Sergio Fernández Riquelme acaba de publicar con la editorial Letras Inquietas su tercer libro sobre la Europa del este: El fin de un mundo. En esta ocasión, el profesor de la Universidad de Murcia y director de La Razón Histórica analiza los últimos años del zarismo que desapareció abruptamente dando lugar a la Unión Soviética, cambiando así el rumbo de la historia no solo de Rusia sino de la humanidad.

¿Cuál es el origen del Imperio ruso? ¿Cómo se forma?

Nace como consecuencia, inicialmente, de la gran expansión y profunda centralización del zarato de Moscú bajo el denominado como Iván IV El Terrible; y posteriormente, con la llegada al poder de una dinastía de boyardos, los Románov, que pronto quisieron, a la rusa, equiparar al inmenso estado ruso con las monarquías ilustradas y absolutistas de Europa occidental y central (siguiendo el modelo francés, tan en boga política y culturalmente en esa época).

Al comenzar la Primera Guerra Mundial, Rusia era una potencia política y militar formidable. Sin embargo, algunos la definieron como un gigante con los pies de barro. ¿La Gran Guerra fue el principio del Imperio ruso o simplemente el detonante de unas causas subyacentes desde hacía años?

La participación de Rusia en la Primera Guerra mundial fue la clave esencial del fin del Imperio (que ya se vislumbraba décadas antes pese a los intentos de Alejandro III), azotado por un gran problema que Nicolás II y sus diferentes ministros no pudieron o no supieron afrontar: la modernización económica, política y social postergada durante años en un inmenso y desigual país que la necesitaba de manera urgente. Supuestamente era una gran potencia militar y territorial pero la traumática derrota en la Guerra ruso-japonesa de 1904 y 1905 frente a un pequeño y desconocido país, mostró a la nación y al mundo sus grandes debilidades (infraestructuras, equipamientos, recursos...). La Gran Guerra confirmó esta situación, arruinando definitivamente al país y favoreciendo una crisis socioeconómica tan grande que se llevó por delante al Imperio: básicamente al ser aprovechada por la oposición más moderada, en principio, para acabar con la monarquía y establecer una especie de república democrática, pero que generó tal caos que acabó permitiendo el triunfo de las soluciones más radicales de la minoría bolchevique.

Ayer denostado por los comunistas, hoy canonizado por la Iglesia ortodoxa: ¿quién fue realmente Nicolás II?

Según los testimonios de la época, era un hombre familiar y religioso, poco preparado para gobernar y decidir, y más cercano a la vida nobiliaria y ceremonial que a la gestión política directa. Y los mismos señalan que siempre estuvo el poder real, bajo su reinado, en manos de diferentes grupos que se lo repartieron entre luchas y disputas. Aceptó el trono cuando no pensaba heredarlo, aceptó la abdicación sin grandes quejas y aceptó la muerte cuando era inevitable. Mártir para unos, débil para otros.

¿Cómo lograron los bolcheviques acaudillados por Lenin hacerse con el poder a pesar de constituir una exigua minoría en la política rusa?

Simple y llanamente, siendo los más decididos y los más violentos en un contexto de crisis y división (y con el siempre olvidado y decisivo apoyo alemán). Una minoría bolchevique con ideas muy claras y con métodos totalmente expeditivos, cuando unos negociaban y otros huían. Sin dudas y sin piedad.

Curiosamente, el fin del Imperio fue una etapa realmente prolífica en materia cultural, particularmente en la literatura, la filosofía y la pintura. ¿Grandes tragedias crean grandes genios?

Por supuesto. Durante esta larga crisis terminal, ya marcada con la muerte prematura de Alejandro III, vieron la luz algunos de los mejores literatos (Dostoyevski, Tolstoi, Bunin...), músicos (Borodín, Músorgski, Rimski-Kórsakov, Tchaikosvki...) o pintores universales (Repin, Serov); pero también destacados pensadores, a favor del nacionalismo ruso (de Ilyin a Leontyev) o totalmente en contra (Kropotkin, Bakunin, Nechayev, Gorki...). Una etapa de explosión cultural e ideológica impresionante, que marcó decisivamente el siglo XX, con testigos y exiliados ante el fin del Imperio pero también con protagonistas posteriores en la URSS (como defensores de la “revolución” o como finales disidentes del comunismo). Hijos entre dos mundos, el imperial y el soviético: Kandinski, Nabokov, Bulgákov, Mayakovsky, Solzhenitsyn, Pasternak, Málevich, Shostákovich, Prokófiev...

¿Existen paralelismos entre la radicalizada situación política española y la existente en los últimos años del zarismo?

No son periodos ni contextos equiparables, ya que las diferencias temporales, mentales y materiales son muy notables como para hacer historia comparada. Pero sí hay elementos que pueden ser lección pasada de recurrencias politológicas, sociológicas o antropológicas en etapas de conflicto o crisis transformadora (con sus lógicas salvedades). En España, por ejemplo, hay una minoría comunista o filocomunista que pretende acabar con la monarquía (aunque esta sea democrática y parlamentaria) y cambiar político-socialmente el sistema (el “régimen del 78”); en Europa hay crisis socioeconómicas recurrentes del modelo liberal que dejan altas de pobrezas y provocan la desafección ciudadana en forma de revueltas o movimientos populistas; y en diferentes partes del mundo siguen sucediendo revoluciones, en este caso denominadas “de colores”, que llevan a situaciones dramáticas inesperadas (como inicialmente pensó el Reich alemán, que apoyó decisivamente a los bolcheviques a los que creían poder controlar en un futuro tras sacar a Rusia de la Gran Guerra).

Por último, ¿qué podemos aprender y tener en cuenta en la actualidad de la desaparición del Imperio ruso y sus consecuencias?

La historia, como magistra vitae, siempre enseña los caminos que recorrieron nuestros antepasados entre supuestos fracasos y supuestos éxitos. Y aunque la realidad rusa y el contexto temporal es diferente, siempre hay lecciones de las que aprender, porque nos parecemos más de lo que pensamos a los que nos precedieron y a los que no son de nuestro entorno: en primer lugar, desde el punto de vista político las consecuencias de toda división ideológica feroz que distingue radicalmente, siguiendo la popular dialéctica política schmittiana, entre amigos y enemigos (Freund und Feind); desde el punto de vista social, el apoyo a utopías extremas que destruyen las bases tradicionales que pueden permitir un equilibrado (aunque siempre imperfecto) desarrollo humano; y desde el punto de vista histórico, como esta ciencia humanística debe olvidar las pretensiones de revanchas y ajustes de cuentas, en busca de una verdad lo más objetiva posible que busque lo mejor que hemos hecho y no lo peor que nos divide.

Sergio Fernández Riquelme: El fin de un mundo. Letras Inquietas (Septiembre de 2020)

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