Con los capítulos de hoy ponemos punto y final a la serie que "El Correo de España" ha venido reproduciendo del "El Diario de una bandera" del comandante Franco, publicada por primera vez en 1922, con la transcripción y comentarios de Julio Merino. Según las numerosas comunicaciones y correos que la Dirección ha recibido nuestros lectores han agradecido que hayamos "resucitado" del olvido la obra de aquel joven militar, figura legendaria de la guerra de Marruecos, que muy pronto fue también el general más joven de Europa y luego el Caudillo que salvó a España del comunismo.

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Pero aquí no acaba "El Franco intelectual", la serie que Julio Merino viene publicando en El Correo, porque aún queda por hablar y comentar los 91 artículos que Franco publicó entre 1945 y 1960, con los seudónimos de "Hispánicus", "Jakim Boor" y "Macaulay", en el diario "Arriba" y de "Raza" la novela que escribió Franco con el seudónimo de Jaime de Andrade y que la llevó al cine el gran director José Luis Sáenz de Heredia.

Como anticipo le reproducimos parte del listado de los artículos que escribió Franco y que "El Correo de España" publicará más adelante.

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"OFICIALES, SOLDADOS Y HECHOS GLORIOSOS"

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XX -  Consideraciones generales

Llevamos un mes de paz en el campamento de Dríus; las empresas guerreras parecen suspendidas y nuestro sueño de ir sobre Alhucemas y dar digno remate a la acción militar, se aleja indefinidamente.

Acción política, empleo de los grandes caídes, protectorado civil y ejército colonial. Sobre esto giran en la actualidad todos los comentarios.

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Un apasionamiento grande ha llevado al ánimo de los españoles que la política ha estado ausente en nuestra acción africana; y olvidando tal vez demasiado la psicología de los cabileños, han hecho creer al pueblo que la labor política nos ha de dar el territorio pacificado.

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En Marruecos, en todas las épocas, la labor política y militar han ido emparejadas y no ha sido la ausencia de la primera lo que nos llevó, como alguien cree, al desastre de julio. Si hubo algún error o desacierto en la labor de policía, no es justo atribuir a ello las causas del desastre; examinemos nuestras conciencias, miremos nuestras virtudes aletargadas y encontraremos la crisis de ideales que convirtió en derrota lo que debió haber sido pequeño revés.

España necesita, y necesita pronto, dominar la costa, establecerse en ella y dar al mundo la sensación de que las calas y ensenadas marroquíes han dejado de ser nido de piratas y que en ellos los faros de civilización marcan la ruta a los navegantes.

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Mientras tengamos enfrente contingentes armados; mientras Beniurriaguel no sea sometido, el problema de Marruecos ha de seguir en pie. De Beniaurriaguel salió el levantamiento de julio, a ellos pertenecían los guerreros que levantaron Gomara y sitiaron a Magán; y en Miskrela y los Peñones existen sobradas pruebas de su rebeldía.

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Alhucemas es el foco de la rebelión antiespañola, es el camino a Fez, la salida corta al Mediterráneo, y allí está la clave de muchas propagandas que terminarán el día que sentemos el pie  en aquella costa.

La organización militar del Protectorado y la creación de las unidades coloniales son problemas muy complejos y dignos de mayor estudio, en el que la calidad y no el número de tropas han de dar la solución al problema.

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Para organizar ese ejército, base legionarios o base regulares, hace falta que los banderines enganchen voluntarios, que las leyes que se dicten beneficien al voluntario y que en la vida militar encuentren los soldados los periódicos descansos y el relativo bienestar de las tropas coloniales.

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Su calidad no depende sólo de la materia prima. El soldado voluntario es como todos los soldados y lo que mejora su calidad es la elección de cuadros, el poder llevar a ellos una oficialidad entusiasta y valerosa que les eduque en un credo de ideales, que no ha de sostenerse con unos puñados de pesetas.

Es necesario el estímulo, que los oficiales se especialicen en la guerra, que conozcan al enemigo y que no sueñen con el momento de regresar a la Península, cumplida su forzosa estancia. Sólo el premio justo puede en esta época de positivismo conservar en África los cuadros de oficiales apropiados para las unidades de choque.

