Debemos recordar la amistad entre Federico García Lorca y José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, así como la nota que éste envió al primero en un restaurante, sentados en distintas mesas, “¿no crees que con vuestros monos azules y nuestras camisas azules podríamos hacer una España mejor?”.

*Los monos que vestían los miembros de La barraca, la compañía teatral de Lorca, eran azules. Las camisas de los uniformes de Falange, eran también azules.

 

Ya no se educa, porque ambos padres tienen que pasar doce horas fuera de casa trabajando para poder comer. Si no eres educado, no puedes ser enseñado en el colegio; un profesor no puede hacer su trabajo (con treinta alumnos, cuando el límite de la eficiencia es doce) y además el de los padres: éste es sagrado e insustituible.

No se educa, por lo tanto, no se puede enseñar. Nunca ha habido tantos analfabetos funcionales como en la actualidad, y tan poco respeto por la Cultura y las buenas formas. Prolifera la vulgaridad y la informalidad (porque cuanto más bajo, mejor).

 

En ausencia doméstica de los padres, los niños pasan sus años formativos frente a la pantalla, que les nutre de mensajes esperpénticos, hipersexuales, y epítome de la banalidad. Esas pantallas transmiten la idea de que todo ha de ser circense, fácil, rápido y divertido. Y a todo lo que se aleje de ese pensamiento único, se le lanza el insulto modelo: facha.

Los ministros españoles socialistas, eternos defensores de la educación pública, invariablemente han enviado a sus vástagos a centros educativos no sólo privados, sino a aquellos que se encuentran entre los más elitistas de España. Viva el izquierdismo, la igualdad.

Los colegios e institutos siempre han sido latas de sardinas, hoy son además centros de menores y guarderías. A causa del salvajismo general de la población, parece que uno ha de posar un cuchillo sobre el pupitre para generar miedo y lograr así no ser asaltado. Nunca antes se ha incluido con tanta frecuencia la palabra respeto en los murales de los colegios, y nunca se han producido en ellos tantos ataques, verbales y físicos. Los gánsteres se forjan en las aulas.

Quince años de centro educativo son estériles, en tiempo y dinero, porque los requisitos no se cumplen, y porque magisterio (los problemas de la secundaria se originan en primaria) sigue siendo una carrera maría; cuando su acceso y estudio sean igual de exigentes que Medicina, la situación comenzará a cambiar. Cuando el número de alumnos por clase sea de doce en lugar de treinta, cuando el maestro pueda dedicar a cada niño el tiempo que merece y necesita, la situación comenzará a cambiar. Cuando los maestros y profesores vuelvan a ser figuras de autoridad... El respeto y la cadena de mando se aprenden en casa, como el orden, la disciplina, y el trabajo duro. Cuando los padres permitan a enseñantes exigir, en comportamiento y contenido académico, la situación comenzará a cambiar. Porque las cosas, desde párvulos hasta la muerte, no se hacen como apetezca, sino de una forma determinada; o la aprendes y aplicas, o quedas fuera de la sociedad.

Cuando los padres y profesores vuelvan a inculcar el valor del esfuerzo, la sociedad tendrá una oportunidad. Sin sudor no se consigue nada valioso. Desafortunadamente, parece que reconocer al que quiere lograr algo para sí y la sociedad que habita, explícitamente celebrar la inteligencia y el esfuerzo en el aula, supone un agravio para los tontos y los vagos. Esa mentalidad, así como la falta de medios, formación y ganas de trabajar por parte de algunos profesores, es la causa por la que muchos alumnos con altas capacidades son abandonados, porque en España destacar no está bien visto. Y la envidia es el deporte nacional.

Se permite que analfabetos cuenten con título bajo el brazo, porque los colegios públicos y concertados mantienen el chiringuito abierto gracias a los ingresos que cada alumno en curso nuevo supone. Pasas de curso aunque no sepas hacer la o con un canuto. La ley, la dirección y los padres no dejan a los profesores hacer su trabajo, formar, y no permitir que llegue a ningún lugar de la sociedad una persona sin forjar, un tonto o un vago. Pero todos somos iguales. Por eso hoy en el supermercado he escuchado a un hombre español preguntar a otro qué significa cincuenta por ciento. Ese conjunto de constantes vitales se reproduce, y vota.

