Javier Martínez-Pinna es profesor de Historia y escritor. Es autor de varios libros de divulgación histórica, entre ellos Eso no estaba en mi libro de historia de la Edad Media, Eso no estaba en mi libro de historia de la piratería y Muerte y religión en el mundo antiguo. Colabora habitualmente con distintos medios de comunicación, tanto en prensa (ABC-Historia) como en revistas especializadas (Clío Historia, Laus Hispaniae, Muy Historia, National Geographic, Vive la Historia, La aventura de la Historia y Revista Historia de la Guerra). También ha participado en programas de radio como La Rosa de los Vientos y Julia en la Onda (ambos de Onda Cero), Espacio en Blanco de Radio Nacional de España y Herrera en COPE.

En esta entrevista analiza su libro Eso no estaba en mi libro de historia de la piratería.

¿Por qué un libro sobre piratas?

Este es un proyecto que nace con la intención de combatir esa imagen de la piratería que nos ha transmitido la literatura y, en los últimos tiempos, el cine y videojuegos como la famosa saga Assesins Creed o Uncharted, que nos lleva a imaginar a los piratas como héroes de capa y espada, en busca de la libertad, y frente a un orden social, totalmente represivo, dominado por los españoles y la Iglesia. Nada más lejos de la realidad porque, tal y como comprobará el lector, los piratas, en su gran mayoría, fueron unos individuos despóticos que hicieron del asesinato, la tortura y la violación, sus formas de vida más características.

¿Qué se entiende por piratería y cuáles son sus orígenes?

La piratería es una actividad delictiva que surge con la aparición del comercio marítimo y que, casi siempre, cuenta con el apoyo de un estado debido a su interés por obtener beneficios económicos o para debilitar a un reino enemigo. En cuanto a sus orígenes, al margen de referencias que aluden a un pasado remoto, a mitad de camino entre la historia y la leyenda, los primeros actos de piratería de los que tenemos noticias se produjeron hacia el año 1000 a.C. En esos lejanos tiempos, los primeros piratas griegos se dedicaron a asaltar los barcos fenicios que atravesaban el mediterráneo para intercambiar mercancías. El objetivo era conseguir riquezas y capturar a los marineros de los mercantes para convertirlos en esclavos. Lo realmente curioso es que, en el caso griego, el origen de la piratería lo rastreamos en los relatos mitológicos y en la Odisea.

Habla de los demonios del norte y de la piratería vikinga.

Efectivamente, uno de los momentos álgidos en la historia de la piratería, en este caso durante la Edad Media, se produjo durante lo que conocemos como era vikinga. Todo empezó con el saqueo de un pequeño monasterio, el de Lindisfarne, a finales del siglo VIII, en el noreste de Inglaterra. Cuando los piratas supieron de la existencia de grandes fortunas, escasamente defendidas, se lanzaron sobre una Europa totalmente fragmentada y debilitada que, durante años, tuvo que hacer frente al azote procedente el norte. En el libro tratamos, de forma especial, los diferentes ataques, algunos con cientos de barcos, que estos demonios del norte llevaron a cabo sobre la ciudad de Santiago de Compostela, el Jacobsland de las sagas escandinavas.

Les acusa de derramar sangre y propiciar destrucción en el mediterráneo.

Es cierto. Durante el final de la Edad Media y a lo largo del siglo XVI, los pueblos y ciudades costeras del mediterráneo occidental sufrieron violentos saqueos protagonizados, en este caso, por los piratas berberiscos. No es este un episodio tan conocido con el de la piratería americana, pero conviene recordar que la costa española estaba infestada de corsarios, muchos de procedencia balcánica o griega que, por diversas circunstancias, habían caído bajo la influencia del emergente y poderoso imperio turco. Con el apoyo de miles de berberiscos del Magreb y exiliados musulmanes ibéricos, los corsarios se fueron estableciendo en el norte de África, en lugares como la bahía de Tánger, el peñón de Vélez de la Gomera y en pequeños puertos situados a escasa distancia de la península ibérica y de las islas Baleares, Cerdeña y Sicilia. Entre los corsarios más sanguinarios al servicio del imperio turco, aliado con el rey francés Francisco I, destacó Jeremin Barbarroja, cuyo ataque la ciudad de Mahón es tristemente recordado. En estas fechas, recordemos, la monarquía española mantenía continuas guerras con Francia y los turcos, por lo que, solo cuando la situación fue algo más estable se pudo invertir recursos para luchar contra esta lacra. Cabe destacar la construcción de un sistema defensivo en el mediterráneo, con una serie de torres de vigía que aún podemos ver, de forma abundante, en provincias como Alicante.

No se corta en llamar a los piratas, en el título de un capítulo, criminales al servicio de Inglaterra...

Existen muy pocas fuentes para entender las formas de vida de los piratas de la Edad Dorada aunque, afortunadamente, contamos con testimonios de primera mano como el de Alexandre Exquemelin, quien tras ejercer como bucanero hasta 1674 regresó a Europa y escribió su obra De Americaensche Zee-Roovers, en la que describe el mundo de la piratería visto desde dentro. Exquemelin, como otros autores y crónicas, resalta el carácter extremadamente violento de los piratas y, también, de los corsarios que sirvieron a las órdenes de ingleses, franceses y holandeses y que, por supuesto, protagonizaron auténticas matanzas incluso en tiempos de paz. Lo más hiriente es que, algunos como Drake y el monstruoso Morgan, fueron premiados en Inglaterra y convertidos en héroes nacionales.

