponer de posición, pero tienen otras satisfacciones íntimas (El tío la mira con extrañeza.): las que produce el cumplimiento del Deber y el Servicio de la Patria.

EL TÍO. -Eso son frases bonitas, señora, con que se disculpa la holgazanería. El que no crea y multiplica... sirve para poco; para acrecentarnos las cargas...

LA MADRE. -Vive usted en otro mundo, muy lejos de ellos...; de nosotros... Le han tocado tiempos burgueses. Si algún día la Patria peligrase, peligraría todo; lo suyo, también. Tal vez entonces no pensase lo mismo... (Cambiando de conversación.) Nos esperan. ¿Quiere usted que pasemos al comedor? 

EL TÍO. -Sí, con mucho gusto. (Se dirige al grupo de los novios y dice:) Sobrino, estarás contento. Guapa chica te llevas. (Isabel besa a su madre y le dice en un aparte:) ISABEL. -¿Verdad que el tío es simpático?

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LA MADRE (Con bondad.). -Sí, hija mía, muy simpático. Terminada la comida, huidos ya los novios, despedidos los invitados, se quedan solos, en el salón, la madre y los hijos. JOSÉ (Se dirige a su madre.). -¿Estás contenta? Isabel parece muy feliz.

LA MADRE. -Sí lo parece; pero hay que pedir a Dios que Luis no salga a su tío... ¡Qué distintos somos!...

PEDRO. -Sí, pero tiene mucho dinero; lo que a nosotros nos falta.

LA MADRE. -No, Pedro, siempre nos ha sobrado de todo; Dios nos ha dado con holgura más de lo necesario; no debes hablar así. 

PEDRO. -Sí; todo tiene un valor relativo...; precisamente quería hablarte, pues deseaba anunciarte, ahora que Isabel se casó, mi deseo de recibir la legítima de papá.

JOSÉ (Con indignación.). -¡Pedro! ... Cuanto tenemos es de nuestra madre; otra cosa sería villanía.

PEDRO. -Yo bien quisiera no pedírtelo; pero necesito establecerme a tono con mis aspiraciones. Esto me dará facilidad para triunfar; mi carrera política, mi futura acta de diputado... Se trata de labrar mi porvenir; de otra forma, no te hubiera dicho nada.

LA MADRE. -No, José, no extremes las cosas: yo ya pensaba, al casarse Isabel, hacer la partición de vuestros bienes. Mientras ella estuvo soltera necesitaba sostener otro rango; hoy, que todos habéis volado y Jaimito está acabando su carrera, poco necesito. Así que hablaré con el notario y, dentro de unos días, tendrás tu legítima.

PEDRO (Petulante.). -Tiene razón mamá.

JOSÉ. -¿Razón o bondad? 

JAIMITO (Cogiendo del brazo a José, en voz baja.). -¡Qué vergüenza!...

LA MADRE. -Las dos cosas, José, que la razón es nuestro derecho y la bondad nuestro Deber.

PEDRO (Cambiando de conversación.). - ¿Qué tal le va a nuestro Almirante por sus barcos?

JAIME. -Bien. No me disgusta la soledad del mar.

PEDRO. -Lo dices con poco entusiasmo.

JAIME.- Te equivocas; incluso disfruto con los temporales, que muestran tan clara nuestra insignificancia. Cuando todos se sienten tan pequeños siento una alegría extraña. No era la mar, es verdad, lo que me atraía; pero si he de vivir en el mundo, me alegra más la mar.

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JOSÉ. -Todo eso despreció Pedro. A él le debes el honor de ser marino.

PEDRO. -Efectivamente, no me inspiró el mar. Además, hacen falta otras virtudes de que carezco; después de papá y del bisabuelo no se puede ser Churruca y marino (Con descaro.): ¡obliga demasiado!

LA MADRE. -Fue el deseo de tu padre y la tradición de la familia. El mayor dolor es para mí, que a la mar di tanto. Hemos cumplido nuestro Deber; mas si algún día, Jaime, la mar te pareciese pesada carga confirmándose lo que mi instinto de madre adivina, no lo dudes, estás dispensado; habríamos hecho lo posible por cumplir su voluntad. Él no os querría marinos sin afición. (Jaimito se levanta, abraza y besa a su madre.)

