La falsa pandemia y su reciente muerte impidieron despedirnos del maestro Morricone. Su concierto en Madrid, mayo, suspendido. Tal vez se hubiese acercado a Asturias a recoger, junto al también colosal John Williams, los premios de la princesita, nieta del emérito conseguidor y comisionista saudí. Nada, Ennio se fue para nunca volver.

Eterno Ennio

Ennio Morricone (Roma, 10 de noviembre de 1928) compositores cinematográficos más prolíficos del orbe terrestre, arracimando más de cuatrocientas bandas sonoras para cine y televisión, sobresaliendo El bueno, el feo y el malo (1966), Por un puñado de dólares (1965), La misión (1986) o Frenético (1989). Mi sugerencia personal, dos geniales composiciones para las dos obras maestras de Sergio Leone: Érase una vez en el oeste (1968) y Érase una vez en América (1984). En 2007, Morricone recibió el Óscar honorífico a toda su carrera. Merecido. Como lo es el premio concedido por la nieta del emérito cazaelefantes.

Besos contra la censura

Y, por supuesto, Cinema Paradiso. La vuelven a pasar en las salas de cine. Merece la pena. Su final. Amor al cine. Amor a los besos. Odio a la censura. Al operador Alfredo le obligaron a censurar cientos de hermosísimos e indelebles ósculos. Algún escote. Pechos fugaces. Los psicóticos censores. Eclesiales o políticos. En la Italia cincuentera o en la actual España de los malditos bulos que te dan por el culo. Se denuncia la censura solo cuando afecta a los “nuestros”. O a nuestra cosmovisión. Si chapan al "enemigo" que se joda, que aprenda el camino de la santa madre iglesia o del buen sociata del nuevo orden mundial.

Contra la censura, besos

Antes de fallecer, Alfredo unió todos los fragmentos capados. La música de Morricone, clave. Totò, ahora ya Salvatore, los ve. Con él todos los espectadores. Cine dentro del cine. En bellísimo y perdurable bucle. Los depósitos lagrimales comienzan a desfondarse. En la sala oscura, Salvatore sufre una curiosa anagnórisis existencial. Saber quién soy.

Besos de tornillo

En ese sentido, Cinema Paradiso se revela poderosa tesis/metáfora sobre la maleabilidad del éxito, las artimañas de la vanidad y la acre esgrima con el propio pasado. El final de este soberbio film de Giussepe Tornatore nos reconcilia con la vida. Y con el cine, siempre mejor que la vida. Y, sobre todo, con los besos.

Los imperecederos besos de Vittorio Gassman y Silvana Mangano en Arroz amargo, el de Cary Grant y Rosalind Russell en Luna nueva, el que Jane Russell, junto a su generosas y preciosísimas tetas, lanza a la cámara en El forajido, el de Totò Mignone en La tierra tiembla, los de Marcello Mastroianni y Maria Schell en la dostoyevskiana Noches blancas, el de Jean Gabin en Los bajos fondos, los de Charlie Chaplin y Georgia Hale en La quimera del oro, el de Errol Flynn y Olivia de Havilland en Robin de los bosques, el del gran Rodolfo Valentino en El hijo del Caíd, los de James Stewart y Donna Reed en ¡Qué bello es vivir!, el de Helen Hayes y Gary Cooper en Adiós a las armas, los de Alida Valli y Farley Granger en la superlativa Senso, el del galán Gassman en El caballero misterioso, el de Anna Magnani en Bellíssima, los de Spencer Tracy e Ingrid Bergman en El extraño caso del Dr. Jekyll o el peculiar de Clara Calamai en La cena delle beffe, peli libérrimamente inspirada en la gloriosa ópera de Umberto Giordano . Y, por encima de todos, los muchos besos de la más grande, Greta Garbo, besos sin parar con John Barrymore en Grand Hotel del excelso Edmund Goulding.

En un mundo, hoy, camino de la deshumanización total - con masivas mentiras y perdidos afectos, con miedo y tarados totales- besos. Muchos besos. Besazos. Y con lengua, por supuesto. En fin.