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En la organización militar del Protectorado, el empleo de las modernas armas automáticas con la organización de batallones de ametralladoras y fusiles ametralladores, permitirán en el porvenir la reducción de las numerosas guarniciones de posiciones y los servicios de aprovisionamiento. Lo que unido a las modernas unidades de tanques, ha de ser la más firme base para la reducción de nuestros efectivos.

Relatadas las operaciones, no he de dejar de hacer unos comentarios a esta clase de guerra, pues si en algún capítulo señalo defectos, no ha sido el deseo de crítica el que dictó mis palabras, sino por el contrario, el explicar los medios con que pueden corregirse.

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Todos los que hemos servido en fuerzas indígenas conocemos la frase tan frecuente en esta guerra entre los moros: TENIENTE FULANO NO SABER MANERA; quieren decir con esto, que no tiene todavía la malicia de la guerra y hace la aplicación rígida de los reglamentos, sin amoldarlos a la índole especial del combate.

En esta campaña hemos visto frecuentemente los casos en que por NO SABER MANERA (emplearemos la frase), se acrecentó el número de bajas.

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El combate en Marruecos se caracteriza por no presentarse el enemigo en los avances en una situación decidida y franca; los moros no aparecen al descubierto y hacen del terreno un aprovechamiento ideal. Si se avanza, generalmente retroceden combatiendo; y si las tropas se estabilizan, se aproximan por las barrancadas y zona desenfilada y pronto existen un sin número de tiradores que aprovechan los momentos propicios para causar numerosas bajas.

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Si a esos tiradores oponéis las rígidas secciones en guerrilla de nuestros reglamentos, aumentarán vuestros heridos. Esto sólo lo evita el oficial obligando a su tropa, al estabilizarse, a hacer un perfecto aprovechamiento del terreno, formando con las piedras pequeños parapetos, que más tarde han de resguardarse de los fuegos enemigos, sin colocar más hombres que los necesarios para la acción, permaneciendo detrás, a cubierto y todo lo próximo que sea posible, el resto de la unidad, despiertos y prevenidos para contrarrestar, caso preciso, cualquier reacción enemiga.

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Al subir a las lomas y en los avances, ocurre frecuentemente ver aparecer unos enormes guerrillones sobre las crestas. El enemigo hace unos disparos y ocasiona las consiguientes bajas; por esto hay que enseñar al soldado a subir a las crestas con precaución y gateando, si así conviniese, los últimos pasos, dispuesto siempre a tropezar al enemigo y evitar ser sorprendido.

El oficial debe tener instruidas a sus escuadras y clases para que la sección no forme un todo rígido y que si la loma es pequeña o existe una casa, chumberas, etc., las escuadras exteriores rebasen por las laderas o por los flancos el obstáculo a ocupar y de esta manera se evitarán sorpresas.

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Esto que aquí se indica deben practicarlo las compañías con sus secciones y el batallón con sus compañías formando un conjunto flexible en que las unidades o fracciones se apoyen o flanqueen.

El enemigo emplea en esta guerra mil procedimientos para ocasionar en nuestras tropas efectos de sorpresa. Así se ve una loma ocupada por numeroso enemigo, que éste abandona al parecer ante el fuego preparatorio de nuestra artillería.

Las fuerzas avanzan a ocuparlo y en esos momentos en que el soldado se cree libre de peligro, los harqueños, en oleadas, se presentan dando gritos y aprovechan sabiamente la impresión causada.

Contra esto hay que prevenir constantemente a los soldados, volverlos desconfiados y que si llega el caso, serenos, rechacen la agresión convenciéndose de que los moros no llegan al arma blanca más que cuando los soldados corren.

Otra de las modalidades se presenta en la ocupación de las crestas. En una guerra regular, la colocación de las guerrillas en la cresta militar es lo apropiado, pero en Marruecos hay que abandonar la mayoría de los casos esta práctica y ocupar las crestas topográficas, colocando sólo en la militar un pequeño número de soldados que vigilen el acceso a la loma y el fondo de la barrancada, escogiendo para ello lugares a los flancos o aquellos puntos en que el terreno permita llegar a cubierto.

