Debo reconocer que, allá por enero de 2.019, cuando Isabel Díaz Ayuso, hasta entonces Secretaria de Comunicación del PP, fue elegida por Pablo Casado como candidata a la Presidencia de la Comunidad de Madrid (CM) mi sorpresa fue mayúscula. Si bien su currículum, tanto académico como profesional, era sobresaliente, no pensaba yo que una persona de tan buenos modales fuera capaz de enfrentarse con la firmeza requerida a unos partidos de izquierdas en los que abundaban profesionales de la política curtidos en mil batallas, junto a una recién llegada tropa de expertos en agitación callejera y lenguaje patibulario.

Sin embargo, lejos de cumplirse los temores que albergaba, Isabel Díaz Ayuso pronto vino a demostrar que detrás de su aparente fragilidad se escondía una incuestionable capacidad de liderazgo, acompañada de unas firmes convicciones morales y un férreo espíritu de batalla.

De esta forma, sin complejos ni titubeos, se declaró liberal, con lo cual vino a decirnos, sin necesidad de ningún artificio retórico, que creía en el Estado de Derecho, la democracia, las libertades individuales y la iniciativa privada. Estos principios vinieron a sentar las bases sobre las que construyó el programa con el que se presentó a los madrileños para pedirles el voto para su candidatura.

Evidentemente, tal declaración de principios fue tomada por la izquierda reaccionaria como si de un parte de guerra se tratara y ahí se armó la tremolina. Así, lo más bonito que la llamaron fue eso ya tan manido de niña pija del barrio de Chamberí, obviando decir, eso sí, que el piso en el que vivía medía 60m2, es decir, más o menos lo mismo que el salón del chalet adquirido por la pareja Iglesias/Montero, prototipo de “gente” devenida en “casta”, por más que todavía tengamos que soportar sus caducas soflamas revolucionarias.

Por tanto, puede decirse que, ya desde el inicio de su postulación, Isabel Díaz Ayuso sufrió una auténtica campaña de acoso y derribo por parte de la izquierda política, amplificada por sus medios de comunicación afines. Ante el aluvión de críticas que se le vinieron encima, Isabel Díaz Ayuso supo estar a la altura de las circunstancias, enfrentando cada una de ellas con una curiosa mezcla de serenidad y firmeza, que a la postre se habría de convertir en santo y seña de su manera de hacer política.

La campaña electoral, como casi siempre interminable y sórdida por momentos, llegó afortunadamente a su fin y el 26 mayo de 2.019 se celebraron las elecciones autonómicas, resultando ser la lista del PP la 2ª más votada por los madrileños, viéndose solo superada por la del PSOE. No obstante, tras arduas negociaciones, Isabel Díaz Ayuso fue investida como presidenta del gobierno regional, con los votos a favor del PP, Ciudadanos y Vox. Pero el apoyo de la formación naranja no fue gratuito y hubo de formar un gobierno de coalición con Ciudadanos, difícil compañero de viaje, teniendo en cuenta su veleidad permanente, probablemente derivada de un extraño compromiso con la ambigüedad.

La legislatura echó a andar y casi sin darnos cuenta, en febrero-marzo de 2.020, llegó el coronavirus a España y el mundo en el que vivíamos, cada uno con mayor o menor fortuna, cambió para todos de la noche a la mañana, obligándonos a despertar cada día en una suerte de pesadilla, acosados por la incertidumbre y la muerte. Igual que al resto, la epidemia pilló a Isabel Díaz Ayuso con el pie cambiado, pero fue en España la primera autoridad política en percibir lo que se nos venía encima y la primera en reaccionar en consecuencia.

Pero antes de repasar la actuación de Isabel Díaz Ayuso en relación a la crisis sanitaria, conviene señalar que el gobierno de España, con Pedro Sánchez a la cabeza, asumió el mando único de la lucha contra el coronavirus, para lo cual creó un comité de expertos coordinado por Fernando Simón (director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias) y centralizó en el Ministerio de Sanidad la compra de material sanitario. Estas medidas, que en principio solo podríamos calificar de positivas, al final trajeron consigo fatales consecuencias, dada la deficiente gestión de la crisis mostrada por el gobierno de la nación.

 Así, cuando, como reconoció el ministro de Ciencia, Pedro Duque, en febrero ya se sabía que el virus se estaba extendiendo por toda la geografía española de forma descontrolada, F. Simón declaró a primeros de marzo que el virus era poco transmisible y controlable, por lo que esperaba que en España hubiera escasos infectados. Con ello el gobierno ganaba el tiempo necesario para que se celebraran las manifestaciones feministas del 8M. Solo en Madrid tal evento congregó a más de 120.000 personas, lo cual terminó resultando letal para los madrileños, como viene a señalar el escrito del médico forense adscrito al juzgado 51 que investiga el 8M, en el que se pone de manifiesto que de haberse impedido dicha manifestación “es cierto y seguro que se habría evitado una amplia difusión de la enfermedad”.

