Me trasladé desde León en automóvil, con el correspondiente mareo y pensando en la hora intempestiva en que regresaría a casa. Entré al recinto inmediatamente después de la apertura de puertas; tras dos horas esperando en pie y comenzando a dolerme la espalda, me pregunté si había merecido la pena tanto trastorno.

Las luces se encendieron, el público despertó como acto reflejo, y la música le dio lo que quería. Leiva se mostró más tranquilo que en el anterior concierto suyo al que acudí, un lustro atrás, en León. Entonces y ahora, se comportó de manera natural, sencilla y cercana, manteniendo la profesionalidad. Hoy día es inusual encontrarse frente a una persona con tal falta de pretensión. Es costoso hallar dentro de la música comercial autenticidad, no un producto basado en una calculada estrategia de mercadotecnia. Leiva es un compositor que toma la música en serio, y una persona con alma.

Acudí a su concierto para tener la oportunidad de escuchar música en directo, observar el nacimiento de sudor en la frente del músico al sentir una nota muy dentro. Ésa es la experiencia musical, no el sucedáneo que supone escuchar las canciones en casa, aislado entre dos auriculares. La otra causa por la que acudí a la llamada, fue estar cerca de una persona con carisma: Leiva es uno de esos individuos con el je ne sais quoi, emite una energía que te empuja a él, que provoca que cuando estás cerca, sonrías sin motivo aparente. Y si le sostienes la mirada, el mundo parece un lugar menos aburrido y más interesante.

Días previos al concierto me pregunté si, llegado el momento, mi sensibilidad reaccionaría a su música en directo del mismo modo en que lo hacía en casa. Estoy acostumbrada a escucharle a obscuras, tumbada sobre el suelo para sentir su solidez y frialdad. En intimidad, casi secretismo, me reúno con el músico, y dentro de mi cuerpo baila la melodía nacida en su mente, estallan en la mía sus versos reveladores. Es inusual encontrar un hombre dispuesto a hacerse vulnerable emocionalmente, a compartir con el mundo su vida interior, su sensibilidad, miedos y anhelos.

En directo su música causó en mí la misma sensación, aunque fue más grande y mejor: pude ver las cuerdas de las guitarras vibrar, el callo en las manos que las provocaban. Ya no estaba sola en la habitación, me encontraba rodeada de una multitud de personas que habían deseado vivir la caída del sol y el nacimiento del verano de la misma forma que yo.

Me gusta la manera en que me sorprende cómo una persona con pasado, presente y aspecto exterior tan distante de los míos puede albergar sentimientos y pensamientos que a veces comprendo, y siempre se traducen en mi mente en imágenes coloridas, narraciones completas, que causan preguntas y sonrisas. Puede que la música sirva para lo mismo que la literatura: saber que no estamos solos, y abrir la mente.

Como una adolescente, siento curiosidad por saber qué canciones, qué estrofas están basadas en hechos reales y cuáles en la imaginación (aunque un autor no siempre puede marcar la diferencia). Me pregunto qué pensaría y sentiría si descubriese que me he infiltrado tanto en la retina o el corazón de un creador como para ser plasmada en su obra. Un músico, al igual que un escritor, tiene el don, la posibilidad de convertir a un humano en universal e inmortal.

Es un misterio el recuerdo que generamos en una persona, la forma en que nos viven, en que perciben lo que somos, lo que proyectamos. La magia irrepetible que se genera cuando dos seres sintonizados en una frecuencia compatible acercan los cuerpos.

Leiva es Músico. Es una desfachatez que alguien escriba sobre una hoja dos versos o notas, y desfile por el mundo hablando de "escribir y componer el disco". Leyendo los créditos de los distintos álbumes, uno descubre que en casi todas las canciones él es el único letrista, instrumentalista y productor. Demuestra haber tenido ambición y el deseo de establecer las bases de una carrera longeva. Ha usado los años para curtirse, para mejorar en todos los ámbitos de la elaboración de un disco, no se ha limitado a vivir de las rentas y disfrutar de las fiestas. Él ha logrado, tras veinte años de carrera, elaborar un sonido propio, una identidad musical.

