Arranca un nuevo mes de Mayo, en el que en Madrid, algunos se han empeñado en volver al pasado, y no al heroico Dos de Mayo en el que el pueblo de forma espontánea se rebeló contra las imposiciones de un visionario mesiánico que se había propuesto llevar a Europa a una nueva normalidad, la suya. No contaba con que el pueblo madrileño, y tras el mismo, todo el pueblo español, no estaba dispuesto a perder sus tradiciones, su estilo de vida, su religión y hasta sus reyes, todo lo que, para bien o para mal, constituye el sello, el marchamo a fuego de ser y sentirse español. Su identidad.

No, ahora los nuevos iluminados regresan e invocan a otro pasado más reciente. Vuelven al manido “no pasarán”. Se supone que los que no tendrían que pasar son los fascistas, ya que los inmaculados comunistas, que nunca han cometido ninguna acción deplorable ( espero que se aprecie el tono irónico) están de nuevo ahí, dispuestos a impedirlo, primero se supone que recurriendo a cauces democráticos, aunque tengan que acudir a cualquier recurso, pacífico o no, moral o no, para conseguir revertir lo que todos los pronósticos vaticinan como una derrota. Para ello, el fin justifica el empleo de cualquier medio. Y lo que es peor, y ha de causar más preocupación, mucho es de temer que, si así no lo consiguieran, intentarán tomar el cielo al asalto, incendiando las calles, mandando a sus hordas de descerebrados, como tropas de asalto, lanzándolos contra el odio que representan los contrarios que no piensan como ellos y a los que denominan fascistas. Ello que son los que utilizan la violencia y el odio como una herramienta política que complementa la de la hipocresía, alienación, mentira, el engaño… que eso sí, les funciona estupendamente entre los suyos, incluyendo los medios de información que les rinden pleitesía, aunque no a coste cero precisamente.

Estamos, pues en el umbral de un momento histórico, siendo de desear que el pueblo madrileño ante todo viva  el presente, en libertad y sin dejarse llevar ni arrastar a ningún pasado, salvo en lo que suponga recordar gestas heroicas en las que entre la elección de entre la España o la pared, ese pueblo eligió jugársela y decir que apostaba por España , la suya, la que a nadie se  le puede conceder crédito alguno para que venga a cambiarla.