Mitad sainete, mitad esperpento, una comedia de los Monty Python, o directamente el parlamento de cualquier república bananera. Lo ocurrido el jueves en el Congreso sería de chiste si no fuese, probablemente, el episodio más grave, parlamentariamente hablando, desde el 23 de febrero de 1981. Aunque desde el punto de vista político, es bastante más preocupante lo ocurrido esta semana porque se puede decir que hemos tenido la prueba del 9 de que la presidenta del Congreso no tiene la menor intención de aparentar imparcialidad. Ya no. Ya se ha llegado a ese punto de decadencia institucional, de derrumbe constitucional, de caos nacional, en que las formas importan ya muy poco.
 
Merichel Batet ha pasado en pocos meses de poner sus "ojos en blanco" y las rodillas juntas mirando la belleza apolínea de Pedro Sánchez (hay algunas fotos maravillosas al respecto) a perpetrar un pucherazo vergonzoso, casi medieval, de esos comportamientos que ya casi es imposible encontrar en el mundo de hoy, más que nada por el miedo a quedar retratado para la posteridad como un tiranuelo de vía estrecha. Tomando partido por el Gobierno socialcomunista, haciendo de ariete a favor de una reforma laboral inútil, perdiendo la imprescindible imparcialidad que, cuando se pierde, hace imposible la separación de poderes.
 
Por mucho que nos empeñásemos en poner el acento en el supuesto error del diputado del PP a la hora de votar telemáticamente, ni el error, ni su torpeza, ni siquiera el voto de los dos diputados de UPN contrarios a la orden dada desde Pamplona de votar a favor de la reforma gubernamental, tendrían la menor importancia en comparación con este atropello al reglamento del Congreso por parte de quien debe velar por su cumplimiento. Por decirlo claro y sin rodeos: si la presidenta de la Cámara Baja va a seguir ejerciendo como diputada del PSOE, como hizo el pasado jueves, lo mejor es que demos ya por liquidada la democracia parlamentaria y actuemos cada cual como considere mejor; unos yéndose al exilio, otros luchando aquí para revertir este disparate nacional. Sabiendo, eso sí, los que se queden, que pueden ser objeto de cualquier tipo de delito desde las más altas instancias del Estado.
 
Pero como casi ninguna desgracia viene sola, y mucho menos con esta gente en el poder, la sede de la soberanía fue escenario, esa misma tarde, de uno de los actos más aberrantes e ignominiosos que ha tenido lugar en España desde hace décadas. Me refiero a la nueva ley que castiga con cárcel a quienes se atrevan a rezar en las inmediaciones de los abortorios, en lo que supone otra vuelta de tuerca del derecho al aborto que socialistas, comunistas y liberales han ido construyendo poco a poco desde 1985 hasta nuestros días. En este caso, se impone una especie de perímetro de seguridad alrededor de esos negocios sanguinarios donde no solamente se mata, sino que después se trocean y hacen papilla los restos de los niños condenados a muerte por sus propias madres. Una verdadera asociación criminal a tres bandas.
 
Naturalmente, ni este Gobierno ni todos los gobiernos del mundo van a impedir que los católicos sigamos rezando donde nos dé la realísima gana. De eso pueden estar seguros la señora Montero y el inquilino de La Moncloa. Ninguna de sus amenazas ni leyes ilegítimas van a lograr que demos ni un paso atrás quienes llevamos media vida luchando contra el crimen abyecto del aborto. Pero sin duda, esta ley revela (para quien aún tuviese dudas) la verdadera identidad de este Gobierno, sus intenciones, sus aliados... Que por supuesto, no son las mujeres, víctimas también del drama del aborto además de los niños asesinados en el vientre de sus madres. Esta ley solamente beneficia a los dueños de los abortorios, que se han hecho millonarios gracias a esta carnicería humana, a este genocidio silencioso.
 
Lo que siempre les digo, piensen esto un instante: si les dijésemos hoy a nuestros abuelos que un día sería un delito rezar y un derecho matar a niños inocentes, ¿qué nos dirían? ¿Qué pensarían los padres del humanismo cristiano si viesen que en los albores del siglo XXI, cuando más elevado tendría que ser el progreso humano, se atenta contra las vidas más dignas de protección y se encarcela a quienes rezan por ello? Hemos perdido el norte como sociedad, hemos perdido la brújula moral, somos una civilización en estado zombi que camina sin rumbo mientras los ciudadanos corremos hacia ninguna parte. Y gobiernos como éste de Sánchez  dan pasos de gigante hacia la destrucción total.
 
No pretendo llevarles a la tristeza ni a la desesperanza. No juego a ser cenizo ni a preocupar injustificadamente. Nos limitamos a llamar a las cosas por su nombre y a poner el foco en lo que está pasando, sobre todo en aquello que otros no quieren alumbrar. Nosotros somos providencialistas, creemos que también este caos, esta degradación moral, esta cochambre institucional, tiene un objetivo en los planes de Dios. Este desastre tiene que servir para que reaccionemos y no nos dejemos vencer. Pero sabiendo que probablemente estemos viviendo ese tiempo infausto que suele separar las crisis de las revoluciones.