JAIMITO. -Gracias, madre. Estoy contento. A partir de la boda de Isabel, la relación de Pedro con sus hermanos se enfría sin cesar. La madre comprende que su hogar se desmorona y, por primera vez, se siente fatigada; sin embargo, comprende que es el último lazo que los une y se esfuerza, en lo que puede, por reforzarlo. La proclamación de la República llenó su ánimo de zozobra. Su instinto le avisaba de los peligros que sobre Pedro se cernían. Su nombre no tardó en aparecer entre los candidatos republicanos... Isabel no vivió desde entonces. La iglesia era su único refugio. Su hijo apenas aparecía por su casa. Un suceso inesperado vino a llenar de pesadumbre a los hermanos: En un domingo de mayo, cuando, terminadas sus oraciones de la mañana, se disponía Isabel a abandonar el templo, una turba de mozalbetes irrumpió alborozada en la iglesia con el propósito de incendiarla. Sin respeto a la santidad del lugar, ni al Santísimo Sacramento expuesto, aquellos grupos de desalmados dan comienzo a su acción destructora. Isabel, iluminada por un fuego interior, se cruza en su camino.

ISABEL. -¡Fuera! ¡Fuera todos de la Casa de Dios! Y con su cuerpo intenta inútilmente cortar el paso hacia el Sagrario. Con brutalidad sin freno es golpeada y derribada en tierra, y las llamas de los incendiarios prenden sobre el Sagrado Tabernáculo. 125 Unas piadosas mujeres la auxilian y sacan a la plaza, donde una masa burguesa, contenida por la fuerza pública, contempla indiferente al sacrílego incendio. Isabel se ve de pronto rodeada por los guardias.

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UNA DE LAS SEÑORAS (Con vehemencia.). -¡Esa canalla la ha golpeado por defender a Dios!

UN GUARDIA (Con tono bonachón.). - ¿Para qué se metió en eso?, señora.

ISABEL (Con amargura.). -¿Y ustedes lo permiten? ¡En España se acabó la vergüenza!

EL GUARDIA. -Retírese y no se excite; nosotros obedecemos órdenes; dicen que es la expansión republicana.

Isabel sintió que algo en su corazón se quebraba, mas haciendo un esfuerzo pudo llegar a su casa. Hubiera querido ocultar a sus hijos el triste episodio pero no le fue posible: la admiración de las bondadosas señoras que la acompañaron se encargó de difundirlo. 

A la llegada de José el portero se apresuró a informarle. El hijo, precipitadamente, se dirigió al cuarto de su madre.

JOSÉ. -¡Madre! ¡Madre!

ISABEL. -¡Pasa, hijo! (José irrumpe y abraza a su madre.)

JOSÉ. -¡Madre!

ISABEL. -Hijo; mi buen hijo. No ha sido nada; un sofoco. La rabia que me ahogaba. Esas buenas señoras han alborotado a todos.

JOSÉ. -¿Te ha visto el doctor?

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ISABEL. -¿Para qué? No ves que no es nada.

JOSÉ. -Sin embargo, voy a avisarle. Sale José y llama por teléfono al doctor Gómez, un buen amigo de la familia. Cuando Isabelita y Luis llegan a almorzar, como todos los domingos, José les sale al encuentro.

JOSÉ. -Hola. Tenemos a mamá ligeramente indispuesta.

ISABELITA. (Con intranquilidad.). ¿Qué tiene? 

JOSÉ. –La sorprendió en la iglesia la quema. Un ahogo ligero. Ya está bien. Pasa. (Entran juntos en el cuarto de la madre.)

ISABELITA. -¡Mamá! ¿Tú mala?

ISABEL. -No es nada, nena. Los años, que no pasan en balde. La doncella anuncia la presencia del doctor. Pasa éste al aposento. La simpatía de su figura y la bondad de su carácter le han granjeado el afecto de todos.

JOSÉ (Saliendo a su encuentro.). -¡Don Mariano!...

DOCTOR. -¿Qué es?, José.

JOSÉ. -Se trata de mi madre.; quiso oponerse a las turbas de incendiarios y la derribaron en tierra; sin duda también la golpearon...

DOCTOR. -¡Canallas!

JOSÉ. -La impresión, tal vez. Ella habla de un ahogo.

DOCTOR. -Veremos, primero, ese corazón. La examina con calma, sin que su semblante traduzca su impresión.

DOCTOR. -Un poco cansado. (Dice bondadoso.) Tranquilidad, reposo, evitar las impresiones fuertes...

ISABEL. -Pide usted una quimera. Los patriotas que se olviden de España y los católicos que no sientan a Dios...

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DOCTOR. -Cuando se está en la reserva, mi querida señora, no se combate; eso queda para nosotros, a quienes corresponde por sexo y por edad.

ISABEL. -¡Qué pocos son!... JOSÉ. -Es verdad; es una vergüenza que consintamos esto: que una mujer les dé lección a todos.

