Desgraciadamente, pocas cosas han mejorado en nuestra amada España en los últimos meses. Es cierto: cada vez hay menos contagios por coronavirus y cada vez parece más cerca el final de la pesadilla de la pandemia a nivel mundial. Todo lo demás, al menos sobre la piel de toro, podemos decir que va de mal en peor. En parte, por culpa de este lamentable Gobierno socialcomunista que nos ha tocado padecer, y en parte también por el lastre de cuatro décadas de hacer las cosas rematadamente mal. En contra de España y en contra de la verdad.
 
Solamente en una sociedad profundamente enferma, con esa enfermedad que produce en el alma humana la cercanía al negociado satánico, puede ocurrir que un terrorista como Henri Parot, que ha matado vilmente a casi cuarenta personas inocentes, incluidos niños pequeños, tras ser condenado a más de mil años de cárcel, salga en libertad y vuelva a su pueblo tan tranquilo. No solamente sin temer el ataque virulento de alguna víctima con redaños y carácter, no. Tranquilo, ufano y feliz porque en Mondragón le esperaban cientos, miles de personas dispuestas a homenajearle. A bailar, a cantar, a celebrar el regreso de su hijo pródigo.
 
Finalmente no hubo homenaje, pero no porque lo haya evitado este Gobierno, que por supuesto que no. Ni un juez, ni un delegado del Gobierno, ni desde luego la alcaldesa del municipio, una peneuvista de apellido impronunciable. Nada de eso, los políticos no han hecho nada por evitar esa auténtica aberración que provocó una ola generalizada de indignación desde el pasado lunes. Han sido las propias víctimas del terrorismo, ellas, con su dignidad, con su ejemplo, con su integridad moral, con su valentía, ellas, las víctimas, han evitado el escarnio de ver a esa sanguijuela etarra de Parot convertido en un héroe por las calles de Mondragón.
 
Realmente, hace falta estar muy enfermo. Muy enfermo para poner una bomba en la casa cuartel de Zaragoza donde dormían, por ejemplo, el hermano y las sobrinas de Francisco José Alcaraz la noche del 11 de diciembre de 1987. 250 kilos de amonal en un coche estacionado junto al edificio. 11 personas muertas, entre ellas 5 niñas. Pero, ¿qué adjetivo poner a quienes creen que Parot es un héroe, y no un miserable asesino? ¿Qué decir de todos los políticos que han conseguido, con sus leyes inicuas, que Parot pase entre rejas solamente un año por cada asesinato cometido? ¿Eso vale la vida de una persona inocente, de una niña pequeña? ¿Un año de cárcel? Pues..., para nuestra clase política, así parece.
 
Casi lo de menos es que el homenaje se celebrase o no en Mondragón, porque las calles, como digo, se llenaron de energúmenos proetarras que lanzaron piedras y todo tipo de objetos contundentes contra los españoles que acudieron allí a honrar a las víctimas del asesino Parot. Por algo respetan y honran a un criminal: porque aman la violencia casi tanto como él. La policía autonómica vasca tenía orden de evitar incidentes graves y, sobre todo, que las "provocaciones" de las víctimas del terrorismo pudiesen generar una respuesta desproporcionada. Lo que se dice "el mundo al revés". Los buenos son los malos, y los asesinos son héroes que merecen respeto y admiración.
 
Ustedes, que ya me van conociendo con el paso de los años, saben que en muchas ocasiones les he expresado mi convicción de que ninguna sociedad puede alcanzar la paz, el orden y el progreso sin que haya unas normas morales respetadas por la mayoría. Y al revés. Cuando la única norma es la ausencia de normas, o lo que se conoce por relativismo moral, la consecuencia final siempre, invariablemente, es el desorden, el caos, la violencia..., y a veces la guerra y el hambre. Hoy estamos lejos, por suerte, de lo último. Pero tenemos un panorama político y social muy, pero muy preocupante, seguramente el peor de las últimas décadas, y con clara tendencia a empeorar.
 
Casi nada es casual. Occidente ha decidido darle la espalda a la verdad y al orden moral. Las consecuencias son generales. En España, además, tenemos otros elementos autóctonas que nos convierten en un pequeño gran polvorín. Esperemos que la Providencia, como en tantas ocasiones antes, se apiade de todos nosotros.