Esta colocación de tropas, que contraría lo preceptuado, nos ofrece por la índole del combate muchísimas ventajas, librándonos de los inconvenientes que lleva aneja la ocupación de la cresta militar.

En la cresta topográfica las guerrillas encuentran abrigo de los fuegos enemigos y el municionamiento y retirada de heridos no ocasiona ese sinnúmero de bajas que lleva consigo el rebasar las crestas topográficas. En el caso de ocupar la militar, los soldados estarán al descubierto, las bajas aumentarían, la retirada de cada hombre costará las de otros varios y en los momentos de la retirada es difícil el evitar que quede abandonado algún soldado.

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El único peligro aparente de este dispositivo es el caso de una reacción enemiga, pero para evitarlo están esos soldados o escuadras adelantadas en los sitios favorables y el buscar la observación sobre las laderas por otra unidad inmediata que domine este terreno. Sin olvidar que la reacción enemiga no es la característica general de los combates en Marruecos, en los que la mayoría de las bajas son ocasionadas durante las interminables esperas en tiroteo con el enemigo, mientras se construyen las posiciones.

Los barrancos tienen también para este enemigo más importancia que las lomas; constituyen excelentes caminos cubiertos para aproximarse y no basta ocupar las lomas y vigilar las alturas vecinas; es imprescindible vigilar las hondonadas a los flancos y retaguardia y adelantar por ellos, si así conviniese, escuadras de seis u ocho hombres, que en la hora de la retirada lo hacen a cubierto siguiendo el barranco.

La retirada es una de las maniobras que más se practica, y siendo estos movimientos la piedra de toque de la moral de las tropas, todas las precauciones han de ser pocas para llevarlas a feliz término. Esas retiradas lentas, por escalones, tan frecuentes en nuestras escuelas prácticas, en que los saltos se acomodan a las reglas de la guerra regular, olvidando tal vez demasiado la realidad del combate, tienen que desterrarse de nuestra campaña de Marruecos.

El moro aprovecha los momentos de la retirada para echarse encima, ganar la cresta y sorprender con su fuego a la tropa en los momentos del repliegue. En las retiradas, en que una fuerza se para a hacer un escalón, recorrido el espacio que le dicen los reglamentos, si el enemigo ha ganado la cresta, aumentará muchísimo el número de bajas, y si la moral de las tropas no es excelente y la zona está muy enfilada, se acaba abandonando los heridos y sembrando en ella el germen del chaqueteo.

Para evitar esto, es conveniente que los saltos se ajusten a las condiciones del terreno, teniendo establecidas previamente a retaguardia otras unidades que protejan la retirada, que harán los soldados

al paso ligero y teniendo una señal convenida para volver a ocupar el puesto en caso de que alguno caiga herido, estando siempre los sostenes dispuestos para reaccionar en este sentido.

La situación a retaguardia de las ametralladoras, batiendo las crestas y collados en que el enemigo hará su probable aparición, permitirá en la mayoría de los casos, colocando en ellas un fuego de barraje, retirarse sin ser hostilizado.

Si el enemigo está muy próximo y el terreno puede favorecer su avance, entonces es preciso simular la retirada esperándole con serenidad que llegue a pocos metros, hacerle unas descargas y aprovechar la segura huida para desplegarse, en la seguridad que no se echará encima nuevamente; pero para esto hace falta que la moral de las tropas sea muy elevada.

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Todas estas prácticas, el aprovechamiento del terreno disimulando la situación de los tiradores, la ocupación de las crestas, las retiradas, etcétera, esa malicia del combate, los moros la señalan con las palabras españolas de saber manera, y es indispensable en esta guerra que todos aprendan a saber manera.

XXI -  Infantes heroicos

No he de cerrar mi libro sin dedicar un recuerdo a los gloriosamente caídos en la heroica defensa de las posiciones.

En los primeros momentos del desastre, el dolor de la tragedia nubló la gloria de muchos de nuestros compañeros muertos en la defensa heroica de sus puestos, y humanos egoísmos más tarde dejaron en silencio estos hechos gloriosos; y el pueblo sabe cómo se rindió tal posición, pero ignora cómo han muerto sus mejores soldados.