Hasta los años 90, para terminar la educación secundaria uno debía trabajar arduamente, cultivar el valor del esfuerzo, de la adherencia a unas normas, y aprender a respetar la autoridad: el profesor. Porque de lo contrario eran expulsados, y como algo querían conseguir, un precio debían pagar. Hoy la figura del profesor es similar a un monigote, un tontaina a quien tomar el pelo y vapulear, jóvenes y padres. Porque los nenes y los papis tienen derecho a expresarse, porque es inaceptable que se pida al "alumno" abrir un libro a cambio de un aprobado: todo ha de regalarse, calentar la silla ha de premiarse.

Se llega a la universidad siendo analfabeto funcional, ridículamente infantilizado, sin saber vestir como un adulto digno, sentarse con la espalda recta, y tratar a un catedrático con el respeto que merece, porque no es tu compañero de borrachera, y porque es un representante de la cúpula del saber, la Universidad, que dado el ambiente de instituto que padece, uno en ocasiones la menciona por escrito con minúscula. Yo entro en clase cuando quiero, por supuesto sin llamar a la puerta, que he pagao y tú a mí no me puedes decir lo que tengo que hacer. Vamos, hombre.

Año tras año los catedráticos denuncian que los "alumnos" (abonar tasas de matrícula no te convierte en tal) no saben escribir. Aunque para qué aprender los mecanismos que rigen el funcionamiento de una lengua, si ya lo hace una máquina por ti.

 Con diez años se enseña a los niños economía, informática y LGTB (cuando la mayoría ni siquiera sabe qué significa que otra persona te guste), con 18 no conocen su lengua, no son capaces de elaborar una oración, y tras quince años de clases públicas y privadas de inglés, aún no son capaces de mantener una conversación en inglés, si bien dominan los tacos y el léxico sexual. Por eso algunos proponen que las clases de inglés empiecen en la guardería en lugar de en el parvulario. Seguro que ésa es la solución.

Carlos Rodríguez es el joven que en selectividad obtuvo la calificación más alta de la nación en 2019, 14 sobre 14 (y va a estudiar Dramaturgia, no informática ni economía). Debería haber abierto los telediarios, pero eso en España no se hace porque los mediocres se ofenden. Nos estamos pudriendo desde dentro, debilitando de manera irreversible. El mayor enemigo de España no son los ilegales ni la contaminación: son los españoles.

Deberíamos ser seguidores o admiradores de Carlos Rodríguez. En su lugar, nosotros, tan modernos y despreciativos hacia lo humanístico, emulamos una vez más a los clásicos sintiendo la imperiosa necesidad de contar con ídolos. Nuestras hormonas escogen aleatoriamente aquella imagen que nos cause una reacción emocional (como el enamoramiento), que nos haga sentir. Porque vivir como un adicto, un esclavo de las bajas pasiones, cuesta menos que trascender, elevarnos al raciocinio. Pensar cansa. Mejor ver el enésimo vídeo, que nos hipnotice.

Productos prefabricados ocupan ahora el palco de honor. Mientras hablamos de igualdad, perfeccionamos la reverencia y la idolatría. Deberíamos tomar como modelo a seguir no a un golpeador de pelotas profesional sino a la estadounidense Helen Keller, que llegó a la universidad siendo ciega y sorda. O al doctor español Bonaventura Clotet, cabeza de la investigación contra el sida en nuestro país. Él es una excepción, los grandes cerebros dejan España atrás, porque están cansados del desprecio, de ser ignorados, y se acercan a quien bien les trata. Iberia ingrata...

 

Si hablamos de libros escolares (absurdamente llamados "de texto"): ¿quién ordena que se redacten así? Menguan cada año y parecen destinados a chimpancés: son un compendio de oraciones cortas inconexas, que no forman un texto, un corpus de conocimiento. No se requiere hacer esfuerzo de comprensión lectora, porque el escrito ya está trabajado, todas las palabras clave resaltadas, esquemas adjuntados. El léxico utilizado en libros de bachillerato es tan básico y limitado que parece destinado a primaria. Por supuesto, todo acompañado de muchos dibujos, de trazado infantil, para que el "alumno" no se asuste y no vaya a pensar que acceder al saber requiere esfuerzo.

En los libros escolares existen mentiras manifiestas, en otros casos indirectas, se incurre en ellas cuando el párrafo se simplifica; una vez superada la primaria, no existen verdades absolutas ni simples, y son los libros escolares los primeros que han de enseñar esto. Pero como todo ha de ser fácil y divertido, se generaliza y se utiliza vocabulario elemental, lo cual hace desaparecer la posibilidad de aprendizaje, porque el texto no dice nada. En libros de no ficción para adultos también se cae en estas simplificaciones, como en esa insultante colección de materias varias "para tontos" (dummies). El colmo ha sido incluir el adjetivo fácil en la portada de más de un libro para adultos que pretende transmitir conocimiento. En un libro de naturaleza y público parecidos editado en los años 60, en la contraportada se indicaba que el contenido que albergaba era "para todas las inteligencias". Ciertamente, no todos somos iguales.

