En una democracia liberal, el voto resulta un aval o garantía, especie de “patente de corso”, legitimador de cualquier forma de gobierno e inclusive, de cualquier desgobierno. Adjetivo de manera genérica y negativa el voto, al creer en la configuración del mismo a través del conocimiento, del análisis de lo conveniente para el elector, y garante del programa que se cumpliría para que les votes. Como esto no ha sido así, en España, durante los últimos cuarenta y cuatro años y las promesas no pasan de ser desahogos electorales; considero inútil el voto que dirime lo esencial como accesorio, y lo superfluo como necesario; además de no valer en el discernimiento del mejor gobierno posible en cada coyuntura histórica.

 

Ello no quiere decir que propugne la abstención, recurso sin entidad moral, sano juicio y postura cobarde. Aunque nadie te represente en la totalidad, al menos alguna de las opciones políticas, en contienda, se pueden asemejar a tus ideales cognitivos. Además, la abstención no computa; casi todos los estatutos de autonomía, la mayor aberración de nuestra actual democracia, se aprobaron con más del 50% de abstención. Ver las hemerotecas, si existe alguna duda. Al no computarse la abstención, “mayoritario movimiento inútil”, se gobierna la totalidad, con el exiguo porcentaje de entre el 28 y el 38 % del electorado. Y a eso le llaman “gobierno mayoritario”; bonita forma de enmascarar la realidad y hacer creer al pueblo que gobierna mayoritariamente.

 

Solo es inútil el voto sin convicción, el procedente de la conveniencia, el que espera obtener un beneficio espurio, el del miedo. Como premisa mayor, cabe iniciar el razonamiento sobre cómo han utilizado el voto los “partidos del sistema”, tanto a izquierda como a derecha para, en virtud del antagonismo emocional de que “viene el lobo”, agrupar las ovejas ciudadanas en torno al buen pastor; tan lobo, como el que se pretendía evitar.

 

Siempre que optamos entre lo malo y lo menos malo, se elige lo peor; pues el mal intrínseco subsiste sin evitarlo. Así han venido actuando, hasta ahora, los dos partidos alternantes en el poder; se identifican tanto, qué ni el nivel de corrupción personal y política, les diferencia.

 

Hay tres formas instintivas de votar: con el corazón, con la cabeza y con las vísceras, más una cuarta genérica de origen utilitarista: quién piense que va a ganar, por ello se crean las encuestas. Con el corazón, vota la gente de emocionales convicciones que pueden durar lo que una primavera; son los adheridos al régimen o los persuadidos de sus bondades. Con la cabeza, votan a favor o en contra, los que desean legitimar un gobierno o rechazarlo. La coacción es la única formula de acatamiento para el refractario. Con las vísceras, sólo votan los resentidos que, lejos de afirmarse en sus convicciones, prefieren el rechazo al contrario o enemigo.

 

He conocido demasiada gente que de tanto votar tapándose los ojos, la boca o los oídos, deambulan, como almas errantes, ciegas, mudas y sordas. Pero siguen empeñadas en el voto útil para que el enemigo, computo de todos los males, no llegue; sin percibir que la causa de que ese enemigo acabe llegando, es facilitarle el camino por el atajo del voto inútil.

 

Ahora en Madrid, como antes en todas y cada una de las elecciones municipales, autonómicas y generales, vuelve a utilizarse el instrumento del miedo y el voto útil para que no se vote por principios y lo hagamos a quien sistemáticamente nos ha defraudado, diciendo una cosa y haciendo la contraria. Dejemos de engañarnos, una vez más, otorgando el “voto al portador” a quien lo utilizará en el mercado persa de la conveniencia. Ya está bien de servir a políticos que trucan de ideología el interés personal, a nuestra costa. Ya está bien de permitir que jueguen con nuestra salud y dinero a la ruleta rusa de sus intereses, con mociones, remodelaciones, elecciones y frustraciones.

