¿Qué tienen en común el conocido burro que persigue eternamente la zanahoria atada a un palo y uno de esos moluscos de caparazón duro y el vientre blando? Nada en apariencia, pero en realidad y como veremos más de lo que parece.

Dejemos en suspenso, por el momento, la pregunta anterior. Comenzaremos hablando de las ciencias y las letras. Según el famoso adagio que todos conocemos “el que vale para ciencias y el que no para letras” …  ¿Es la verdad de una sociedad tecno-científica? ¿O es en cambio expresión de incultura y limitación de horizontes?

Naturalmente es ambas cosas pues una no excluye la otra. Algo que es verdadero desde un punto de vista restringido se vuelve ignorancia y falsedad cambiando o ampliando la perspectiva.

Hoy en día esta convicción, que los mejor dotados vayan a ciencias, no se suele expresar abiertamente; pero esto no se debe a un mejor criterio, sino a que todo el mundo se la coge con papel de fumar y no se atreve a decir lo que piensa. El adagio denigratorio de las letras sigue, sin duda, representando la mentalidad dominante, me atrevería incluso a decir mucho más hoy que hace unas décadas, viviendo como vivimos en la era de la informática, las telecomunicaciones, la tecnodependencia y el infantilismo tecnológico. La cultura científica y técnica es, no diré predominante en términos numéricos, porque predominante es la incultura y una cultura de masas de muy bajo nivel, pero sí absolutamente hegemónica frente a la humanística, que está en total retirada y cada vez más descuidada. Pero la cultura técnica sí es predominante en términos generales y especialmente entre los que dirigen la sociedad; junto a la religión del dinero es la mentalidad dominante en general, la que informa la educación, la de las clases dominantes. Si miramos a nuestro alrededor, todo sigue el mismo patrón de exaltación de las ciencias y menosprecio de las letras.

¿Qué problema hay con ello? ¿Sirven de algo las letras? ¿No son palabras y acciones de hombres muertos que no tienen nada que enseñarnos porque ellos, pobres diablos, no tenían internet y smartphone? ¿Para qué sirven si no nos enseñan a ser eficientes, a gestionar y optimizar el mundo, a mejorar nuestros procedimientos operativos, a trabajar por objetivos, a cuantificar y medir y rentabilizar las cosas, etcétera?

Espero haber mareado suficientemente al lector con la precedente colección de rebuznos. En efecto, aquí reconocemos claramente al de la zanahoria que habla y expone su verdad. Él también trabaja por objetivos; tiene el objetivo delante de su augusto hocico todo el día, lo tiene bien claro y no necesita las letras. Porque las letras enseñan a pensar y él sólo debe seguir un procedimiento de la mejor manera posible, aunque sea sólo el bucle infinito de un círculo cerrado sin sentido.

No es que “los de ciencias” no piensen. Al contrario: hay mucha inteligencia en las ciencias y en la técnica, hay pensamiento aplicado de alto nivel, encierran habilidades difíciles y complejas, que en sus expresiones más altas están al alcance de pocos. Pero son una inteligencia y un pensamiento que ven sólo la mitad de la realidad: soberbiamente útiles para hacer ciencia, manipular la materia, resolver problemas que admiten una solución técnica y cuantitativa; pero aun así, siguen abarcando sólo la mitad de las cosas y cuando tratan de abarcar todo, de pretender abusivamente que pueden abarcar todo, llevan directamente a una grave hemiplejía intelectual y vital, a ver sólo una mitad de una realidad que es infinitamente compleja y abierta. Y lo que es peor, a pretender que no existe otra realidad, ignorarla o groseramente malentenderla.

Una mente educada exclusivamente en procedimientos y puntos de vista técnico-científicos puede ser brillante, aguda, adiestrada; seguramente más que aquélla de uno de esos de letras que no valen para ciencias. Brillante en resolver problemas, en buscar soluciones, en la acción práctica y el manejo de información, en la invención y la aplicación de métodos. Pero no está acostumbrada a reflexionar, a interrogarse sobre el significado de las cosas y los porqués; pues para plantear y resolver ese otro tipo de problemas, que no tienen ni pueden tener una formulación cerrada, racional y cuantitativa, que no admiten una respuesta única y aceptable para todos, hace falta esa otra mitad.

Es por ello que existen personas con una alta capacidad técnica y alta inteligencia (medida por ejemplo con el CI, que esencialmente captura las facultades “de ciencias”) pero que sin embargo ostentan concepciones bastante pueriles en otros campos, en los cuales exhiben orgullosamente primitivismo y no-entendimiento; adolecen de ceguera para todo lo que salga de un campo limitado, en el cual los problemas son claramente definidos y admiten una solución técnica.

Las consecuencias de esto son numerosas y lamentables, pero mencionaré dos en particular. La primera es que, en tantas cosas, nuestro mundo moderno parece un vehículo sin control, víctima de procesos automáticos que nadie gobierna porque nadie se pregunta por el sentido de las cosas. Estos procesos se gestionan muy bien, de manera eficiente, se resuelven impecablemente problemas técnicos; pero el pensamiento de síntesis, el corazón de las cosas y lo que significan para el ser humano, brillan por su ausencia. La segunda consecuencia de este estado de cosas es la debilidad psicológica de un hombre técnico, acorazado tras su armadura de números, razonamientos y competencia técnica pero que deja al descubierto un vientre blando de molusco por donde es manipulable y manipulado; porque allí carece de defensas y es su punto ciego, inaccesible a su visión limitada porque él mismo se ha autolimitado. Este tipo humano es, naturalmente, el mejor adaptado a una sociedad que cada vez se parece más a un enorme mecanismo sin conciencia.

El estudio de la Historia nos muestra, por ejemplo, que el ser humano ha sido siempre el mismo, que junto a muchas cosas que cambian hay otras que nunca lo hacen; que la tecnología jamás lo va a mejorar ni a redimir, sino sólo va a amplificar la expresión de lo que ya tiene dentro. El estudio en profundidad de las lenguas, en particular de las lenguas clásicas nos enseña no sólo a articular el pensamiento, sino que la traducción exacta de éste es imposible y veleidosa, que toda pretensión de imponer una perspectiva única de la realidad es un abuso y una estafa. La filosofía puede no concluir nunca nada ni resolver problema alguno, pero sus cuestiones esenciales no han perdido un ápice de actualidad y como mínimo nos obliga a pensar y planteárnoslas; nos va a enseñar que las cosas no tienen por qué ser lo que parecen, nos va a vacunar contra soluciones baratas, nos servirá de escudo interior contra una buena cantidad de rebuznos en alta definición y expresados con gran energía. Y así podríamos continuar al infinito.

No creo equivocarme pensando que una razón profunda de tantos fenómenos aberrantes y sin control de la sociedad actual, tanto conformismo de masa y pasividad interior en personas que han tenido acceso a una educación superior, es esta hemiplejía que viene del absoluto predominio del punto de vista técnico-científico y el menosprecio de la cultura humanística.

Una sola pizca de filosofía, de cultura histórica o artística o literaria y otros estudios “inútiles” sería suficiente para reducir drásticamente la inmensa tontería que nos aflige.