 

Es inusual toparse con un largometraje o serial históricos que tengan alguna relación con el pasado: en la película María, reina de Escocia (Josie Rourke, 2018) se muestra a un hombre negro moviéndose con naturalidad en la corte isabelina. Claro. Y a ambos personajes protagonistas, mujeres, con un comportamiento propio de finales del siglo XX. Regreso al futuro. La mayoría de productos audiovisuales históricos son una mera invención con algún elemento que vagamente refiere el pasado: el léxico es actual, la locución de los actores arrabalera, su lenguaje corporal y el protocolo seguido, decepcionantemente modernos. ¿Cuál es la justificación? Que el público se “identifique”. Bendita identificación, la forma más baja de apreciación del arte. En lugar de poner a los analfabetos una chincheta en el culo y empujarlos a la biblioteca para que se eleven, se deforma la historia impunemente o se escupe sobre una obra literaria. Ambas se colocan a la altura del fango, para que la muchedumbre pueda “acceder” a ellas, cuando en realidad tal cosa es imposible: se les vende contrachapado por madera maciza. Para descubrir el engaño hay que pensar, y para denunciarlo es necesario tener criterio. Es cansado, mejor tragar e idiotizarnos.

Lawrence Olivier era actor, la mayoría se gana la vida como actor. Las pantallas españolas están tomadas por aspirantes que se llenan la boca con nombres de profesores y escuelas de Nueva York y Londres… pero yo siempre les veo hacer los mismos gestos y no llegar a dominar el arte de la vocalización. Las comedias españolas suponen un insulto a mi inteligencia (puede que por eso tengan tanto éxito en España, hora y media de mamarrachada tras mamarrachada). Los dramas causan risa, y la actuación de los intérpretes que no saben dejar de interpretarse a sí mismos resulta menos creíble que el concepto de igualdad.

Cuando los actores se manifiestan porque quieren que las subvenciones que les mantienen aumenten (no cuentan con suficiente público para vivir de su trabajo), el ministro pierde el culo por salir en la foto, y no hay medio de comunicación que no acuda al jolgorio. Cuando los mineros se manifiestan, tres cuartos de lo mismo. A una concentración de agricultores no asiste ni el tato, porque eso del campo no es guay, no existe pantalla ni rollo progre de por medio. Mejor hacer verter la leche española por el desagüe y comprarla a Francia, porque gabachos y españoles siempre nos hemos querido mucho. Hay que ser progre, verde, hay que agachar la cabeza ante Bruselas, por lo tanto, se cierran las minas del noroeste de España. Procedemos a comprar carbón a Marruecos, donde trabajadores y mujeres viven en un paraíso. Porque España es coherente con política nacional y exterior. 

Féminas… feminismo… Ay. El feminismo consiste en que una mujer sea valorada por su intelecto, su personalidad, y su moral, no por el trozo de carne que conforme su exterior. En una sociedad tan superficial y sexualizada como la nuestra, el feminismo no existe. Se ha destrozado el movimiento y se ha convertido en lo contrario, una excusa para ser vulgar, irreverente, atacar a los hombres por el hecho de serlo, y sacar dinero. Si Emmeline Pankhurst levantase la cabeza, prendería fuego a aquellos y aquellas que han prostituido y tergiversado su discurso. Ella era una señora, una ciudadana culta, con idealismo y audacia (hoy sale gratis salir a la calle, y sólo es una excusa más para perder un día de clase). Emmeline Pankurst no necesitaba enseñar la aréola en una iglesia ni hablar de vulvas liberadas para tallar su nombre en los libros de historia. Siempre se mostró elegantemente ataviada (porque sentía respeto por sí misma y los demás), y se expresó con elocuencia y formalidad, porque tenía la capacidad de arrancar la piel al enemigo sin pronunciar un insulto o palabra malsonante. Ella estaba por encima de semejantes bajezas, porque era una señora, un cerebro y un corazón, un discurso propio y sólido. Emmeline Pankhurst fue una mujer inquebrantable, digna.

