No sabíamos que Juan Carlos I el Evaporado iba a  mostrar, en la decadencia de sus años y en la opulencia de su fortuna, que es un apasionado lector de Manuel Machado haciendo realidad el verso “tengo el alma de nardo del árabe español” yéndose a poner la jaima del  exilio inducido por su nuera a los pies de los camellos del dinero obsceno y en los oasis de los príncipes de Alí Babá.  Allá donde antaño capturaban templarios, hogaño acogen a reyes de la Cristiandad, cruzados de sospechas, sin yelmo, sin peto y sin espaldar, sin espuelas y sin más cicatrices que las de los accidentes de sobredosis lúdicas, que no ennoblecen pero sí envilecen. No es lo mismo asaltar la tienda de Miramamolín en las Navas de Tolosa, como Sancho el Fuerte de Navarra, que romperse la cadera saltando de la cama de una princesa de mercadillo prusiano. ¡Ay si Bismarck levantara la cabeza!

La proverbial hospitalidad árabe se ha derramado, como los velos de las huríes, a los pies del Rey de Al-Ándalus. ¡Ojo! , Juan Carlos, no te vayas a enredar otra vez con la liviana y etérea seda femenina, tan vaporosa como fuerte, y acabes dando con tu maltrecha osamenta sobre el marmol de palacio. Disfruta del asilo y el agasajo y no leas el Corán, libro sagrado de tus anfitriones, en el que los ladrones y las adúlteras tiene sentenciado un destino que no cabe en los anales del espanto. Además de cojo, manco. Y las queridas, lapidadas. Porque el Infierno de Dante es un parque de atracciones comparado con el tratamiento que tus acogedores árabes le dan a los Derechos Humanos, con los que antaño se te llenaba la boca de orgullo y satisfacción.

Que Alá te guarde mientras Dios te espera, Juan Carlos alma de nardo del árabe español.