O de un tango, que es acá más popular. Voy a poner el tocadiscos, mientras escribo estas líneas. El bulín de calle Ayacucho, un tangazo en lunfardo, que me dedicó mi buen amigo, el maestro Edmundo Rivero, una noche, allá en su Viejo almacén, donde revive el Buenos Aires de los años veinte y es una delicia adormecerse con las mejores melodías de Spaventa y evocar la voz inolvidable de Carlitos Gardel, El Zorral, y saltar de júbilo con las polquitas y, claro está, con las tiernas milongas. ¡Macanudo, ché!

Y más macanudo todavía esta machada vuestra, hermanos argentinos, queridos, entrañables compañeros de raza, de religión y de lengua, que nos habéis dado el alegrón de subiros a las orgullosas barbas de la Rubia Albión también conocida por Pérfida Albión. Creo que, desde aquel lejano diciembre de 1946, cuando los españoles nos echamos a la calle para hacer nuestras necesidades sobre la ONU, que nos quería matar de hambre, no habíamos sentido muchos una satisfacción tan grande como ésta que acabáis de darnos. Permitidme que me sienta, estos días, tan argentino como vosotros, tomo la hermosa frase que ha escrito el admirable Rafael García Serrano, soy un argentino de España.

No os importe la temerosa, ridícula reacción del Gobierno que padecemos. Vuestra lección les ha sentado a cuerno quemado, porque se produce, justamente, al tiempo que ellos, vergonzantemente, cobardemente, se disponen a abrir la verja de Gibraltar a los ingleses, culminando un triste proceso de servilismo y claudicaciones. Acá decimos que se han bajado los pantalones. ¿Me entendés, pibes? Y claro, les escuece vuestra dignidad, vuestro valor, vuestro ejemplo de sano orgullo nacional. Porque vosotros, con los pantalones en su sitio, acabáis de demostrar que conocéis perfectamente el uso que hay que dar en los momentos históricos decisivos, a eso que los hombres cubrimos con la imprescindible prenda.

Comenzad a reíros de las condenas morales, de los legajos que escriban las Naciones Unidas y de todas las estupideces que van a ocurrírseles a los políticos enanos, tarados y sin coraje que circulan por ahí. Pase lo que pase, termine esto como termine (que Dios querrá que sea bien), el gesto ahí queda, para asombro del mundo entero, para pasmo de las generaciones futuras. Seguro que Martín Fierro tiembla de gozo en su tumba y se enorgullece de vosotros. De todos vosotros: porque esta vez, no cabe hacer distinciones ideológicas. El honor de la Patria nos incumbe a todos sus hijos, pensemos como pensemos. Los argentinos todos, hasta los que andan lejos de su tierra, deben sentir la enorme dicha de su origen, la gran satisfacción de haber nacido en una nación con semejantes reaños.

Nosotros, vuestros hermanos de España, reconocemos estar tocados estos días por una decorosa envidia. Nosotros, bien lo sabéis, padecemos, desde mucho antes que vosotros, otro despojo similar al de las Malvinas: el de Gibraltar. Ese pobre ciprés que ahora preside el Gobierno de La Moncloa, se ha permitido decir el disparate de que se trata de dos problemas distintos y distantes. No está llamado por Dios don Leopoldo para construir frases históricas. Esta no pasa de ser un mal pretexto para hurtar el bulto, para no reconocer que, en efecto, los problemas son idénticos; pero su tratamiento, para desgracia nuestra, es radicalmente distinto. Aquí se han ido arrugando, sin enterarse de que con Gran Bretaña no cabe más actitud que la energía, que la contundente. Son muy zorros los británicos; y aunque a nuestro ministro de Asuntos Exteriores le llaman Zorro Plateado, imagino que por sus blancos aladares, está tan falto de astucia (zorrería) como de capacidad de decisión.

Quisiera estar ahí ahora, subiendo y bajando la incopiable calle Florida, paseando por Corrientes yendo a comer churrasco en La Costanera, donde estuvieron los carritos, entrando a beber una copa, a brindar con vosotros, en cualquiera de los infinitos bares de la hermosa capital de la Plata y llegarme al Estadio del River, para abrazar a mi viejo amigo Alfredo Di Stéfano, aquel incomparable regalo que nos enviasteis, hace muchos años, para nuestro gozo de aficionados al fútbol. Y unirme a las manifestaciones, en la avenida del 9 de Julio y desembocar en la plaza de Mayo y gritar con vosotros, emparejado en la irrefrenable alegría.

Pero me contento con prepararme un mate, que siempre me traigo de allá un buen cargamento, y seguir escuchando el tocadiscos y oír, más que a Rivero, los golpes opacos de un corazón que salta de alborozo, porque el acontecimiento lo merece.

 Heraldo Español Nº 94, 15 al 20 de abril de 1982

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