Es obligado comenzar con una confesión de parte: todo lo relativo al festival de Eurovisión siempre me ha resultado grotesco, de una chabacanería infinita, y me parece preceptivo no prestarle la más mínima atención en virtud de una precaución higiénica elemental. Sin embargo, esta última edición ha resultado de gran interés sociocultural, pues ha adquirido tintes donosianos claros en el sentido de que toda cuestión musical, en lo concerniente a la candidatura de la delegación española, ha estado envuelta por una cuestión teológico-política de fondo.

Como si el mismo Donoso Cortés, ya digo, estuviese gastándonos una chanza desde el cielo, hemos asistido a una traslación de su dialéctica en el contexto de la disputa futbomusical generada por ver quién era la candidata, de entre las tres preseleccionadas, que mejor representaría a España en dicho festival, y la virulencia de los debates generados en torno no se explicaría de ningún modo si no fuera por el simbolismo profundo que Chanel, las Tanxungueiras y Rigoberta Bandini lograron imprimir a sus respectivas propuestas musicales. Desde este punto de vista, es decir, desde el logro de las tres artistas de ofrecer canciones que no morían en la acústica, sino que tenían una doble lectura potente, hay que decir que las tres propuestas son dignas de reconocimiento, al margen de otras consideraciones discriminadoras. Y esa pulsión obscena por la alegoría social, esa pulsión cada vez más registrable en el arte actual de apelar inconsciente o conscientemente a imaginarios en liza, demuestra no sólo que vivimos tiempos en donde la razón cede ante el empuje de los mitos, sino que el diagnóstico de Donoso no pierde vigencia, y que el factor teológico, aunque capitidisminuido o deforme, habita siempre en los dinteles o entretelas de cualquier idea.  

Por primera vez en mucho tiempo, la controversia moral se ha saldado con la victoria del bien sobre las alternativas inicuas. La canción católica de Chanel, católica por popular, alegre (sin gota de odio resentido hacia nada ni nadie), genérica y perfectamente comprensible (o incomprensible como el latín, según se mire), esto es, universal y, si se me apura, antirracista (por dialectalmente caribeña, porque la cantante Chanel es cubana) se impuso en la preselección, sorprendentemente, al Ay, mamá de Rigoberta Bandini, y al socialismo indigenista (e indigesto) que representaba la canción de las gallegas Tanxungueiras. Lo musical era secundario en todo momento. Lo importante estribaba en si se imponía la belleza esplendorosa de Chanel, de sus bailes universales y, hasta cierto punto, canónicos para con el patrón coreográfico contemporáneo, la horterada analfabeta de Bandini (su letra compuesta de lemas/tuits indexados de feminismo adolescente sonrojante), o las Rosalías de Castro de turno y su cantinela de akelarre, en la que los bailarines aparecen con faldas largas para dejar claro que el voluntarismo de garrafón es el postulado teológico que planea sobre todas las vanguardias políticas del presente.

La sociología progre-podemítica se licuó teológicamente con lo de Rigoberta, mientras que los separatistas encontraron en las Tres Gracias pueblerinas y orgullosas, y en su apelación a la terra (cuánto les hubiese placido esa canción a los teóricos del blut und bloden) su portaestandarte. Buena parte de la derecha social quedó también prendada de Bandini, porque interpretaron el ditirambo a la madre como una cosa tradicional, pero la derecha social ignora por dónde sopla el viento, desde que, justamente, olvidara la teología y se entregara en los brazos del liberalismo. Una búsqueda rápida les permitiría comprobar que Bandini odia a los hombres, y que su reivindicación de las mamás es sólo de las mamás, esto es, no de la mamá como materfamilias, sino de la mamá que tiene un hijo sola (como la que quiere volver borracha a casa), individualistamente, mediante inseminación artificial, de la mamá moderna, en fin, feminista, indie, queer: puro liberalismo. Porque los hombres, malos y cobardes, temen la insobornable libertad de la mujer átomo, de la mujer empoderada que no constriñe un ápice de su capacidad volitiva por ningún macho. Por otro lado, Tanxungueiras tuvieron la potencia de atraer a su causa no sólo a los emocionados por la diversidad cultural, otro dogma de nuestro tiempo, sino también a desorientados cuyo sentido teológico se enciende al apreciar una exhibición de identidad o comunitarismo.

Si Bandini se presentó al festival estabulada por el apoyo mediático del Gobierno (Podemos y, especialmente, el todopoderoso Ministerio de Igualdad, con sus inmensos satélites al servicio), las gallegas estuvieron promocionadas por todos los medios autonomistas gallegos (televisiones, periódicos, PPG y BNG al unísono…) y, de paso, por los autonomismos con aspiraciones enfáticamente diferenciales, dado que cualquiera de ellos representa en la misma medida a los otros. La victoria de alguna de estas candidatas, volando sobre el agitprop que se les puso bajo los pies, se daba por hecha. Pero entonces, ocurrió el milagro. No venció la pija de Pedralbes sin talento ni las niñas mimadas de la Xunta, sino una inmigrante que ha hecho carrera desde abajo, trabajando con la más alta exigencia en el sector de la danza como figurante de otras grandes artistas, y como cantante de musicales más o menos de segunda fila. Es decir, una auténtica profesional del mundo al que pertenece Eurovisión.

Ganó, pues, la candidata natural, ganó la mejor de todas, la más trabajadora, la más patriota (no ha perdido ocasión de enarbolar su hispanidad) y, por qué no decirlo, la más hermosa. Y en consonancia con tanto acierto, obtuvo el mejor resultado de nuestra historia en el certamen. No podía ser de otro modo.