Los homosexuales, las personas que están a disgusto con el sexo que la naturaleza le ha dado, etc., tienen un problema personal más o menos grave y con mejor o peor solución.  Todos tenemos problemas particulares, bien sean de origen físico o psíquico, de relación con los demás, etc., y  la actitud más sensata es asumirlos y tratar de superarlos, o aceptarlos y pensar en otra cosa  para que no nos enloquezcan o nos impulsen a reacciones perturbadas.  Manejar esos problemas suele ser complicado y a menudo doloroso, y más en el terreno íntimo. Una reacción enfermiza consiste en negarlos, pretender, en este caso, que la homosexualidad es tan natural y legítima como la sexualidad normal, lo cual puede ser así en la persona que no puede evitarla, pero no como norma.  Un cojo puede llevarlo bien o mal, puede denunciar las burlas o discriminaciones que sufra por esa razón (aunque no sería discriminación negarle  jugar en el Real Madrid, por ejemplo), puede exaltar a grandes figuras históricas   que hayan sido o sean cojas, etc. Pero no puede  pretender que cojear es tan bueno y apropiado como andar normalmente.
Naturalmente, nadie va a creer en serio que la homosexualidad sea tan buena como la sexualidad normal, y es inevitable que tal pretensión  suscite  burlas o aversiones  por lo que tiene de ataque directo a la familia (y al sentido común). Ahora bien, los LGTBI es eso precisamente lo que pretenden, con lucubraciones “científicas”, para colmo. Cosa admisible como  pintoresquismo intelectual de algunas personas, si no fuera  porque,  además, quieren imponerla por ley. Y esto es ya pura y simple tiranía.  Por lo tanto, han de ir más allá de la “ciencia”  y promulgar leyes particulares contra “el odio” o la “homofobia. Lo más grotesco del caso es que si alguien está cargado de un odio íntimo y feroz, también contra sí mismos en el fondo, son los ideólogos de tales disparates. Con lo cual, la tiranía que, como todas, persigue el pensamiento, se extiende ahora a la misma expresión de los sentimientos, algo inaudito en la historia.  Se impone así una represión social y legal, una vigilancia policíaca contra  cualquier  expresión de sentimientos “incorrectos”. Más aún: los policías del sentimiento indagan en las actitudes ocultas de las personas, de los escritores, de los intelectuales, para condenarlos al ostracismo o a la muerte civil. Observamos cómo jueces y autoridades revisan con tal objetivo hasta a los más grandes autores clásicos, y  los  prohíben  en la enseñanza.
Esta aberración sin precedentes está ocurriendo  ante los ojos de la mayoría, estupidizados por una presión mediática también sin precedentes en democracia. La ideología LGTBI funciona en estrecho contacto con el feminismo,  el abortismo, el multiculturalismo y otras ideologías de fondo “posthumanista”.  Podemos decir que la ideología LGTBI resume a las demás y  distingue hoy a las sociedades occidentales. ¿Cómo  ha ido degenerando la democracia en esta nueva tiranía, más peligrosa que ninguna otra conocida, como vislumbró Tocqueville? El proceso que ha llevado hasta aquí exige estudios  serios.