Hay algo peor que vivir con miedo, hacerlo con asco. España, su Gobierno y su pueblo, sus proteicas esperanzas de cambio, los voceros de la Buenanueva que habrá de traernos la vendimia electoral allá por las calendas, ¡qué más da!, de 2023 y las églogas de sus mentiras prometidas, su moderación y su templanza en la tibia firmeza de la denuncia de lo que, con nuestra complicidad, nos están haciendo, ya no da miedo. Sólo asco. Mucho.

Oyendo a Feijóo no he podido más que evocar lo que Giusepe Borguese decía de Victor Manuel III: “Cuando el Rey viste de uniforme siempre parece que le queda grande”. Afirma Feijóo, ese bostezo con halitosis de Rajoy, y lo hace, además, después y a propósito de la sentencia de los ERE,s de Andalucía, “que se niega a considerar al PSOE como un partido corrupto”. La fetidez de sus declaraciones haría reclamar respeto por sus derechos a un cerdo.

He ahí al líder del cambio que, al parecer de los druidas mercenarios de las encuestas, los españoles anhelan. Del cambio de cromos y de poltronas con los socialistas durante un ratito, cuatro años, ocho a lo sumo, para que todo siga igual pero con corbata... incluso en verano, que la derecha invertebrada siempre ha sido más atildada y currutaca que la izquierda. Se visten con decoro para mentir indecorosamente. Lo aprendieron muy bien cuando llavaban pantolones cortos. Eso, y a utilizar correctamente la pala de pescado. Las mentiras de la izquierda huelen a pocilga, las de la derecha a bálsamo de sacristía agnóstica y a naftalina.

Decía Joan Margarit que “una herida es un lugar en el que se puede vivir”. Cierto, todos vivimos en y con nuestras heridas; pero en la mentira es imposible vivir con dignidad porque la mentira envilece, sobre todo al que se la cree para seguir viviendo en sus heridas y seguir votanto a quien le engaña siempre. Mientras los españoles no busquen urnas en las que no haya sitio para el perdón y la mirada de un hombre que no mienta, seguiremos envileciéndonos, del  PSOE al PP y de Feijóo a Sánchez. Qué asco.