Pues bien, contrastando con la negligente actuación del gobierno de la nación, Isabel Díaz Ayuso antes del 8M ya advirtió a la Delegación del gobierno de Madrid del riesgo inminente de epidemia por coronavirus. Además, adelantándose al estado de alarma, el 9 de marzo la CM aprobó el cese de actividades en los centros educativos, la suspensión de eventos deportivos, la limpieza y desinfección diaria de los medios de transporte público y recomendó a las empresas facilitar el teletrabajo. No satisfecha con ello, puso en marcha un plan de choque contra el coronavirus con la finalidad de aumentar el número de camas hospitalarias y de UCI, para lo cual unió la actividad sanitaria pública y privada bajo el mando único de la Consejería de Sanidad para así optimizar los recursos hospitalarios. Asimismo, la CM medicalizó 13 hoteles para la atención de pacientes y habilitó 22 hoteles más para acoger a sanitarios, todo ello de forma gratuita, en contra de lo que se dijo en determinados medios. Finalmente, para rematar la faena, en tan solo 48 horas, construyó, en colaboración con la UME, el Hospital de Ifema, con capacidad para 5.000 camas, lo que le convirtió en el mayor hospital de campaña del mundo. Dicho hospital abrió sus puertas el 23 de marzo, en él trabajaron 1.207 profesionales sanitarios y, hasta su clausura el uno de mayo, fueron atendidos alrededor de 4.000 pacientes. Este ingente esfuerzo dio sus frutos y la sanidad madrileña, a pesar del elevado número de personas infectadas que hubieron de ser atendidas, dio cumplida respuesta a la demanda, sin llegar a colapsarse en ningún momento.

En lo que al material sanitario respecta, la gestión por parte del Ministerio de Sanidad solo puede calificarse como nefasta. Así, Sanidad empezó a pedir dicho material 4 días después de que se decretara el estado de alarma y cuando por fin se realizaron las compras se hizo a empresas chinas que carecían de la acreditación pertinente, por lo que gran parte del material que llegó no cumplía con unos requisitos mínimos de calidad, razón por la cual no pudo ser utilizado. Finalmente, la CM, a pesar del veto del gobierno central, se decidió a realizar por su cuenta las compras, consiguiendo 10 veces más material sanitario que el recibido por parte del gobierno. Gracias a estas compras los equipos de protección individual (EPIs) comenzaron a llegar a los centros sanitarios y los madrileños hemos podido obtener en las farmacias, de forma gratuita, mascarillas FFP2 para protegernos del virus.

Por otra parte, junto a la actividad meramente sanitaria, la CM ha repartido comida diariamente y de forma gratuita en 164 puntos de la región a miles de niños de familias vulnerables, llegando también por esto a ser criticada por la oposición, aduciendo, en el colmo de la hipocresía, que el menú incluía pizza todas las semanas.

Si todo ello no fuera suficientemente duro, Isabel Díaz Ayuso se infectó por el coronavirus, por lo que para poder coordinar convenientemente toda la actividad desarrolla se trasladó a un apartahotel de la cadena Room Mate, pagando de su bolsillo la estancia, tal y como ha dejado claro su propietario, Kike Sarasola.

Todo este trabajo, no exento de errores, como la foto con el personal sanitario en el cierre del Hospital Ifema, no se ha visto recompensado ni por la oposición, que no ha hecho otra cosa que descalificar su gestión sin argumentos de peso, ni por el gobierno de la nación que sigue manteniendo por tiempo indefinido a la CM en la fase 0 de la desescalada, por motivos más por motivos políticos que por cuestiones técnicas, a pesar de que ello pueda significar pérdidas millonarias para la administración autonómica, el cierre de cientos de pequeñas y medianas empresas y el paro de miles de trabajadores.

No resulta por ello extraño que cada día se pueda escuchar, en numerosos rincones de la capital, el ruido de las caceroladas entre gritos de libertad, ya que ello no es otra cosa que una muestra evidente del hartazgo de los madrileños con la represión a la que se ven sometidos por parte del gobierno de Pedro Sánchez.

En definitiva, navegando entre el coronavirus y Pedro Sánchez, que es lo mismo que decir entre Escila y Caribdis, creo que Isabel Díaz Ayuso ha demostrado suficientemente su capacidad rectora incluso en tiempos de crisis.