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Llegué a Madrid la noche del 3 de septiembre de 1959 y allí trabajé y allí estudié y allí me casé y allí tuve mis hijos y allí he tenido a mis nietos... y allí he vivido 52 años. ¡Y esos son muchos años y muchas cosas pueden pasar en 52 años!... Por eso ahora que ya no vivo en Madrid y miro hacia atrás, cien, mil, millones de cosas salen del baúl de mis recuerdos con ansias de "revivir", aunque hay algunas más insistentes que otras. Por ejemplo, esta de la que hoy escribo.

¿Cómo voy yo a olvidar lo que viví aquel día, desde que salí de Córdoba, y la cama donde dormí aquella primera noche. Pues, les cuento. Salí de mi "pueblo" a las seis de la mañana y llegué a la estación de Atocha sobre las diez de la noche (un autobús renqueante por una carretera de baches, un tren correo que se atragantó en Despeñaperros y por tanto si tenemos que llamar a los franceses para "subir la cuesta" y cien paradas en el camino (con tiempo para saludar a Don Alonso Quijano en Valdepeñas, Santa Cruz de Mudela y El Toboso y tomar unos vinos con Sancho el ·Gordo" en Santa Elena)...y las diez historias de los diez pasajeros que me acompañaban en el departamento (por supuesto, de madera y un calor insoportable).

Dª Rafaela, que iba para Segovia, porque su "niño" Antonio se casaba allí y ella no podía faltar... y el  "Señó" Valentín porque le esperaba una portería en la capitá... ¡Dios, aquella España!. El hecho es que a las 10 de la noche yo salí de aquella centenaria estación de Atocha (en la que los trenes casi salían al Prado) y arrastrando mi maleta de madera (con cuatro ropajos, una tripa de chorizos, un tarro de aceitunas, seis filetes de cerdo empanados y 20 libros) subía por la calle Atocha cuando de pronto me fijé en un letrero que decía: "Aquí hay camas para dormir. 18 pts. con desayuno por día"... y sin pensarlo (aunque sí echando cuentas, pues todo mi capital eran 300 reales) allí me detuve. No podía más!. Lo gracioso fue que las camas para dormir estaban todas casi juntas en un salón alargado y tan solo con dos ventanucos que daban a un patio interior... Pero, estaba tan cansado que no me di cuenta de nada y a los diez minutos ya estaba soñando con mi Gloria (la gloria que yo esperaba alcanzar en el teatro con mi Shakespeare en la cabeza)..

¡Ay, pero ¡por San Pedro y San Pablo!, no tardaron en despertarme unos gemidos (¡que digo unos, cientos!) provinientes de las 12 camas que llenaban el salón...), de esos inconfundibles del amor. O sea, que aquello era una casa de citas y que allí se hacía de todo menos dormir... Así que cuando terminé de desayunar, muy temprano, claro está, yo tenía 18 años y medio, se lo dije muy serio a la señora. "Señora, creo que debería usted cambiar el letrero de la puerta, porque aquí no se viene a dormir, aquí se viene a... otra cosa". Así entré en Madrid y de Madrid, ya lo saben, al cielo.