Antes de manchar el movimiento feminista, esas individuas que parecen creer que ser activista es dejar letras en una pantalla y ser agresivas, chabacanas y desdeñosas, deberían pasar unos años estudiando la figura histórica y los escritos de Mary Wollstonecraft en versión original, Concepción Arenal, María de Maeztu, María Zambrano, Clara Campoamor, Dolores Ibárruri, y Federica Montseny (quien afirmaba “feminismo jamás, humanismo siempre”). También deberían dedicar horas a reflexionar sobre lo que supuso para la causa el suicidio de Emily Davison y la aparentemente discordante postura de Victoria Kent en contra del voto femenino, cuya denuncia causó a Emmeline Panhurst convivir con ratas en la cárcel en más de una ocasión, y ser allí alimentada a la fuerza, práctica que dejó en su cuerpo secuelas de por vida. Salió de prisión, y continuó la lucha. Porque era una verdadera creyente. Hoy sus descendientes no piden al gobierno inglés que les regale dinero para “compensar” el daño causado, porque ella también usó la violencia para defender su causa, y porque todos somos hijos de nuestro tiempo.

Pero adquirir bases intelectuales, ofrecer un barniz de respetabilidad a tu causa, habitar la biblioteca unos años, es pesado y aburrido, mejor salir a la calle y berrear, molestar a los vecinos y comercios y dificultar el tráfico. Nunca hemos visto a Amelia Valcárcel, filósofa española especializada en feminismo, ocupando la vía pública como si fuese un mercado de ganado.

 

Como en el siglo XXI el feminismo gobierna, presenciamos un fenómeno inaudito en la historia: una horda de hombres adolescentes y adultos que, dado que respetan a las mujeres, les solicitan con naturalidad y ligereza material pornográfico propio. Las niñas/mujeres ceden porque, como están tan liberadas, opositan a putas, y como son tan fuertes e independientes, tienen miedo de que, si no ceden a la petición, el hombre dejará de prestarle atención.

Muchas de esas mujeres, por supuesto incluyendo actrices, que se llenan la boca y ocupan portadas y titulares con el feminismo, han conseguido avances profesionales tumbándose de espaldas o poniéndose de rodillas. Incluso metiéndose en la cama de depredadores sexuales: algunas de las mujeres que han denunciado por violación o acoso sexual a Harvey Weinstein, aparecen en fotografías tomadas hace unos años, a su lado, posando sonrientes.

Si una mujer acude a una comisaría de policía con marcas en el cuerpo y afirma haber sido causadas por su pareja, un hombre, él no duerme en casa esa noche (¿qué ocurriría si su pareja fuese una mujer?). Si un hombre acusa a una mujer de maltrato, espera, no vamos a creer lo primero que se dice, mejor seamos cautos y profesionales e investiguemos primero.

Que la mayoría de denuncias por violencia doméstica (porque el machismo sólo es uno de los motivos por los que se practica dicha violencia) sean interpuestas por mujeres, no quiere decir que no existan hombres maltratados emocional y físicamente por sus parejas mujeres. Estos hombres necesitan el mismo apoyo psicológico y merecen la misma defensa legal que sus homólogas femeninas. Las denuncias falsas también son una minoría, y aun así deben ser recurridas, porque los hombres sobre las que recaen ven su vida arruinada, económica y socialmente. Aunque hoy en España no se exigen responsabilidades.

 Si un hombre persigue a una mujer por la calle, ella puede denunciarle por acoso. Si el hombre porta una cámara en las manos, es legal. Con la firma del contrato de una película o serie o la aparición no voluntaria en un medio de comunicación, viene adherido el derecho no escrito a que la chusma de periodistas y fotógrafos esperen a una mujer a la puerta de su trabajo a las dos del mediodía o club nocturno a las dos de la madrugada para meterle una cámara en la cara o bajo la falda (esto último denunciado por la actriz inglesa Keira Knightley), lanzando comentarios lacerantes para captar una posible instantánea de su reacción violenta, porque valdrá miles de euros. El acoso y provocación se produce durante veinte minutos hasta que la mujer llega a casa. A la mañana siguiente, en la puerta encontrará a las mismas personas, con la misma intención. Esa invasión y asalto se produce para miles de mujeres cada día, durante años, en cada ocasión que pisan la vía pública. Sin consecuencias.

No recuerdo a ninguna feminazi denunciando esa situación. Las mismas que me acusan de conservadora (ignorando que comparto algunas ideas con el discurso oficial de la extrema izquierda) y no liberada por vestir de manera decente y cubriendo mi cuerpo, por motivos de estética e higiene. Dado que mi cuerpo es mío (argumento que ellas utilizan para defender otras causas) y conozco mi valor como ser humano, no lo comparto con la masa, con cualquiera que desee echar un vistazo. 

