La oscura pandemia y el rigor mortis de esta civilización en trance de desaparecer han contribuido al olvido de Joseph Ratzinger, el Papa Emérito. El anciano que reza por el mundo, allí "en lo escondido", desde hace nueve años, cuando decidió dejar la silla de Pedro por razones que sólo él conoce. Alejado voluntariamente de los focos mediáticos hasta que éstos, con evidente vocación luciferina, acuden a buscarle a él.
 
Me dicen mis fuentes vaticanas dos cosas que conviene tener presentes: 1) hay un cisma en la Iglesia Católica, perpetrado fundamentalmente por obispos alemanes "catoprotestantes" (partidarios de la ordenación sacerdotal de mujeres, del "matrimonio gay", etc.), y 2) lo que estamos oyendo en las últimas semanas acerca de BXVI es producto de ese cisma en estado latente. Es una auténtica cacería de Ratzinger, y en concreto no a su persona (por razones evidentes) sino a lo que representa.
 
La carta que ha hecho pública Ratzinger en las últimas horas es, sobre todo, una carta de despedida. En ella, aunque hable de un asunto muy desagradable y triste, se aprecia el deseo del encuentro cercano con Dios, a quien BXVI se refiere como "juez y amigo", es decir, un juez benevolente. A él se encomienda y pide perdón, confiando en que toda su "grandísima culpa" quede borrada por el amor y la misericordia divinas. La carta debería ser leída por todos los cristianos porque es de una humildad conmovedora en quien ha sido cabeza de la Iglesia Universal. 
 
El Papa Emérito se refiere muy brevemente al objeto de la cacería que se ha desencadenado contra él; un error de memoria, por el que pide perdón, y que sus enemigos han aprovechado para acusarle de proteger en el pasado a unos curas pederastas. Nada más lejos de la realidad. En las últimas horas los profesores y doctores Stefan Mückl, Helmuth Pree, Stefan Korta y Carsten Brennecke han negado rotundamente las acusaciones, asegurando que Ratzinger nunca supo de las acusaciones formuladas en su día contra los supuestos pederastas en la Archidiócesis de Múnich. Ratzinger dice sentirse muy dolido por el hecho de que su error haya sido malinterpretado o le deje como un "mentiroso".
 
Ojalá, en el peor de los casos, fuese como Su Santidad cree (con gran candidez e inocencia), pero las hienas sedientas de sangre inocente que están tras su caza no lo presentan como un mentiroso, sino como un encubridor de pederastas. Porque quienes están tras su caza (digámoslo claramente) no creen en Dios, aunque sean obispos y lleven sotana. Son de esa "iglesia del Maligno" a la que se refiere el Apocalipsis, y que indudablemente anticipa la relativa inminencia del final de los tiempos.  Esos cazadores que buscan degollar al cordero inocente saben lo que representan la obra y la memoria de Joseph Ratzinger. Y quieren darle su Cruz y su Gólgota justo antes de rendir cuentas ante Dios.
 
"Por sus obras los conoceréis" nos dijo Cristo. Si quieren saber quién es BXVI, lean sus tres maravillosas encíclicas. Vayan a su trilogía de Jesús de Nazaret. A sus conferencias y homilías, a sus charlas con Peter Seewald. No, no solamente es la luz de Occidente en el siglo XX europeo. También podemos asegurar que cuando llegue el doloroso trance de atravesar el umbral de la muerte, en la plaza de San Pedro habrá otra multitud, como la de 2005, que coreará con fuerza: "¡Santo súbito!". Porque eso exactamente ha tenido la Iglesia Católica con Ratzinger al frente: un Papa sabio y un Papa Santo.