El nombre de los defensores de Igueriben debiera figurar con letras de oro en el libro de nuestra Infantería. El comandante Benítez hizo de esta posición la defensa más heroica; sin agua, sin víveres, Benítez resistía y el convoy no llegaba... Un día triste se desistió del socorro, se les autorizaba a rendirse, a entrar en tratos con el enemigo; pero Benítez y los suyos conservan en su alma el temple de los heroicos infantes, y de labios de un testigo hemos oído el último telegrama: "Los jefes y oficiales de Igueriben..., mueren pero no se rinden", y ponen fin a sus vidas con el más grande de los heroísmos.

Los moros, más justos, pronuncian con admiración y respeto el nombre de Igueriben.

En Sidi-Dris, Velázquez escribe con su guarnición otra página gloriosa, y en ella muere con la mayoría de sus soldados.

No pasaba un día, en aquellos de nuestra llegada, sin que algún soldado herido o extenuado del hambre y del cansancio no fuera recogido por nuestro servicio, o puestos avanzados, y nos refiriese el término glorioso de tantas posiciones. De ellos he obtenido estos relatos, cuando la emoción nublaba sus palabras y aún no se había podido urdir la fábula.

Un día es un soldado del regimiento de Melilla que viene de Dar Quebdani, donde una compañía de dicho regimiento se ha cubierto de gloria. Voluntario marcha el capitán con la compañía a la aguada donde es atacado por enemigo numeroso; se fortifica en una casa mora y en ella resiste los duros ataques de los cabileños.

La posición principal se rinde, y recibe de los jefes enemigos las mismas proposiciones, que son rechazadas con orgullo por los sitiados.

Pronto los moros, que cercaban la posición rendida, le rodean, y con las propias armas y municiones españolas ponen sitio a aquel baluarte de heroicos soldados; la compañía se defiende gloriosamente y al capitán se le oye decir: "Ánimo, muchachos, que si salimos de ésta ya nos la pagarán."

Gloriosamente van cayendo la mayoría de los soldados; quedan pocos en pie y el capitán también se encuentra herido; y cuando la defensa llega a su fin, cuando ya no quedan hombres para seguir en el empeño, quema los billetes y retratos y muere sin rendirse...

¿Su nombre?... ENRIQUE AMADOR ASÍN... ¿Sus soldados? "La sexta del tercero de Melilla." Pacificado Beni Said, los moros relatan el glorioso episodio. Les habían causado con su defensa

cuarenta y ocho muertos y ciento cuarenta heridos, y los cabileños, admirados de su valor, le dieron sepultura.

No es éste solo el caso en que los moros, rindiendo admiración al heroísmo, entierran los restos gloriosos de un oficial. En Arrof, el teniente García Méndez, de la escala de reserva, se niega a retirarse cuando lo hace su compañía, y herido de gravedad se hace pasear en la camilla animan do a los defensores y rechazando las proposiciones enemigas; mueren en la heroica defensa todos menos uno de sus soldados. El cadáver del teniente fue enterrado por el enemigo.

En otra posición, el capitán Escribano escribe otra página gloriosa. Agotados los víveres y medios de defensa, sale a la alambrada a parlamentar con los jefes enemigos, dejando preparados en la posición a los defensores para que mueran matando y disparen a su voz, y cuando tiene a su lado a los jefes y grupos moros, da la voz de ¡fuego! y muere entre los cabecillas.

Muchísimos son los detalles de los hechos gloriosos, y Wieiti, Verdiguer, Navarro, Rodríguez Chapel, Gil Cabrera, Bulnes, Galán y otros heroicos capitanes y oficiales de nuestra Infantería, defendieron sus posiciones hasta perder el último soldado, al frente de los cuales encontraron muerte gloriosa.

¡Salve!, heroicos defensores de Igueriben; ¡salve!, gloriosos soldados de la Infantería. El horror del desastre no podrá nunca nublar vuestra gloria.

 

FIN

  

Por la transcripción: Julio MERINO