Aunque parezca una paradoja, resulta que el mejor seguro que garantiza la pervivencia de la vida, es el temor y respeto a la muerte. Porque lo cierto, es que, para la inmensa mayoría de los seres humanos, y desde que el homo sapiens habita en este mundo, la vida resulta ser un valle de dolor y lágrimas, un triste tránsito en que el muchos sólo persiguen, y a duras penas, la supervivencia. Por eso, en los primeros siglos de nuestra era, y en un Imperio, donde precisamente no existía calidad de vida para muchos plebeyos y esclavos, proliferó una nueva Religión, el Cristianismo, que auguraba la vida eterna, una vida mejor para después de la muerte. Por eso muchos, antes de renegar de su creencia en un Cristo Resucitado, se inmolaban en el martirio, convencidos de ir al Cielo, a una vida mejor. Por eso, históricamente, los cuerpos de élite más temidos de los ejércitos, eran los que se jactaban de ir a la batalla sin miedo a la muerte, como los guerreros del Islam, a los que esperaba el Paraíso de las Huríes.

Mas, al margen de posiciones fanáticas, y dejando sentado que para el cristiano, el respeto de la vida es esencial, pues el cuerpo es el templo del alma; sólo la desesperación extrema puede llevar al ser humano a atentar conta su propia vida, y ello porque el ser humano teme a la muerte, por muy difícil que le resulte la vida. Y de ese miedo atávico, de ese instinto del ser humano, se han aprovechado históricamente y se siguen aprovechando, quienes le gobiernan. Bien mediante la amenaza directa de la muerte, en caso de negarse a vivir sometidos…. y ahora, con medidas más sutiles y eficaces que parten directamente de la hipocresía del engaño.

Con esta pandemia, se nos imponen medidas restrictivas, privación intolerable de derechos, bajo el ardid de ir dirigidas a preservar la salud y la vida. Porque el cierre de negocios, la ruina generalizada de la sociedad, las colas del hambre, se justifican porque sufrimos el peligro de contagiarnos de un nuevo y extraño virus, venido de China y que va mutando… un riesgo de contagio que nos puede llevar a ingresos hospitalarios y nos puede causar la muerte. Y la gente ha entrado en un estado de histeria colectiva y acata todo lo que supuestos expertos consideran que puede evitar ese resultado, empezando por unas vacunas que no han pasado los suficientes controles de experimentación y control. Todo sea por salvar vidas. En 1649, Sevilla sufrió la peor epidemia de su historia; la peste bubónica acabó con la mitad de su población. Para enterrar la gran cantidad de cadáveres, comenzaron a abrirse por toda la ciudad carneros (en sitios como afueras de la Puerta Real, el Baratillo, el convento de San Jacinto, Macarena, Osario y el Prado de San Sebastián). Y esa crisis epidémica, que se extendió por el Sur de España, se superó sin necesidad de instaurar una nueva normalidad.  Ahora, a una sociedad adocenada que lleva generaciones viviendo un continuo estado de bienestar, se le ha convencido con facilidad, a través de medios de masas que están para eso, de la letalidad de una nueva pandemia, cuando hay riesgo de contagio, según los propios datos de los expertos, actualmente, para una proporción de 120 personas cada 100.000 habitantes, es decir el 0,12%, de los que existe un 10% de ingreso hospitalario y de entre éstos, un riesgo de sufrir desenlace fatal en el 10%. Por tanto, y lejos de posturas negacionistas, lo cierto es que hay gente que ingresa en las UCIS y muere, pero en una proporción que, desde luego, nada tiene que ver con la ola de pánico que recorrió Sevilla a mediados de siglo XVII, cuando además no existían los avances en medicina con los que afortunadamente contamos hoy en día.

De acuerdo que hay haya que tomarse en serio esta crisis sanitaria, pero no me trago que medidas absurdas, incoherentes y que atentan la dignidad de las personas, puedan ampararse por esta llamada pandemia, que está a punto de cambiar nuestra forma de vida, provocando miseria y sumisión a ese nuevo orden o desorden mundial al que llevan empeñados a conducirnos ciertas élites para las que el primer problema, es reducir la población, sobre todo en los países, que, en principio tendrían capacidad para resistirse a sus postulados.

Y dentro de esa estrategia, cómo no, aparte del fomento del aborto libre y las políticas de género que enfrentan a hombres y mujeres, se encuentra el último movimiento de ficha de la eutanasia, que no favorece a los enfermos en estado terminal, sino al egoísmo insolidario de un sistema que lejos de invertir en cuidados paliativos, sigue jugando, en esa delgada línea entre la vida y la muerte, con el ahorro que supone acabar con vidas improductivas. Una hipocresía que en nombre de la defensa de la calidad de vida, juega en favor de la cultura de la muerte. Y a muchos les cuela, porque, hoy en día, hay quien no reúne en su cerebro dos neuronas para hacerse planteamientos críticos a tan elaboradas y edulcoradas propuestas legislativas.