Una ola de generosidad recorre Europa, que por una vez parece ser solidaria para consigo misma. No hay ONG, reconocida o desconocida, que no pida ayuda para socorrer a los refugiados de Ucrania, para facilitarles asilo, transporte, medicinas, comida...

Uno -como siempre en estos casos-, se pregunta si es necesario que tantas Oenegés, tantos grupos, tantas cabezas de ratón recauden, distribuyan y -en el camino- generen gastos de personal, de directivos, de trámites... Uno se pregunta -como siempre en estos casos- si es imprescindible que la generosidad de los particulares pase, dejando parte, por tantas manos. Y uno se acaba preguntando -siempre en estos casos- cuánto se pierde en cada recodo del camino.

Dejando esto aparte, es enternecedora la ola solidaria y, sobre todo, pacifista. Todo tipo de organismos -incluso las entidades bancarias- solicitan colaboración para ayudar a las personas que huyen de la guerra que Rusia ha llevado a Ucrania; para quienes atraviesan la frontera tras horas, días de espera, de viaje, de miedo.

Es justo, creo, que ayudemos a los europeos que se ven arrojados de su casa, que se ven sin trabajo porque los invasores han destruido sus viviendas o sus empleos. Es justo que le facilitemos la entrada en la casa común de una Europa tan solidaria generalmente con los invasores de otros lugares con los que no tenemos ninguna afinidad. Es justo dar refugio, dar el pan y la sal a los que lo necesitan porque otros los han echado, los han atropellado, los han vejado.

Pero uno también piensa que entre la solidaridad pacífica de tantos españoles, quizá haya algunos que quieran ayudar a los que se quedan, a los que piden armas para defenderse del ataque extranjero, a los que tras dejar a sus familias en una relativa seguridad allende su frontera, vuelven a su país a combatir.

Se que los países de la UE, también por una vez razonablemente conscientes de lo que se juegan, han decidido el envío de armamento con el que los combatientes ucranianos nos puedan salvar Europa.

Pero digo yo que si a nadie se le ha ocurrido pensar que los ciudadanos particulares -no se si muchos, o pocos- quizá también desearían encaminar su solidaridad, su ayuda y sus pocos o muchos euros, a mantener el esfuerzo de guerra; a que los que abandonan su país tengan comida, agua, mantas, medicamentos; pero los combatientes tengan también cartuchos con los que disparar al invasor.

A ese tipo de ayuda si que me apuntaba sin dudar, y me encantaría hacerle llegar unos cuantos litros de gasolina a esa empresa cervecera que ha cambiado el relleno de sus envases para hacer cócteles molotov con los que saludar a los tanques del enemigo.