No es una sorpresa que desde el poder se intente influir en los medios de comunicación para que la información que se difunda muestre la cara más amable y las bondades del gobierno de turno. En España la injerencia del poder en la comunicación alcanza su punto más álgido cuando, con dinero público, se compran todas las portadas de los principales periódicos de tirada nacional. Hemos conocido cómo, desde antaño, determinados periodistas y contertulios de salón se ponen al servicio de los partidos políticos, de los cuales reciben instrucciones de forma casi diaria para que, de una u otra forma, marquen la tendencia de lo que debe ser noticia en un momento determinado. Hemos conocido también cómo determinadas publicaciones tapaban información sobre el rey emérito que pudiera ser perjudicial y dañina para su imagen. Lo que no habíamos conocido hasta el momento es que un gobierno se hiciera con todas las portadas de prensa escrita, independientemente de su tendencia ideológica, para proceder a un blanqueamiento de su propia imagen después de la más que discutible gestión realizada de lo que tenga que ver con el coronavirus.

Es lógico que el periodista sea subjetivo, tiene todo el derecho de tener tal o cual tendencia ideológica, lo que no es tan lógico es que niegue la evidencia, la manipule y tergiverse para influir sobre la opinión pública. Una opinión pública que, por lo general, suele ser muy bizcochable e influenciable y tendente a creerse lo que le interesa en cada momento, adaptando la información que recibe a su propio interés ideológico y no queriendo ver la realidad si esta le es molesta. Es humano, y hasta comprensible; pero cuando el periodista maneja información objetiva y la tergiversa, eso es manipulación. En España sobran periodistas dispuestos a cumplir con su labor de "detergente", dispuestos a manipular y tergiversar la información con medias verdades tendentes a confundir a la opinión pública y a dar una cara amable del poder, con independencia de quien lo ostente, siempre y cuando puedan pillar tajada. Vivimos instalados en la mediocridad periodística. Pocos son los dispuestos a ser rigurosos con la información. Se prefiere entrar en el juego de la autocensura para no cerrarse puertas. Es ilógico que lo políticamente correcto sea tapar las deficiencias de poder y cubrir sus mentiras, engaños y tergiversaciones. 

Podríamos incluso estar contentos si son solo las portadas de los periódicos lo que compran. Me temo que no se limitan única y exclusivamente a eso. Hemos asistido a un acto bochornoso, vergonzoso y que denigra, un poco más, la ya deteriorada imagen del periodista en el que los principales periódicos españoles se han prestado al juego de blanquear a un gobierno cuya gestión está costando vidas. Un gobierno indigno que no paga las prestaciones por ERTES desde marzo pero que sí parece tener dinero para su ofensiva mediática. Es vergonzoso que el gobierno utilice nuestro dinero para lavar su imagen pero casi más vergonzoso que los periódicos que hasta hace poco criticaban su gestión y la de sus secuaces, ahora sirvan de coartada y de colaboradores necesarios para que Psoe y Podemos sigan con su criminal gestión, culpabilizando a todos y socializando las pérdidas que solo a ellos competen. Hace mucho que los periódicos se transformaron en panfletos donde lo que menos importa es dar una información veraz y de calidad.

Los periodistas, los informadores, ya no salen a la calle a buscar la noticia, la información les es entregada y ellos solo se limitan a adornarla para justificar lo injustificable, si con ello obtienen algún tipo de rédito en forma de ayudas, subvenciones o publicidad institucional. Se mercadea con la noticia, la cual es ajustada a las instrucciones recibidas. La libertad informativa ha dado paso al mensaje único y monolítico del que uno no se puede salir si quiere formar parte de este juego. La prensa escrita ha muerto, ha certificado su fallecimiento y su indignidad. No es de extrañar que cada vez importe menos y que solo se mantenga gracias al dinero estatal. Los muertos siguen todavía calientes y la prensa española se presta a pasar página cuanto antes por orden del gobierno social comunista. Vergüenza, asco y repugnancia.