Hay cosas que, por más que uno las piense,  no acaba de creerlas. Que la Iglesia haya sido cómplice con su silencio en la profanación de la tumba de quien la salvó del exterminio, es de una vileza tan infame que no podía reflejar mejor la decadencia moral de una institución que pretende orientar moralmente a la sociedad…
O que una monarquía que lo debe todo a Franco haya sido igualmente cómplice de dicho acto criminal perpetrado por la pandilla de delincuentes comunes que hoy gobierna España… No es fácil encontrar la expresión adecuada para el hecho.
O un partido cuyo origen directísimo está en el franquismo, se permita escupir sobre las tumbas de sus padres y abuelos, que justamente salvaron a España de la disgregación y la sovietización…
O que unos partidos de golfos,  cuyas versiones de la historia no se sostendrían ente el menor debate libre, se permitan negar a los españoles su derecho a conocer su pasado de forma independiente…
Ya la cosa empezó mal en la transición  cuando el partido más corrupto, golpista y expoliador de la historia de España, se presentaba en sociedad, como el de los “cien años de honradez y firmeza”. Firmeza, en todo caso, en el crimen. Sin que nadie expusiese la realidad más allá de un par de gracietas…
¡Y no pasa nada! Es decir: en apariencia no pasa nada. Todo sigue su curso.