Franco no dejó escritos teorizando sus objetivos y puntos de vista, más allá de unos  Apuntes interesantes pero que no llegó a desarrollar. Esto ha dado lugar a una interpretación casi generalizada que lo presenta como sujeto pasivo y extrañamente afortunado de movimientos internos y externos  sin otro objetivo relevante que mantenerse en el poder, bandeándose en las circunstancias con una mezcla de sentido común, según unos, de “astucia aldeana”, según otros, y de buena suerte.  Estos enfoques  retratan más bien una historiografía harto pobre, por más que muy difundida. 
Pese a la escasez de explicaciones desarrolladas del propio Franco, es bastante fácil  discernir una gran estrategia mantenida a través de sucesos, amenazas cambiantes y de remolinos internacionales que amenazaban tragarse al país sobre todo en los años 40. El objetivo evidente de Franco era convertir España en una gran potencia que pesase en la política mundial. Y ello pasaba por mantener a toda costa  la unidad y la independencia nacionales,  por  la reconstrucción material y moral del país devastado por el Frente Popular y la guerra civil, y por evitar a todo trance verse envuelto en la guerra europea. Todos estos objetivos fueron logrado en condiciones de la mayor dificultad, y por ello de modo especialmente brillante. 
La decisión de mantenerse neutral  la dejó explícita en plena guerra civil, durante la crisis de Munich en septiembre de 1938, para disgusto de Hitler y Mussolini.  Su oposición a la guerra en Europa volvió a aclararla poco antes de que estallase, advirtiendo que sería más destructiva que todo lo conocido hasta entonces. Suponía, como casi todo el mundo, que repetiría la anterior guerra mundial y dejaría exhaustos a los contendientes en beneficio de la URSS. Y cuando la guerra estalló, habiendo pasado solo cuatro meses de la española, su decisión se reforzó todavía: ¡Alemania y la URSS se habían compinchado para destruir a la católica Polonia!
Sin embargo, el panorama cambió cuando los alemanes derrotaron al ejército francoinglés con rapidez extraordinaria y al coste de pocas bajas y destrucciones comparativamente. Y con la felicitación entusiasta Stalin. En ese momento Franco ofreció sus servicios a Hitler en la perspectiva de una paz próxima y de un nuevo orden europeo en el que le interesaba mucho entrar.  La oferta apenas fue estimada  por Hitler,  cuyo objetivo esencial era la paz con Inglaterra  a fin de preparar la invasión de la URSS. No obstante, la situación cambió radicalmente  en pocas semanas, cuando Churchill afirmó la guerra  y los alemanes iban perdiendo la batalla de Inglaterra. En estas circunstancias, la posición de España en relación con el Mediterráneo empezó a pesar con fuerza, y Hitler trató de arrastrarla al conflicto, por la persuasión y la amenaza, a fin de ocupar Gibraltar y  fortificar la costa marroquí del Atlántico.
 El nulo entusiasmo de Franco por meter  en la contienda a una España maltrecha por la guerra civil, queda de relieve en sus  instrucciones a Serrano Súñer para negociar con Berlín: solo combatiría si se garantizaba una guerra corta, y para entonces, en plena batalla de Inglaterra, estaba claro que no iba a ser así. También percibió el Caudillo el peligro de una Europa dominada por Alemania, por lo que desaconsejó actitudes abusivas con Francia y reforzó los lazos con el régimen de Pétain.  De hecho, el segundo gran fracaso de Hitler, invisible en el momento pero de gran alcance estratégico, se produjo en sus entrevistas con Franco y Pétain, en octubre de 1940, en las que no obtuvo nada concreto. Y aún iba a darle un disgusto mayor por esos días su amigo Mussolini al invadir Grecia, lo que iba a retrasar sus planes contra la URSS. Según Guderian, Hitler le había comentado que el ataque italiano a Grecia había alejado a Franco “pues no quería unirse abiertamente a tan veleidosos compañeros en una política común”. 
Desde luego,  sería suicida para Franco rechazar  abiertamente las presiones alemanas. Lo único que podía hacer era ganar tiempo, manteniendo promesas vagas de intervención “en el momento adecuado” y exigiendo compensaciones que sabía imposibles, atento a la evolución de los acontecimientos. Alemanes e italianos lo entendieron –lo que no exigía mucha sagacidad–  como pretexto para intervenir solo cuando la guerra estuviera prácticamente ganada y el coste para España fuera mínimo.  No deben interpretarse estas tácticas como un engaño a Hitler, sino como efecto de una idea general bien clara: España no debía enzarzarse en una guerra larga, de final impredecible y de la que solo podía sacar devastaciones que, ganara quien ganase, dejarían al país impotente y en ruinas. En su tarea, Franco se desempeñó magistralmente a lo largo de unos meses cruciales para el desarrollo de la contienda, entre octubre  de 1940 y marzo de 1941. 
¿Por qué Hitler no invadió España, pese a la importancia de los intereses en juego? Realmente no le habría costado mucho cruzar hasta Gibraltar. Pero  Franco dejó siempre claro que se opondría a cualquier invasión, viniese de donde viniese. Su ejército, mal armado,  había demostrado no obstante una gran capacidad de lucha, y por lo demás, el precedente napoleónico pesaba en las consideraciones militares de cualquier posible invasor: la península se habría convertido con gran probabilidad en un avispero, abriendo un nuevo, extenso y peligroso  frente que no dejaría de explotar Inglaterra. Como fuere, en palabras de Keitel,  a Hitler “le inquietó transportar sus tropas a la fuerza, contra la cólera de Franco”. Por lo demás, el gran objetivo hitleriano era la conquista y colonización de Rusia. 
Entre tanto, y después de unas últimas presiones casi desesperadas en febrero-marzo de 1941, Hitler desistió de sus proyectos sobre Gibraltar, el cierre del Mediterráneo occidental y Marruecos, para concentrarse en  la URSS. Ciertamente, de haber salido la invasión de Rusia  conforme a sus planes, habría ganado sin duda la colosal contienda. Pero a finales de 1941, la batalla de Moscú dejó a la Wehrmacht al borde del colapso. Aquella batalla, extendida sobre todo el enorme frente, auguró claramente el destino de la Alemania hitleriana.
Otro elemento en juego era la actitud de Lisboa, tradicional aliada de Londres y en buena medida sometida a la política inglesa. Afortunadamente, el gobernante luso Salazar estaba tan decidido a evitar la guerra como  el propio Franco, y las relaciones entre ambos países no cesaron de estrecharse hasta concretarse en el Pacto Ibérico en febrero de 1942, al poco de la batalla de Moscú. La esencia del acuerdo consistía en asegurar la neutralidad de la península, comprometiéndose ambos países a cooperar contra cualquier posible invasor. 
Es evidente que Franco tenía un deber de gratitud hacia Hitler y Mussolini, que le habían ayudado a vencer al Frente Popular; y que sentía más simpatía por Alemania, con la que España no tenía roces históricos relevantes, que por los tradicionales enemigos Francia e Inglaterra, con Gibraltar como símbolo histórico permanente. Sin embargo,  cualesquiera simpatías o gratitudes cedían ante los intereses internos, en los que la reconstrucción, tanto material como política y moral, constituían la máxima prioridad.