EL DOCTOR. -Se ha revuelto la ciénaga y a subido el fondo hasta la superficie. La suerte de iglesias y conventos se había resuelto ayer en las logias. Y anoche sacrificó el Gobierno su responsabilidad de gobernante. Marionetas de la masonería, a ella, tan sólo, obedecen. Mi profesión me presenta ocasiones para informarme. Cuando anoche asistía a una de mis enfermas, su esposo, un masón disidente, se apartó de su lado para intentar evitarlo. Llegó una hora después, vencido y desolado: ¡Un templo no vale la vida de un republicano!... Así le replicaron.

ISABELITA. -¡Qué horror!

JOSÉ. -¡Qué asco! Al salir, el doctor pasa con José y Luis al salón, mientras Isabelita se queda acompañando a su madre.

JOSÉ. -¿Cómo la encuentra?...

DOCTOR. -¡Muy fatigada!...

JOSÉ. -¿El corazón?...

DOCTOR. -Sí, destrozado; hemos de luchar.

JOSÉ. -¿Hay cuidado?

DOCTOR. -Por hoy, no; pero ha sufrido mucho; hay que evitar que Pedro... Esto podría matarla.

JOSÉ (Con vehemencia.). -Yo se lo impediré.

LUIS. -¿No sería mejor, José, que fuese el doctor el que le hablara? Él debe venir hoy. Voy a llamarle. No tarda mucho en llegar Pedro. Luis le acompaña hasta la sala. 

JOSÉ (Mirándole fijamente.). -Te hemos llamado porque es necesario que escuches al doctor. Se trata de mamá.

PEDRO. -¿Qué tiene? Estaba tan buena.

EL DOCTOR. -El corazón destrozado.

PEDRO (Palideciendo.). -¿Cómo?

JOSÉ (Vehemente.). -Sí; los disgustos y la vergüenza.

EL DOCTOR.- Calle, José. Su madre tiene una lesión grave; con paz y tranquilidad puede vivir; pero un disgusto, una emoción intensa, pueden matarla. Los sucesos de hoy le han producido una fuerte crisis; no debe repetirse. Usted puede mucho, Pedro, y es mi deber el anunciárselo.

PEDRO.- Yo, ¿cómo?

EL DOCTOR (Dudando.). -Su vida pública...

PEDRO. -¿Mi vida pública? No tiene usted derecho...

EL DOCTOR. -Yo, no; ella, sí... Piénselo, piénselo...  Los años de República no constituían el clima más favorable para el restablecimiento de Isabel y, una tarde de otoño, Dios le concedió el consuelo, tantas veces pedido, de no ver a su Patria destruida. Su muerte rompió el último lazo que unía a Pedro con sus hermanos, que, desde entonces, encontraron en la casa de Isabel un nuevo y acogedor hogar. José, destinado como profesor en la Academia de Toledo, solía pasar con Isabel y Luis el final de semana, y Jaime, que había abandonado el servicio de la Marina por entregarse a Dios, también gozaba allí los ratos que le dejaba libre su noviciado. Entramos en la primavera del 1936, cuando el Frente Popular, desde el Poder, comienza la desintegración de España. José, en casa de sus hermanos, entretiene la sobremesa jugando en familia con el más pequeño de los sobrinos; el niño, encaramado sobre sus rodillas, ensaya el saludo con el brazo en alto; y sus padres sonríen ante el gracioso porte del pequeño. José sigue animando su lección:

JOSÉ. -¿Qué se dice?, Luisito. (Repite el pequeño la postura y grita con su media lengua:)

LUISITO. -¡Aiba Espana !...

LUIS (Interrumpiéndole.). -No debes enseñarle eso; es una imprudencia; puede acarrearnos disgustos. A ti ya te ha costado alguno. Debieras ser más prudente. Ya ves, ¿de qué te sirve tu brillante carrera militar, tus condecoraciones, tu sangre vertida en campaña, si ya se ha manchado tu hoja de servicios con un arresto?

JOSÉ.-Poca cosa es un arresto, Luis, si se ha cumplido con el deber. Cien veces que me ocurriera, otras cien cerraré con violencia la boca del que ofenda a España. ¡Así está Ella! ¡Qué incómodo encontráis muchos el Deber y cuán fácil el olvidarlo!

LUIS. -Yo sé bien dónde está el deber. (Picado.)

JOSÉ. -No parece que lo sepas. Ves a España ultrajada; observas que se intenta despedazarla, y aún te cabe duda de cuál es el camino del deber. Hay que buscar el camino del Honor y, si no sabemos encontrarlo, hacer lo que más nos mortifique, con la seguridad de que ése es. Así lo busco yo.

LUIS. -Vamos, déjate de sermones. ¿Quieres que vaya a ver a tu hermano, que tiene buenas amistades y puede arreglar lo de tu arresto? (José se levanta como electrizado.)

