Probablemente, el episodio más chusco, decadente, vergonzoso y lamentable de cuantos han ocurrido en el Congreso de los Diputados en los últimos años, sucedió la pasada semana. Un diputado de ERC, Jordi Salvador, escupió al ministro de Asuntos Exteriores, José Borrell, cuando pasaba junto a su escaño, después de que la presidenta del Congreso, Ana Pastor, echara del hemiciclo a Gabriel Rufián ante su actitud chulesca y maleducada. Sus compañeros de grupo parlamentario lo acompañaron fuera, y Salvador decidió comportarse como lo que es cuando llegó al escaño de Borrell.

Hasta ahora, habíamos visto diputados que no se duchan desde la primera comunión, con rastas probablemente llenas de piojos, el Rufián con sus numeritos habituales, un día con unas esposas, otro día con una impresora...Por supuesto, insultos, descalificaciones, un lenguaje barriobajero que avergüenza a cualquiera que conozca la vergüenza. Eso es casi a diario en la sede de la soberanía. Pero lanzar un escupitajo a un ministro, independientemente de cómo sea, es algo que no tiene precedentes, al menos en los últimos cuarenta años. Y que nos remite de nuevo a momentos trágicos de nuestra Historia.
 
Lo primero que es importante decir es que ni Jordi Salvador, ni Gabriel Rufián, ni Juan Tardá, ni ningún otro diputado de ERC, de Bildu, del PDCat, etc., deberían estar sentados en el Parlamento. Por la sencilla razón (perfectamente asumida y aplicada en otros países cercanos al nuestro) de que su ideología lo que busca es la ruptura de la sagrada unidad nacional española. Es decir, son enemigos declarados de la nación española, y desde octubre del año pasado, son también golpistas, esperemos que condenados dentro de poco por el Tribunal Supremo. Por tanto, ninguno de ellos deberían poder entrar en la Carrera de San Jerónimo, y mucho menos tomar la palabra. 

Lo mismo podríamos decir de los diputados de Podemos, del PSOE y de todos los partidos que contribuyen de hecho, con sus palabras y sus actos, a ayudar a los separatistas a lograr sus objetivos. A romper los derechos y libertades de los españoles. A convertir una nación que fue próspera y pujante, que alumbró el mayor de los imperios que ha visto la Humanidad, en un cenagal de corrupción y bajas pasiones, donde los representantes de los ciudadanos se lían a escupitajos en el Congreso en vez de dedicarse a solucionar nuestros problemas, que por cierto se han multiplicado por su culpa. 
 
Puestos a llevar los enfrentamientos políticos más allá de lo razonable, al menos hace unas décadas los caballeros se retaban en la calle, con o sin padrino, y solventaban sus diferencias como lo hacen los hombres, con gallardía y de frente. Ahora, no solamente los políticos son mediocres y vulgares cuando toman la palabra en el hemiciclo, sino que se comportan como gallinas asustadas, escupiendo de perfil y saliendo por piernas, no vaya a ser que el ministro se revuelva y me escupa también. El espectáculo no pudo ser más vergonzoso ni más denigrante, y nos pone ante el espejo de lo que es la España de hoy, por desgracia.

Cuando nuestra nación logre librarse de esta lacra de políticos mendaces y vulgares, cuando en el Parlamento no esté Rufián, ni Tardá, ni los pistoleros etarras blanqueados por la democracia, ni Pablo Iglesias ni Pedro Sánchez, ni todos los traidores que apoyan sus posaderas en esos escaños que pagamos nosotros, cuando en el Parlamento haya hombres de una pieza, como por ejemplo Blas Piñar, de cuyo nacimiento se acaba de cumplir un siglo esta semana, entonces empezaremos a crecer de nuevo. Y no habrá más escupitajos, ni más piojos, ni más inmundicia en la sede de la soberanía, sino ejemplaridad, dignidad y talento. Pero para llegar a eso todavía es necesario que aprendamos una lección.