De no ser por la democraciaquenoshemosdado Pablo Iglesias seguiría entre las tinieblas de su mediocridad, en vez de estar en la penumbra de un gobierno que es, en igual medida, pues a su medida está hecho, la apoteosis de la incuria y de la imbecilidad.

El comunismo, recipiente de todos los crímenes, no ha aprendido nada. La prueba cotidiana de su fosilizado cretinismo nos la ofrecen Pablo Iglesias y su tropa de señoritos bien y de niñatas berbeneras del “chocho de marzo” quienes, desde la pataleta y la rabieta contra su propia clase, llegaron a Kropotkin, a Bakunin y a Lenin, cuya momia venera Pablo Iglesias con más pasión que a sí mismo. Lo cual es una evidencia más (una de tantas) de cómo el odio impostado, inoculado por sus comisarios académicos en la cantina de Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, les vuelve patológica e irremediablemente imbéciles.

Como todas las víctimas de Juan Carlos Monedero y de Jorge Verstringe, paradigmas de la siberia intelectual, Pablo Iglesias está moralmente lisiado, lleva la oquedad de su alma y la ausencia de su piedad en una silla de ruedas empujada por Jean Paul Marat y Maximilien Robespierre. Por eso rompe la cuarentena, que está obligado a cumplir porque su mujer (o lo que sea) llegó del “chocho de marzo”, no sabemos si sola y borracha pero sí contaminada, y nos concede la gracia de aparecer en público con sus dientes forrados de sarro para darnos lecciones contra el coronavirus. Él, que suda caspa, viste roña, calza mugre y comparte dacha, tálamo y mantel con una infectada por coronavirus, rompe los parapetos de contención de la enfermedad para escupirnos a todos, con su saliva espesa y tóxica, que el antítodo contra la pandemia está en sus recetas venezolanas, copiadas literalmente por sus escribas chavistas del vademécum leninista: “la lógica revolucionaria está basada en provocar colapsos sociales y producir mártires”.