JOSÉ. -No, ¡jamás! No te autorizo a ello. Sólo el pensarlo me ofende. Tengo derecho a mi arresto como a mi paga; cuando lo cumpla estoy en paz. Un caballero no debe.

ISABEL. -Es verdad. ¿Te acuerdas? Así lo explicaba papá.

JOSÉ. -No se hable más del asunto. Suena el timbre de la puerta. Es una carta para José. Este rasga el sobre y lee:

JOSÉ. -"Mi querido Capitán: Me dan cuenta del Ministerio de la Guerra del arresto de usted motivado por arrogante defensa de España ante los infames que la ultrajaban; sólo una errónea información, en estos tiempos calamitosos, puede justificar esta conducta. Nada tema usted por su brillante hoja de servicios; en ella la nota no será baldón; yo me encargo de redactarla. Su 134 coronel y buen amigo, que le abraza, Moscardó."

JOSÉ.-Lee. Esto es para ti y para mí; para nadie más. Isabel lo lee y se lleva el pañuelo a los ojos. Llega entonces a la casa el hermano pequeño con el hábito de hermano de San Juan de Dios.

JAIME. -Me acaban de informar de tu conducta en la manifestación de ayer. ¡Chico, magnífico!... ¡Perdón! No he debido decir esto; hay una violencia; ¡aunque sea tan grata! Es la comidilla de Madrid. Sobre ello circulan varias versiones, desde el que te considera procesado hasta el que cree te van a fusilar. ¿Qué consecuencias ha tenido el hecho? JOSÉ. -Nada, un pequeño arresto que debo cumplir en Toledo.

JAIME. -¡Qué contrariedad!

JOSÉ. -Ninguna. ¿Qué menor sacrificio puede entrañar un Deber?

JAIME. -¡Cierto! ¿Estás contento?

JOSÉ. -Sí. Mucho.

JAIME. -Y nosotros de ti. Que Dios me perdone si en esto yerro. Yo también estoy muy  contento: me han destinado a Cataluña, a un asilo de niños enfermos que hay en Calafell. ¡Qué hermoso es tener una responsabilidad y un servicio como el mío!...

ISABEL. -Cómo nos alegra tu felicidad. ¡Cuánto hubiera gozado la pobre mamá!

LUIS. -No son estos tiempos los más indicados para alegrarse. En muchos lugares de España los conventos cerrados y la Iglesia perseguida, son anuncio de los dolores de sus miembros. Tal vez hubiera sido prudente esperar...

JAIME. -Prudente, sí; pero no español.

LUIS. -En todo caso, aquí tienes la casa de tus hermanos. No lo olvides.

JAIME. -¡Inmenso error! Es cierto que siempre tendré un amor terreno entre vosotros, una inquietud por los que tanto quiero; pero mi suerte está ya ligada a la de mi Orden, a la de mis Hermanos en Jesús. Soy, como vosotros, un soldado, pero del más esclarecido Capitán, y en el sacrificio por El, en la muerte o en el dolor sufrido en su servicio encuentro el más sublime 136 de los premios. ¿Verdad que me comprendéis? Dejadme la alegría de creerlo.

JOSÉ. -Sí; todos te creemos... Bueno, todos nosotros.

JAIME. -Yo pediré a Dios que este bien alcance a todos; en especial al que más lo necesita.

ISABEL. -¿Pedro?

JAIME. -Pedro, claro es.

JOSÉ. -Cómo siento tener que interrumpir estos momentos tan poco frecuentes; te vemos tan poco... (Dirigiéndose a Jaime.); pero el deber me llama. Tengo orden de reintegrarme a Toledo esta noche y no debo perder el tren. De ti, Isabel, me despido hasta tu regreso.

JAIME. -Pero, ¿también te vas? (Dirigiéndose a Isabel.)

ISABEL.-Sí; salgo el lunes con los niños para Bilbao, donde, dentro de unos días, se nos reunirá Luis, cuando concedan los permisos de verano.

JOSÉ. -Y tú, nuestro querido santo (Dirigiéndose al fraile.), pide por España y por cuantos estamos en su camino para que nos  otorgue también un buen Capitán, que mucho lo necesitamos, ¿verdad, Luis? (Luis asiente con la cabeza.)

JAIME.-Dios lo hará. (Con firmeza serena.) Agradecimiento.

Como transcriptor de la novela “RAZA” de Francisco Franco que “El Correo de España” viene publicando por entregas no tengo más remedio que agradecer a José Manuel Nieto y a Belén Rocío Bernete López la ayuda que me han prestado y me siguen prestando, sin la cual me hubiera resultado imposible. Gracias a ellos.