A Drake, hijo de un predicador anglicano que destilaba un intenso odio hacia los católicos y los españoles, no le tembló el pulso al asesinar y torturar a dos frailes enfermos que no habían podido escapar de Santo Domingo, como dijimos en tiempos de paz, y todo ello después de ordenar a sus hombres profanar las iglesias y acuchillar las imágenes de la Virgen y los Santos. La violencia se demuestra, de igual modo, por el trato que recibían los marineros capturados en alta mar. Por poner un ejemplo, el holandés Roque el Brasiliano, decapitó, con sus propias manos, a todos los tripulantes de un pequeño barco, dejando para el final a un hombre de color que utilizó de diana para que sus esbirros practicasen el tiro.

En tiempos del Olonés y Henry Morgan se popularizó la costumbre de torturar a los prisioneros para obligarles a confesar la ubicación de unos tesoros que, en la mayor parte de los casos, solo existían en la imaginación de los piratas. El Olonés, tenía la costumbre de cortar en rodajas a los cautivos para provocar el pánico entre los españoles, mientras que Morgan tenía predilección por presionar la cabeza de sus desoladas víctimas con cuerdas hasta que, por la presión soportada, los ojos reventaban y salían de sus cuencas oculares. En Eso no estaba en mi libro de historia de la piratería el lector podrá leer testimonios totalmente desgarradores.

¿Qué era el sistema de flotas?

La explotación masiva de las minas de plata provocó, a mediados del siglo XVI, una cierta reactivación de la piratería que obligó a los españoles a tomar una serie de medidas que, con el paso del tiempo, se mostraron muy efectivas. Nos referimos a la organización del régimen de flotas, vigente desde el año 1561, y la fortificación de poblaciones costeras y los grandes centros de comercio, el conocido como cinturón de hierro. La Corona española, para evitar que sus barcos fuesen presa fácil para los aventureros del mar, decidió organizar dos flotas para ofrecer seguridad a los barcos encargados de traer la plata desde los virreinatos de México y Perú. Estas flotas estaban formadas por un elevado número de buques mercantes, vigilados bien de cerca por ocho buques de guerra, entre ellos la Capitana y la Almiranta, armadas con unos ocho cañones de bronce, cuatro de hierro y otras piezas de artillería menores, así como cien soldados armados con mosquetes para evitar cualquier tentación de abordaje. Estas flotas fueron tan efectivas que, en el siglo XX, el modelo fue copiado por los países aliados para defenderse de los ataques de los submarinos alemanes durante las dos guerras mundiales. De todas formas, frente a la imagen del pirata arrojado que nos ha transmitido el cine y la literatura, la mayor parte de ellos siempre optaron por objetivos mucho más asequibles, como un pequeño mercante sin protección o una localidad costera sin una guarnición lo suficientemente numerosa para repeler el ataque pirata. De hecho, estos «valientes» piratas casi siempre terminaron huyendo con el rabo entre las piernas cuando, en lontananza, observaban la amenazante silueta de un galeón español.

¿Cuándo y por qué acaba la piratería?

Dijimos que la piratería, en la mayor parte de las ocasiones, solo podía sobrevivir con el apoyo de un estado y esto es, realmente, lo que ocurrió en América. Recordemos que, a principios el siglo XVI, Inglaterra no estaba en condiciones de hacer frente a la todopoderosa y respetadísima monarquía española por lo que la reina Isabel I ofreció patentes de corso a sus “perros de mar” para debilitar a España. Pues bien, a finales del siglo XVII, Inglaterra y Francia vieron con preocupación la propagación de esta actividad delictiva ya que, también ellos, empezaron a tener colonias en el Nuevo Mundo, por lo que se unieron a la lucha contra la piratería y cerraron el acceso a las madrigueras de Port Royal y la isla de la Tortuga. Sin guaridas donde buscar cobijo y vender lo robado, los ladrones del mar se vieron sometidos a una presión continua hasta que sus barcos y sus capitanes, uno a uno, fueron capturados y después ejecutados. Esta sería la época de Kidd, de Roberts o de Barbanegra, una época en la que los últimos piratas se vieron obligados a sobrevivir en sus barcos cada vez más poderosos y artillados, en los que empezaron a lucir sus banderas negras, y en la que se propagan curiosas historias relacionadas con tesoros pirata.

Por contra, habla de los corsarios españoles en defensa del reino.

En España siempre ha predominado la idea de que en nuestro país no han existido corsarios, porque la naturaleza de esta actividad se ha considerado contraria al sentido del honor de los españoles. Aunque, en buena medida, esta afirmación pueda parecernos cierta debemos reconocer que la monarquía española desarrolló un corso extraordinario, muy intenso desde principios del siglo XVIII, siendo, eso sí, las características del corso español sensiblemente distintas a las de otros países europeos. Como los franceses, ingleses y holandeses, los corsarios españoles se ofrecieron voluntariamente a las autoridades para actuar en el mar contra los enemigos del reino amparados, eso sí, en una patente de corso pero, frente a ellos, los españoles se distinguieron por su carácter defensivo ya que, salvo casos muy puntuales, la intención no fue apoderarse de las riquezas de otros países, sino recuperar los bienes que habían sido sustraídos de manera ilícita por las potencias extranjeras. En el siglo XVIII hubo una auténtica guerra de corsarios que enfrentó a los españoles con los contrabandistas holandeses e ingleses, una guerra corsaria que, en última instancia, fue la causa principal del estallido de una guerra abierta entre España e Inglaterra, la Guerra del Asiento, en la que se produjeron algunos de los hechos de armas más gloriosos de nuestra historia como la defensa de Cartagena de Indias por Blas de Lezo y la famosa Carrera del Glorioso.