Ciertas cuentas alegres dieron por triunfal la campaña contra la religión Católica y contra las creencias en general. La llamada “Revolución Cultural” no es otra cosa que demoler, con una sicología profunda, todo cuanto figure en las encuestas como bueno, sagrado, identitario; el proceso deconstructor suplanta valores verdaderos con falsos, haciendo grandes aspavientos en favor de la mentira propia y en contra de verdades personales, familiares, comunitarias y sociales. Este crimen busca la orfandad de la persona humana, sometida a un único camino gregario: la voz oficial, el soviet supremo. Los planificadores de esta brutalidad son extremadamente celosos en pretender superioridad moral y esconder su propia iniquidad.

Pero he aquí que la mentira muestra su hilacha: se impone con manipulación y violencia, siempre creciente hasta caer del todo su máscara. En la abundante serie de cuadros titulados Las Tentaciones de San Antonio Abad (desde autores medioevales hasta contemporáneos), la constante es la falsa bondad, disfrazada de dinero, placer o poder; la adorable señora que le tienta no logra esconder la cola de serpiente… Pero, al fracasar los emisarios de la bestia, caen todas las máscaras y se revela el verdadero rostro de la mentira: monstruosa, retazos de identidades ajenas unidos por podredumbre, y el encanto trocado en odio, violencia y sed de sangre. Creyentes o no, la historia registra ciclos de mentira y violencia perfectamente coherentes con esta imaginería.

Una de esas cuentas alegres fue cantada, con la más virulenta y grosera de las manifestaciones de odio, contra María de Nazareth, madre de Dios (Theotokos). El triunfalismo celebró la supuesta caída del único poder que vence a la bestia, lo que representa toda una contradicción: ¡los atacantes creen en su poder, puesto que le temen! Ese no es poder al que se pueda vencer. Insistimos: creyentes o no, la maternidad supera a lo racional o a lo que puede ser influido por la ponzoña de la propaganda y la deconstrucción cultural. Se han visto ateos confesos y recalcitrantes dejando flores y velas a la Virgen del Carmen. El vínculo materno filial es invencible.

La estética virginal utilizada por Isabel I de Inglaterra para resolver ante el pueblo la pugna entre reformados y papistas, le costó carísimo: blanquearse con albayalde la condenó a morir envenenada. Pero he aquí que su lección atraviesa la historia, indicando que un político sabio y hábil jamás tocará la imagen de la madre, si quiere cuidar la delicada flor de la paz.

Entre apariciones y piedades populares, detengámonos en Nowa Huta, Cracovia: el escándalo guillotinó las bases del poder ejercido por la Rusia comunista, desmoronando la estructura tiránica bajo los sones de la novena de Beethoven y canciones de Pink Floyd. Disimulado entre parafernalia propagandística, casi no se recuerda que en el barrio, símbolo del comunismo, una pequeña imagen negra de la madre de Dios reunió a quienes no se suponía que estuvieran todavía; esos convocados, orantes, apoyados por su líder san Juan Pablo II y organizados políticamente por Lech Walesa (Solidaridad), fueron verdaderos héroes sólo rezando con sencillez a su Madre.

Finalizando este Mes de María, que contra todo lo esperado fue rezado en muchos hogares por gentes de todas las edades, se impone evaluar su real significado. Desde lejos se veían los andamios que cubrían a nuestra Virgen del Monte, en el Cerro San Cristóbal, durante todo el mes. Bajo sus pies contrastaba una ciudad que parecía bombardeada. Pues ya no están esos andamios, y la imagen lucirá su albura de patrona de Chile. Manuel Bulnes dijo a un eclesiástico: “No, monseñor, yo no fui quien ganó esa batalla, sino mi señora del Carmen, quien me inspiró súbitamente una acción y un movimiento, que por mí mismo no habría ejecutado”. ¿Dice M. Bulnes lo que realmente ocurrió? Que cada uno crea lo que quiera, pero se entere del poder de la fe.

Las cuentas alegres olvidan que las religiones comienzan con un líder seguido por un pequeño puñado de personas, y que no se conoce sistema político, doctrina económica, ideología ni sistema de gobierno, que pueda celebrar los milenarios arraigos de esos dioses entibiando el alma de las personas que pueblan la tierra. Quien califique de superstición esas creencias ya puede, con la misma lógica y más abundancia de pruebas, volver la misma acusación contra sus creencias científicas o sus preferencias socio políticas. La Madre de Dios, en religiones comparadas, aparece profusamente envuelta en creencias de las que emanan tres grandes seguridades: Dios es grande, la persona humana es pequeña, la Madre cuida a sus hijos. ¿Quién puede contra ello? JAAO

 

 

José Antonio Amunátegui Ortiz

Chileno de nacimiento y vocación, estudió piano clásico y filosofía; dio exámenes de grado pero rehusó títulos académicos. Lleva una vida austera y casi monacal, de servicio, que le permite escribir sin compromiso con grupos de poder político, económico, ideológico o religioso. Hoy, de casi sesenta años, dedica la casi totalidad de su tiempo a contener los efectos de esta feroz crisis de humanidad. Su vida ha sido solitaria, su actuar es discreto, y su único sueño es irse en silencio a la casa del Padre.

 

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