El durísimo recuerdo de la tortura y asesinato de un hijo hace que muchos eviten en lo posible la remembranza de un sufrimiento injusto, causado por quien basó su vida en el escarnio por rencor de un equivocado odio y envidia, de clase y de memoria, aunque la lucha de clases feneció con las prósperas clases medias, y una tergiversada memoria incómoda, alimento ideológico de quien no aceptó la historia ni la reconciliación de nuestros mayores, únicos protagonistas y culpables de la guerra civil, quienes tras perdonarse aquella matanza que causaron en el 36, legaron como regalo postrero para sus hijos y nietos, el perdón de la concordia hacia una democracia sin deudas que el mundo admirado aplaudió.

A 40 años del aquel abrazo de Vergara, esta España de todos tiene pendiente un aplauso que atrone las cortes, remueva conciencias y arranque máscaras de falsos demócratas de hemiciclo, para con quienes confiaron en una justicia que no fue, sin caer en el rencor de la venganza facil, alimentó de aquellos pistoleros por la espalda, que sabiéndose minoria rechazaron la democracia para imponer con sangre su voluntad nazional sozialista mediante secuestros, torturas, chantajes, tiros en la nuca, descuartizamientos y quema de seres humanos vivos, invocando hipócritamente los derechos humanos, la democracia y libertad.

Por eso, da esperanzas volver a oír una voz clara y sincera clamando justicia a quien se jacta orgulloso de ser hijo de un terrorista del FRAP, y hoy es socio del partido que defiende a los pistoleros de ETA, banda de la que fue su contacto en Madrid.

Son quienes distraen la realidad inventando nuevas causas con la cínica ley de violencia de género, o abriendo viejas heridas con la cainita ley de memoria histórica, enterrando en el olvido los casi 400 asesinatos sin aclarar - hay que pasar página, dicen - mientras abren agitando viejas páginas de la memoria de una guerra incivil que no se cansó de pedir el golpista y antecesor de Pedro Sànchez como secretario general del PSOE, buscando liquidar, ayer como hoy, la concordia entre españoles, hacia la unión de repúblicas socialistas ibéricas, hoy la federación de autonomías de Sánchez.

Salva desenmascaró como los violentos dictan la nueva normalidad del blanqueamiento de sus asesinos comunistas, hoy llamados hombres de paz, haciendo real lo anunciado por el PSOE en 1934. 

"... la clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la Revolución". 

Y como Gil Robles, tampoco Salva subió contento al estrado. Aquel aciago 16 de junio, Robles denunció el vil secuestro y asesinato de Calvo Sotelo de dos tiros en la nuca, que desató definitivamente aquella guerra reclamada insistentemente por el PSOE. La denuncia de Salva en su primera intervención en cortes recordando el asesinato de un hijo, quemado vivo por los amigos comunistas de Pablo Iglesias sentados en el congreso, recuerda que los responsables del asesinato de su hijo no han sido juzgados y cuya memoria y justicia viene a exigir como buen padre.

El vicepresidente debería colaborar con la justicia empeñandose en que sus socios políticos aclaren los 400 asesinatos no juzgados, en aras de que la concordia heredada no acabe derogada como parecen buscar, y la infinita paciencia de hombres justos como Salva, que confiaron en la concordia, la democracia y la justicia, terminen por comprender lo que mis abuelos entendieron en el 36: "Media España no se resigna a morir"

Decía Enrique III de Castilla "Temo mas las lagrimas de mi pueblo que las armas de mis enemigos" y acertaba, pues sin justicia viene el desafuero y de este el conflicto civil que algunos, educados en las tesis marxistas, creen necesario; de la lucha de clases a la lucha de sexos. 

Confiemos que los españoles tengan fresca en la memoria que la justicia social prometida era el chalet burgués de Galapagar, su libertad de expresión era el "jarabe democrático" que hoy rechazan para sí, y la tiránica mediocridad de su falso igualitarismo impuesto, es siempre la pobreza que acarrea reintentar el experimento sociológico marxista, que como Orwell narro, re escribe la historia para derribar la civilización desde la mentira, para edificar una nueva sociedad teorizada por quienes siempre que la llevaron a la práctica fracasaron, desde Owen hasta el marques de Galapagar.

"Nunca premies a mediocres con una vida plácida si no vas a renunciar a tus principios. Te apuñalaran para mantenerla"