Dibujando la música

El guitarrista clásico riojano no se olvida de los conciertos en España

Resulta que mi paisano y amigo, el guitarrista clásico Pablo Sáinz Villegas, que reside en Nueva York, se encontraba realizando una pequeña gira por España, con conciertos en Sevilla, Cádiz y Valencia. También había aprovechado el viaje para conocer a su nueva sobrina, nacida un mes antes.

El caso es que estuve hablando en Madrid con nuestro guitarrista y me animó para que fuera a Cádiz a uno de sus conciertos. La cita fue en el Teatro Manuel de Falla. El programa se inició con la obra El salón de los espejos, de la joven compositora Elena Mendoza, galardonada poco antes por el Ministerio de Cultura, y que estuvo también allí, con la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, dirigida por Pedro Halfter. Por cierto, cuando la compositora saludó al público nos quedamos sorprendidos por su juventud y por su elevada estatura.

Después le tocó el turno al Concierto para guitarra y pequeña orquesta A-501, de Héctor Villa-Lobos, en el que intervino como solista Pablo Sáinz Villegas. La ejecución del guitarrista riojano fue magistral, siempre actuando de memoria, sin consultar apenas la partitura. El único bis solicitado y concedido en toda la noche fue para el riojano, que nos obsequió con un tangazo que hizo vibrar al teatro entero.

Estuve sentado junto a Maite, la madre de Pablo Sáinz Villegas, y delante de nosotros había una pareja de novios que aplaudía a rabiar y a ella se le escapó un sonoro ¡bravo! a destiempo, surgido más del corazón que de la garganta. Cuando llegó el descanso, la chica miró en su entorno como si tratara de descubrir en la gente el entusiasmo que el guitarrista había despertado en ella misma. ¿Te ha gustado? –le pregunté- y ella asintió con la cabeza y me dijo: ¡Cómo se nota el sonido de la guitarra en manos de un andaluz! Eché un rápido vistazo al programa y, efectivamente, hacía referencia “al gran guitarrista clásico andaluz”. Entonces me acerqué a la joven y le susurré al oído: ¡Fíjate lo grande que es el solista que, siendo riojano, toca la guitarra como si fuese andaluz…! La chica no supo que responder.

Durante la primera parte del concierto, en la penumbra, había observado en un palco lateral cierta actividad. En el descanso pude ver que se trataba de un grupo de jóvenes que portaban grandes cuadernos sobre los que tomaban notas. La madre de nuestro guitarrista también se había dado cuenta de la presencia de aquellos jóvenes. Pero ella ignoraba lo de la errata del programa.

En la última parte del concierto se ejecutó el ballet Estancia, op.8, de Alberto Ginastera, muy bien interpretado por la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, en el que intervino de forma destacada el barítono madrileño Alfredo García. Una obra muy vibrante en algunos pasajes y al mismo tiempo agradablemente melódica.

Terminado el concierto, mientras la gente salía del teatro, me acerqué, lleno de curiosidad, al palco de los jóvenes que habían llamado mi atención. Pregunté a uno de los chicos sobre lo que estaban haciendo allí. Se quedó un poco desconcertado y no acertó a responder inmediatamente. A su lado una compañera contestó por él: ¡Dibujamos la música!

Confieso que me gustó su respuesta y me pareció un buen titular para la crónica del concierto. El chico que se quedó mudo me mostró, no sin reservas, un dibujo a color que representaba, a grandes trazos, la orquesta que acabábamos de escuchar. No era figurativo y en la semioscuridad de la sala tampoco pude apreciarlo muy bien. Me dijeron que eran estudiantes de Bellas Artes de Granada. La madre de nuestro guitarrista también estuvo hablando con ellos un momento.

Ya en el halle del teatro, a la espera de que apareciera Pablo Sáinz Villegas para saludar a varias docenas de personas que le aguardaban, volvieron a acercarse a nosotros los jóvenes estudiantes. Esta vez sí, ahora nos mostraron un dibujo que representaba a nuestro joven guitarrista. Lo había dibujado Ana Loring Molina. ¿Quieres que te lo firme el guitarrista? –le pregunté- y la estudiante, con más timidez que decisión, aceptó con el apoyo entusiasmado de todo el grupo que le acompañaba.

Pablo lo dedicó: Para una gran artista, y firmó el dibujo, su dibujo, y estuvo un buen rato hablando con los estudiantes granaínos. Incluso pidió a un pintor consagrado, también gaditano, que echara un vistazo al trabajo de aquella joven estudiante, pintor que acababa de entregar a nuestro guitarrista un cuadro cuya pintura todavía rezumaba.

Luego terminamos la noche, como no podía ser de otra manera en Cádiz, de tapeo, y no faltaron ni las palmas, ni unas improvisadas sevillanas, la poesía de Inmaculada, admiradora jerezana de nuestro paisano, el cante de una ejecutiva del Teatro de la Ópera de Burdeos y la foto de familia del grupo que acompañamos a nuestro guitarrista.

Pablo Sáinz Villegas, como de costumbre, había triunfado en la sala de conciertos del Teatro Manuel de Falla y también en las calles de Cádiz. Al despedirnos, ya pasada la medianoche, nos dijo a todos: ¡Ya me gustaría poder disfrutar de unos momentos como los de hoy en cada lugar del mundo que doy un concierto! Se refería a los frecuentes momentos de soledad de muchos grandes artistas. Pero en esta ocasión no le faltó compañía, doy fe de ello. Nada que ver con otro concierto en el teatro del Waldorf Astoria neoyorquino. También hace ya un tiempo.