La palabra, el lenguaje, es una de las primeras cosas que se corrompe cuando llega la decadencia de los pueblos y de los imperios. Corromper las palabras equivale a corromper y manipular el pensamiento, lo cual conduce sin duda al control y manejo de las personas. Los promotores de las ideologías aberrantes del siglo XX sabían muy bien que para poder engatusar a las masas con sus mentiras, era necesario primero resetear los cerebelos, cambiar los principios y valores inmutables, y hacer con sus creencias religiosas una papilla de lugares comunes que equivaliese a la nada.
 
Es así como el relativismo ha ido ganando terreno en el último siglo y de un modo más notable en los últimos cuarenta años, siendo hoy, sin duda alguna, la religión atea dominante en todo el mundo. De él se han servido y se siguen sirviendo todos los partidos políticos para hacer de sus programas electorales un pupurrí de obviedades y niñerías, ocurrencias e ideas que jamás hubiese tenido "el que asó la manteca". Globalismo 5.0, masonería a tutiplén, agnosticismo con ramalazos de superstición, un ateísmo anticlerical repugnante y, en fin, todo lo que el sistema progre-liberal necesita para poder perpetuar un poder que ya es omnímodo, intocable. Un poder verdaderamente totalitario.
 
A nadie que esté mínimamente advertido de estas cosas elementales debería sorprender que el discurso navideño del rey, ahora Felipe VI y antes Juan Carlos I, sea siempre, de manera invariable, un potaje de palabritas biensonantes, completamente vacías de significado, a no ser el significado de lo políticamente correcto. Discursos que escriben expertos en ese lenguaje sistémico a los que solamente se les pide una cosa: que nunca escriban una sola verdad. Que se acomoden al statu quo, que sean respetuosos con quienes están empujando a los ciudadanos al hambre y la desesperación, y que, en definitiva, no pisen ningún callo ni provoquen ninguna indigestión de langostinos y cordero asado.
 
El discurso del rey, ahora Felipe VI y antes J.C.I, sale de una sórdida alianza secreta entre La Moncloa y la Casa Real, y digo "sórdida" en su acepción de "maliciosa". Porque apañar ese texto consensuado por el poder ejecutivo, sin que el pueblo sepa en qué condiciones ha sido acordado, y sobre todo, mintiendo burdamente sobre la realidad que soportan los españoles, parece evidente que es algo bastante sórdido. Incluso sería comprensible que muchos ciudadanos apagasen el televisor al comprobar que su día a día, sus problemas, el caos que les rodea, esta pandemia gestionada no sólo con torpeza sino con mala fé, un mercado laboral que ha empujado a cientos de miles de personas al limbo del paro o la miseria, nada de todo eso parecía preocupar al primero de los españoles.
 
A Felipe VI, esta Nochebuena, le faltó ponerse un suéter pidiendo el voto para Pedro Sánchez, al que hizo poco menos que artífice de haber podido resistir todas las embestidas del cruel destino a base de tesón y astucia. Convirtiéndole en el capitán que necesita el pueblo español para poder remar unido en la buena dirección, cuando Sánchez sería, siguiendo esta metáfora, el pirata que roba el barco y lo conduce mar adentro, hacia una isla desierta, donde poderlo desvalijar. No le pedimos al rey de España que señale a un presidente ilegítimo y felón como lo que es, pues ya nos hacemos cargo de que la Constitución se lo impide; pero al menos, majestad, no nos pinte de salvador a quien es nuestra principal condena.
 
Esa llamada puramente retórica a la unidad sería hermosa si por ejemplo él, como jefe mayor de los ejércitos, abanderase la lucha contra el golpe de Estado institucional que desde hace varios años se viene perpetrando en Cataluña contra la sagrada unidad de España, con la complicidad de los inquilinos del Palacio de la Moncloa. Pero no. Ni a Felipe VI parece importarle mucho ese golpe de Estado permanente, ni parece reparar en que el propio presidente del Gobierno está gobernando con la ayuda de los golpistas, ni tampoco que el Partido Comunista, enemigo secular de España y de la monarquía, dirige la mayoría de políticas sociales y económicas del Ejecutivo. Al menos, eso deducimos del discurso de Nochebuena.
 
"Corrompan las palabras para poder manipular las almas y se quedarán de paso con sus derechos y libertades". El abc del marxismo y del liberalismo rampantes. Mientras nacía el Verbo en un pesebre, y con Él la salvación del mundo, éste, el mundo, sigue recorriendo el camino de la mentira, el que construyó el Maligno para nosotros. A España y a los españoles no nos ayudarán discursos globalistas para mayor gloria de este Gobierno del caos; muy al contrario, nos ayudará la respuesta, quién sabe si airada, de quienes quizá ya no tengan ganas de seguir soportando que les tomen el pelo.