Creo coincidir con amplios sectores de la sociedad española al afirmar que lo ocurrido por la crisis del coronavirus desgastará, y no poco, a los actuales mandatarios, que han dado muestra de una flamante ineficacia (prefiero utilizar el sustantivo a describir las evidentes y numerosas muestras de incapacidad demostrada por el gobierno de Pedro Sánchez y sus colaboradores). Creo coincidir también con amplios sectores de la sociedad española, que es la que nos interesa, si afirmo que si el Ejército se hubiera hecho cargo de la situación, desde los primeros momentos en que se hizo evidente que se trataba de una pandemia de gran calado, el desarrollo de la situación habría sido otro muy distinto al que ha sido, y el resultado para la vida de las personas también.

Creo coincidir con amplios sectores de la sociedad española al considerar que el nombre de Pedro Sánchez ha pasado ya a ser sinónimo de frustración.

Los mecanismos del lenguaje han llevado a los medios a perder el respeto por la vida, y se valora el número de fallecidos como si fueran las cifras de un balance económico, cuando de lo que estamos hablando es de personas. Análogamente, los mecanismos del comportamiento social han propiciado que este encierro que, de una u otra forma ha alterado nuestra vida cotidiana en todos los aspectos, aunque sea por el bien de todos, ha logrado que muchos españoles hayan podido aislarse de la realidad (casi 17.000 fallecidos en el momento de redactar este artículo, a medio día del Domingo de Resurrección, 12 de abril, de 2020), y celebrar a diario una especie de vía de escape con los aplausos hacia los sanitarios y las pocas personas que trabajan, y en otros casos con música como si estuviéramos celebrando una fiesta, ajenos al dolor de cuantos, y no son pocos, han perdido a un familiar en este trance, y, lo que es más doloroso, en las condiciones en que lo han perdido.

Creo coincidir con amplios sectores de la sociedad española si afirmo que echo de menos un líder capaz de mantener la vigilancia permanente a las acciones o inacciones del Gobierno; que nos mantenga erguidos ante el silencio oficial o frente a la pestilente comparecencia oficial, la que invoca un lema distinto cada día; que lleve un aliento de esperanza a los españoles confinados y desprotegidos, porque ni hay test, ni mascarillas, ni los elementos necesarios, aunque llevamos un mes viendo el fracaso de las negociaciones… Echo de menos un dirigente capaz de no plegarse a la diplomacia oficial, que utilice su escaño para dirigirse a los españoles, y no a un presidente que ni le mira a la cara cuando habla, que hace ver que lee y anota, en un gesto que denuncia su claro desinterés, mientras el despotismo iletrado de una fracasada se permite ofrecer el verdadero talante de quien tiende la mano, o sea, el desprecio… echo de menos un líder que recuerde una y otra vez la desidia, el despropósito, el mal hacer aprovechando la situación de estado de alarma, que pone en peligro el principio de propiedad privada, esencial en un estado de libertades; las fallidas gestiones internacionales convertidas en ridículo internacional, la falta de estrategia, la incapacidad para utilizar las facultades de un pueblo capaz y generoso, como ha venido demostrando a lo largo de la historia y que ahora se ve en entredicho, menospreciado y ninguneado por sus representantes y por los mandatarios extranjeros, que lo consideran tan incompetente como sus propios dirigentes. Intolerable que nadie salga a decir a los europeos la realidad.

El cúmulo de desaciertos califican sobradamente de necio al señor Sánchez y a sus socios de gobierno. De unos, los separatistas, ya se esperaba ¿Es razonable confiar en ellos los asuntos de España cuando hacen permanentemente alarde de odio a la Patria? De los otros, de los que adjuró el propio Pedro Sánchez -las hemerotecas y las videotecas están saturadas de ejemplos, sólo un cínico profundo podría dudarlo- sólo cabría esperar la traición, ejercicio con el que parecen estar en permanente comunión. El resultado de esta gestión es, repito, de casi 17.000 personas fallecidas por causa de esta pandemia, fruto del desacierto, de la falta de previsión, de la excesiva lentitud para tomar decisiones, de la toma de decisiones erróneas, de la falta de interés por remediar una situación, del manifiesto egoísmo para protegerse ellos mientras dejaban a los españoles, sanitarios y enfermos, abandonados y sin los medios de protección suficientes…

Creo coincidir con muchos sectores de la sociedad española si afirmo que sobre la pandemia hay aspectos poco claros. Al margen de los bulos cuya propagación ha desdibujado la eficacia de las redes sociales, y sería conveniente que fueran descubiertos los laboratorios en donde nacen tantas barbaridades, la forma en que este virus se ha propagado por el mundo resulta, al menos curioso. Es probable que proceda de algún experimento, como se ha dicho por ahí, y es seguro que va a afectar a la economía, como afirman los expertos, y hasta que cambien las costumbres y las formas de vida. Leía hace unos días una noticia curiosa, la empresa Intel, en colaboración con una universidad e Estados Unidos, habían conseguido desarrollar un algoritmo capaz de detectar los olores. Que una persona que ha perdido el olfato (curiosamente, una de las manifestaciones del COVID 19), pueda volver a recrearse con el aroma de un perfume, de una flor o de un guiso nos lleva a imaginar el hombre biónico. Sin embargo, un simple virus, que ni siquiera es una bacteria, ha paralizado al mundo. No es fácil de explicar.

Creo coincidir con grandes sectores de la población española si digo que la maldad de este gobierno será capaz y ágil en solapar la tremenda tragedia, haciendo posible que los españoles perciban la triste realidad como un mal sueño lejano, al recobrar la libertad de movimientos, haciendo con ello que se diluyan sus responsabilidades, que no son pocas. Por eso echo de menos a un líder, a un político que piense en los españoles y no en las encuestas, ni en estrategias, ni en prebendas…Coincido también con amplios sectores de la sociedad española en pensar que, de momento, carecemos de ese líder y solo nos queda confiar en Jesús resucitado, los que somos creyentes, y en el destino los que no lo son.