 

Desde el prisma de las convicciones, fundadas en la razón libre y la verdad de la doble naturaleza del ser humano, el único voto útil es el de Vox; por cuanto representa un movimiento/comunión de ideas, principios y valores que se defienden o se rechazan; pero no hay otros para adaptarse al medro personal o interés bastardo. Esa voluntad común en defensa de lo permanente, los intereses generales, la familia, la propiedad privada, la libertad responsable y la patria sin retorica constitucional, es lo que ha representado Vox, desde su irrupción en Vista Alegre, el 7 de octubre de 2018.

 

La línea roja del voto útil lo debe marcar la lucha contra la imposición de la ideología materialista preconizada por la izquierda, en España, desde la transición; frontera marcada por la Ley de Memoria Histórica; Ley de violencia de género; el adoctrinamiento en la enseñanza; el aborto; la eutanasia; la discriminación territorial y lingüística; la prohibición del idioma común; la inmigración ilegal; el Estado Autonómico insostenible e innecesario; el control político del poder judicial; la quiebra del principio de autoridad; y el abandono de toda idea vertebradora de lo que nos une en la historia y en la convivencia presente, garantía de un futuro armónico y de progreso. En esa lucha de la izquierda para destruir nuestros resortes vitales a través de la política, ha habido un “colaborador necesario”, sin el cual, no estaríamos en la actual crisis sanitaria, política y económica, sin paliativos: El Partido Popular. Y, cuanto más tardemos en reconocerlo y apartarlos de nuestra modorra intelectual y comodidad egoísta, peor para todos.

 

Votar a Ayuso, por la emocional convicción de que no venga el “bolivariano con coleta”, es darle el voto al “palentino con chanclas”, cuyo cretino partidismo quedó patente en la Moción de Censura del 21 de octubre de 2020. Isabel Díaz Ayuso puede aprovechar la coyuntura de haber estado mejor asesorada; el momento de un “error de cálculo” de Ciudadanos; o la torpeza del muñidor de la Moncloa al comenzar el banquete, demoledor de la derecha, por Murcia. Pero, sí se salva Madrid, no será de ella la victoria, sino de Pablo Casado, y el PP la fagocitará, como ya ocurriera con Aguirre, otrora aparente verso suelto.

 

Sin Madrid, no se gobierna España. Es la clave y la llave. ¡Hay tantos intereses y tan profundos, en la política española, para que siga triunfando el bipartidismo, que el único voto de utilidad es el que pueda obtener Vox y su crecimiento en diputados! Sirva a los dubitativos, lo ocurrido en Andalucía, Murcia y Madrid, y más con Arrimadas (Cs), convertida en Caperucita abrazada al lobo de la disolución (menos del 5% del electorado).

 

Para terminar la reflexión, asesorado por los expertos en demoscopia y politología aplicada Fernando Paz y Tomás García Madrid, una verdad inobjetable: En las elecciones autonómicas, a partir del 5% en que obtienes representación parlamentaria, el computo de votos es proporcional; lo que equivale a decir que, suma lo mismo un voto al PP que a Vox, siendo igualmente útiles ambos votos. Con mayor motivo si Ciudadanos, voto totalmente inútil, no obtuviera el 5 % para entrar en la Asamblea de Madrid; ese porcentaje de votos perdidos y escaños a ocupar, lo harían el resto de fuerzas políticas en liza que superen ese porcentaje de entrada. De ahí la derivada peligrosa de concentrar todo el voto en Ayuso, polarizado como el antídoto de Pablo Iglesias. Pues si consiguen entrar los tres Podemos/Mas Madrid/PSOE, sólo nos salvaría del desastre la exponencial subida de Vox. Nada más y nada menos, todo lo demás son variables para las quinielas de los lunes.

 

Dicho queda como aviso de navegantes, de quijotes sin montura, de muletillas sin espada, de burgueses de salón y rentistas de habano. No seamos los nuevos “pedantones al paño que miran, callan, y piensan”; tontos útiles de la “nueva normalidad” que se dejan arrebatar, por un señuelo, la compleja realidad de la vida. D. Manuel Machado, clarividente, nos diría hoy si erráramos en el diagnóstico: ¡Que la vida se tome la pena de matarme, ya que yo no me tomo la pena de vivir!