El edificio Carrión, popularmente conocido como Capitol por albergar el cine del mismo nombre, fue diseñado por los arquitectos Luis Martínez Feduchi (1901-1975) y Vicente Eced y Eced (1902-1978). Fue inaugurado en 1933 y es, probablemente, el más famoso de la Gran Vía madrileña. Su singular perfil “proa de barco”, indisociable de la plaza del Callao en el imaginario colectivo, es emblema de Madrid en España y de España fuera de ella.  Sin embargo, a pesar de su especial apariencia, esta construcción no es la única muestra del llamado racionalismo arquitectónico en la capital.

Inserto en lo que se denominó Art-Decó –un modernismo estilizado y mecanizado, en el que “la máquina” y su poética priman sobre lo orgánico y artesanal–, a caballo de la “nueva arquitectura”, el racionalismo surgió de la asimilación de ideas y técnicas constructivas desarrolladas en la transición del siglo XIX al XX. El edificio Carrión exhibe algunas características que nos retrotraen a la Escuela de Chicago –véase el edificio Carson (1899), de Louis Sullivan–, así como, en un contexto temporal y geográfico más próximo, al edificio Rudolf Mosse de Berlín, reconstruido entre 1921 y 1923 por el arquitecto Erich Mendelsohn (1887-1953). En relación a la incorporación de  mejoras tecnológicas, cabe destacar un dato técnico muy relevante: para salvar la gran luz –distancia entre apoyos de una estructura– sobre el espacio del cine Capitol, puesto que sobre dicha estructura se apoyan pilares de las plantas superiores, el edificio Carrión contó en su día con las vigas de nudos rígidos (vigas Vierendeel) más grandes de Europa.

Dentro de lo que genéricamente se conoce como “movimiento moderno, si nos atenemos a los ejemplos de similar estilo que se erigieron en España, el racionalismo se inició a mediados de los años 20 del siglo pasado y, aunque tuvo réplicas en los años 40, se circunscribió principalmente al período de entreguerras (1918-1939). El primero en introducirlo fue Fernando García Mercadal (1896-1985) con su Rincón de Goya en Zaragoza, en el año 1926. Pero pronto le siguieron Eloy Maquieira (1902-1944), autor del Sanatorio Pimentel (1932) y del Instituto Juan Montes (1936), ambos en Lugo; Luis Gutiérrez Soto (1900-1977), que diseñó varios cines ateniéndose a la misma estética; Francisco Javier Goerlich (1886-1972), Luis Alberto Ballesteros (1902-1968) y algunos otros que citaremos.

Conviene aclarar aquí que el racionalismo, a pesar de lo que sugiere su propio nombre y de lo que han pretendido algunos de sus defensores teóricos más entusiastas, no es más “racional” que otras tendencias arquitectónicas, ni es lo mismo que el funcionalismo. Si nos retrotraemos a las Exposiciones Universales de Londres de 1851 y 1862, o al lema de esta última, “Industria y Arte”, el etiquetado como racionalismo arquitectónico de los años 20 pretendía reivindicar un papel pionero en la modernidad tanto como la icónica sede de aquella muestra, el Palacio de Cristal diseñado por Joseph Paxton. Como sucede con otros movimientos artísticos del siglo XX, el racionalismo más bien se acogió a la moda vanguardista del “ismo” como fórmula propagandística para distinguirse y emerger sobre otras modas o estilos.

En la eterna disputa y difícil equilibrio entre la forma y la función, la arquitectura racionalista se adscribe, al menos en teoría, a la escuela funcionalista, en tanto defiende la priorización de la función sobre la forma. Permitiendo la manifestación externa de la primera a través de la segunda, pero supeditando su apariencia distintiva a la utilidad del conjunto. Sin embargo, la realidad es que, si bien los edificios racionalistas conceden  primacía a su uso y habitabilidad, la atención a “expresar” externamente su función aflora una notoria contradicción. Diríase, incluso, que, a menudo, la estética que define   estas edificaciones y las hace reconocibles prevalece sobre su utilidad y eficiencia constructiva, –teniendo en cuenta que en los años 20 las calidades constructivas de la mayor parte de estos edificios eran altas–. De hecho, si atendemos a sus rasgos más visibles, las arquitecturas racionalistas coinciden en realzar aspectos compositivos, decorativos y estrictamente formales.

Tales características son: la dinamización del conjunto a través de una articulación asimétrica del cuerpo constructivo; las cubiertas planas; la estilización horizontal; el empleo de cornisas en voladizo o bandas ligeramente prominentes a lo largo de la fachada; el realce de la idea de continuidad y amplitud mediante la confluencia suavizada de planos convergentes –en curva en vez de arista–; y la resignificación compositiva del convencional ángulo recto mediante grandes ventanales curvos o articulados en curva.

Pero volviendo a Madrid, como se indicaba al principio de estas líneas, el edificio Capitol comparte estilo con otros edificios capitalinos levantados en la misma época. Por ejemplo, el Cinema Europa, sito en la calle Bravo Murillo, 160, y construido entre 1928 y 1929 por Luis Gutiérrez Soto; ocupado en la actualidad por los populares Saneamientos Pereda. O también el antiguo Cine Barceló (hoy discoteca Pachá), levantado en 1930 por el mismo arquitecto. Así mismo, debemos recordar otros edificios similares: el desaparecido Cine Tetuán (1931), levantado en el número 238 de la calle Bravo Murillo; los actuales Cines Proyecciones, en Fuencarral, 136, construido entre 1930 y 1932; la antigua Escuela Oficial de Aprendizaje Industrial “Tetuán de las Victorias”, sita en la calle Limonero; la Imprenta Municipal, proyectada y levantada entre 1931 y 1933 por Francisco Javier Ferrero Llusiá y Luis Bellido; o el Edificio Parque Sur, en Arganzuela, realizado entre 1933 y 1935 por José de Azpiroz (1895-1967), Francisco Javier Ferrero (1891-1936) y José Paz Maroto (1900-1973).

No obstante, cabe destacar que muchos de los edificios mencionados poseen una seña de identidad singularmente hispana, como es el empleo del ladrillo visto. Hasta el punto de que el uso de este elemento aleja nuestro racionalismo, en cierto modo, de la “nueva arquitectura” en la que presuntamente se inspira y que se define por el acero, el cristal y el hormigón. De hecho, la variación de texturas característica de las mencionadas fachadas racionalistas madrileñas no obedece al empleo de una variedad significativa de materiales, sino a la disposición de éstos y a la alternancia del ladrillo visto con franjas de muro revocado. Es decir, que responde a una razón económica, pero también expresiva, epidérmica, formalista, en claro paralelismo con la muy pregonada pero incierta renuncia a la ornamentación propugnada por Adolf Loos en Ornamento y Delito (1908), o por J. J. Pieter Oud (1890-1963) y su neoplasticismo.

Cabe concluir, pues, que la huella del racionalismo arquitectónico en Madrid tal vez se vea hoy reducida a un puñado de edificios, pero su encanto modernista, ligado al recuerdo de aquellas primeras y magníficas salas de cine, junto al brillante tintineo nocturno de las luces de neón en sus fachadas, forman parte, sin duda, de nuestra Historia.