La hormiga trabajadora vive las incontables jornadas de disciplina y esfuerzo en silencio, y deja que los frutos hagan ruido. Una parte del público conoce el número de copias y entradas de concierto vendidos, el dinero, los premios, y olvida todo lo que existe detrás: sudor, lágrimas y sangre, que no se muestran porque no genera ingresos. Se ignora la inteligencia requerida para tomar decisiones acertadas en un mundo de trampas y puertas falsas, de atrezo; la capacidad para navegar las aguas turbulentas del mundo artístico. Desconocen los riesgos que se corren, que la mayoría de los músicos que intentan vivir de su vocación, fracasan. Y su nombre se ignora porque no aparecen en la portada de la revista Rolling Stone, y porque esconden la cabeza, avergonzados y dolidos.

Un músico paga un alto precio personal por la naturaleza nómada de su profesión: su salud mental y física se ve alterada de forma trascendental, y vuelve a casa tras la gira desorientado y con el cuerpo destemplado. Ha pasado seis meses en intensa convivencia con decenas de personas, ruido constante, velocidad, adrenalina, y de pronto se encuentra en una casa vacía, fría, y una cama extraña. También se topa con la complicada tarea de intentar reconectar con sus seres queridos, ponerse al día con aquellos que no les hayan olvidado.

Sus allegados conocen una parte de su camino, sólo sus rodillas saben lo que Leiva ha tenido que recorrer y soportar para estar el 21 de junio de 2019 sobre un escenario en Gijón. Quiero pensar que no soy la única persona consciente de todo ello, que hay quien ve en él algo más que una presentación musical para pasar la noche del viernes.

La puesta en escena del concierto es digna de mención, a causa del factor humano: esa coreografía del saxofonista y el trompetista, una conversación no verbal continua. Permanentes miradas y gestos de complicidad entre los distintos miembros del conjunto, cuyo porqué sólo ellos conocen.

Es una experiencia humana, cálida, encontrarse frente a un grupo de personas que en determinado ámbito son más familia que muchas de sangre. Es única la relación que se establece entre dos músicos que han hecho carretera juntos. No son extraños que han ensayado una partitura común durante semanas: son una banda.

La unión entre Leiva y su hermano Juancho es innegable. En una época desarraigada y desleal, es hermoso contemplar a dos personas que realmente se han criado juntas, que han sido cómplices desde el nacimiento, y que continúan siéndolo hoy, cuando el rostro va cubriéndose de surcos.

La corista se confundió en una palabra, y segundos después Leiva le lanzó una sonrisa de compañerismo y ternura. Otra clase de jefe habría reaccionado en el momento o después entre bambalinas de forma distinta. La manera de contestar a los errores de los demás, más aún de subordinados, evidencia nuestra calidad humana.

Todos los miembros de la banda lograron el equilibrio entre las tablas que da una vida dedicada a su instrumento, la seria preparación de la gira, y cierta espontaneidad, que aporta vida y realismo, nacida del objetivo de salir al escenario no a vender un producto sino a tocar y compartir música, y del deseo de no querer ofrecer dos conciertos iguales.

Leiva me parece un buen hombre, con encanto y una sonrisa sincera. Acudir a uno de sus conciertos es mucho más que una experiencia musical, significa poder vivir dos horas en buena compañía, con alguien a quien normalmente sólo tienes acceso a través de unos auriculares en tu dormitorio, mientras te preguntas si podría imaginar que alguien como tú, a mil mundos de distancia de él, se está viendo dulcemente acompañado, acunado, por su creación.

Durante el concierto recordé un vídeo de una presentación suya de hace varios años en que con picardía inquiría al público “¿alguien quiere más?”. En esta ocasión demostró una timidez casi infantil, sorprendente en un hombre que ha rocanroleado sobre escenarios de toda España y el extranjero, y que en lo privado ha vivido más noches que la luna.

En este día Leiva nos preguntó si estábamos felices. Lo fuimos con él.