Antonio Jimenez-Blanco, catedrático de Derecho Administrativo, persona cultivada en las variadas facetas del saber, y, no obstante sus méritos, amigo mío, pronunció, unos cuatro años, atrás, un excelente discurso con motivo de su ingreso en la Real Academia de doctores de España- El pasado domingo tuve la ocasión —y el placer— de leerlo. Lo refirió a los serios problemas estructurales que laten en el seno del llamado proceso de construcción de la Unión Europea, un tema para mi muy querido porque ya en el lejano 1989, en una sede andaluza de Banesto, ante lideres financieros de diversos países de Europa, advertí de las terribles dificultades con las que se enfrentaría el proceso si se pensaba construirlo a golpe de normas jurídicas imperativas y al margen del modo de ser, pensar y sentir de las naciones integrantes de semejante proyecto. En el discurso que acabo de mencionar, el autor, recuperando al inmortal Savigny, nos alertaba de “cualquier empeño en resolver un problema mediante el sencillo expediente de dictar una norma escrita y enviarla al Boletín oficial”, porque el derecho, no es sino la vida misma. Y añade: “Los hechos—la economía, la tecnología, los hábitos sociales— son en efecto muy tozudos y, cuando el autor de las normas escritas pretende echarles un pulso, siempre o casi siempre lo acaba perdiendo y además con estrépito, aunque a veces, orgulloso él, le cueste mucho reconocerlo. El legislador no es lo todopoderoso que se nos explica en los Manuales de Derecho. Y, por cierto, conociendo el paño, quizá felizmente”.

Nada mas concluir la lectura de este párrafo mi mente se detuvo en reflexionar sobre el enorme contenido de verdad que encierra, y, sobre todo, en la última frase: “conociendo el paño…”. El paño que conocemos es el modelo de gestión gubernamental que los españoles, guste o disguste, nos hemos dotado a nosotros mismos gracias al funcionamiento de nuestro sistema de poder al que, con mucho mas eufemismo sarcástico que verdad material, califican de democracia, que, al parecer, como la adopción, puede ser plena o menos plena. Lo que no es, a mi modo de ver y no es ni la primera ni la última vez que lo digo alto y claro, como las comunicaciones marítimas, que se trate de una verdadera democracia, entendiendo por tal , como debe entenderse, el sistema que permite el acceso al poder de los mejores dotados para ejercerlo, superando el lastre del ius sanguinis.

Creo que desde el Gobierno a golpe de decretos, leyes, reglamentos, proposiciones de ley, se dedican a elaborar normas escritas que pretenden, y de hecho lo manifiestan sin el menor rubor, echar un pulso a la sociedad española en su conjunto, o, cuando menos, a una porción de ella, significativamente alta, que no comulga, ni esperen que acuda al servicio, con semejantes demoliciones de nuestro modo de ser y comportarnos. Y, claro, el pulso es a la vida, ni mas ni menos a la vida construida a golpe de siglos, y si la vida no acaba entrando por el carril forzado que pretenden las normas, que nadie tenga duda de quien acaba perdiendo la partida son las normas imperativas construidas no sólo al margen sino mejor en contra de la realidad social. En 1864, Fustel de Coulanges, —tomo la cita del discurso referido— sentenció: “la historia no estudia solamente los hechos materiales; el verdadero objeto de su estudio es el alma humana y debe aspirar por lo mismo a conocer lo que el alma ha pensado y sentido en diferentes etapas de la humanidad”.

El alma… estoy convencido de que a muchos de los que actualmente ejercen el poder —el paño de Jimenez-Blanco— eso del alma humana le debe sonar entre cuento de hadas y droga para el pueblo…Da igual lo que crean al respecto, incluso lo que con dolo directo y eventual ejecutan en su contra. ¿O no es indiferente? Me lo pregunto porque me cuestiono qué ha sucedido en realidad con el alma de la humanidad de España desde el advenimiento de la llamada democracia.¿Ha sufrido cambios cualitativos? ¿Puede hablarse propiamente de una alma de la españolidad? Ciertamente, con tristeza mas que con nostalgia, observamos como la idea de la españolidad, que es el cemento imprescindible para la confección del espíritu almático, ha cedido un terreno quizás impensable —aunque lo debieron imaginar— en el momento de confeccionar la Constitución de 1978. No sólo algunos españoles reniegan de su condición de tales sino que se han convertido en los mas encarnizados enemigos de ese sustento de nuestra alma colectiva. Y quizás los peores sean, como siempre, los tibios, aquellos a los que, envueltos en el magma de contaminaciones que nos vemos obligados a vivir, son inertes, indiferentes y lejanos a la esencia de cuanto constituye nuestro ser colectivo, que no es sino el surco que con nuestra existencia hemos construido sobre la historia común.

Siento para mis adentros que todavía queda suficiente alma en una buena porción de la sociedad, quizás no necesariamente cuantitativa, pero sí cualitativa, como para sentir que le están echando un pulso a golpe de normas escritas. ¿Terminarán por poner de rodillas a nuestro sentir histórico? No lo sé. El relativismo que nos inunda, en todos los campos, incluido, sin duda, el político-histórico, tal vez propicie una victoria. Pero la historia indica que si se fuerza el alma colectiva la derrota será de la norma arbitraria y abusiva. Otra cosa es el escenario, método y coste de la batalla.