 

La sociedad soslaya la autodestrucción, la anarquía, no respetando la autoridad, que se fundamenta en tres pilares: padres, profesores y policía. Una sociedad se condena al caos cuando el cuerpo de hombres y mujeres que hacen valer la ley en la calle y cuidan del orden y seguridad en ellas, no es reconocido y valorado, incluso es vergonzosamente desestimado. La infamia llega cuando los ciudadanos, incluyendo políticos, les dan la espalda y les humillan.

Pese a la vejación, civiles continúan convirtiéndose en militares, y exponiéndose a no volver de las misiones con vida, o a hacerlo mutilados. Aunque su cuerpo llegue íntegro, una parte de su alma no suele tomar el avión, se queda en el lugar en que se han arriesgado a que les vuelen las pelotas para que España no sea una nación vulnerable a amenazas internacionales, para que personas como yo podamos leer en casa en silencio al abrigo de la calefacción o el aire acondicionado, mientras ellos se enfrentan a la inmundicia del mundo. 

Los policías y militares contemplan cada día situaciones que la población civil no verá en su vida, y si llegan a conocerlas una vez, pasarán años en terapia. Para el monumento a la nación de naciones hubo partida económica, para servicios de salud mental de fuerzas seguridad, para que sus miembros no se coman la pistola a causa del tormento que supone su vida laboral, apenas hay fondos.

Cuando hombres jóvenes, hombres valientes, que conocen el significado del esfuerzo, la disciplina y el compañerismo, acudieron al noreste de España a defender lo jurado, la defensa de la Constitución, les entregaron como material de trabajo pelotas de goma, que después de utilizar debían recoger, como niños buenos, porque no hay dinero para hacer un pedido nuevo. Mientras, los santos héroes de la independencia aldeana les lanzan piedras, ácido a la cara, y lavadoras desde azoteas de edificios. Casi matan a Iván Álvarez, agente de la Unidad de Intervención Policial. Él y sus compañeros cobraron por arriesgar la vida 15 € la hora, durmieron la noche anterior en un barco de nombre denigrante y comieron de lata. Mientras, los presos tienen derecho a una alimentación digna. El actual presidente de gobierno que envió desprotegidos a esos hombres jóvenes para que se enfrentaran a terroristas, lució el día que visitó la zona un traje antibalas de 150.000 €. Qué valiente. En EE.UU. existe el movimiento Blue Lives Matter, las vidas de los policías importan. Esa usanza no cruzará el océano.

El cocinero Alberto Chicote, en mayo de 2019, denunció que en cuarteles militares españoles se sirve tortilla de patatas con moho, comida gusanada, y fruta podrida. El cocinero recibió esta información de mano de soldados, que se vieron obligados a mantener el anonimato para no ser acusados de traición. España, siempre humillando y atacando a los que la defienden. Miembros de las Fuerzas de Seguridad han sufrido desmayos durante los entrenamientos por insuficiencia alimentaria, y en Burgos han pasado más de un invierno durmiendo sin calefacción. Por supuesto, en los centros de ilegales la caldera siempre funciona a pleno rendimiento.

Parece que los militares españoles son ajenos a España. Nadie se entera cuando regresan de misiones, donde se han dedicado, por ejemplo, a estabilizar la situación política en distintas zonas de África para que sus habitantes, desesperados por sobrevivir, no protagonicen nuevas invasiones a nuestra nación.

En EE.UU. su regreso abre informativos, en España eso no ocurre ni en nuestros sueños más salvajes. Si se realiza una mención, pequeña y aséptica, no vaya a ofenderse alguien. Los mismos defensores de la libertad de expresión que censuran aquello que les causa picor, que desprecian como forma de vida todo lo que calce uniforme (excepto los barrenderos), cuando quedan atrapados en la nieve llaman a la Unidad Militar de Emergencias. ¿Qué hacen estos hombres entonces? Cumplir con su obligación. Por España, pese a España.

¿Qué tiene que ocurrir para que se produzca un giro radical, cuándo despertaremos del buenismo, de la droga progre y empezaremos a defendernos con uñas y dientes, con orgullosa mano dura, de los ataques extranjeros, de todo aquello que vulnere la unión y fortaleza de la patria?

 

Éste es mi pensamiento y corazón hechos tinta. Los progres censurarán mis palabras y me condenarán al infierno en el que no creen, porque no se puede consentir que alguien piense y se aleje de la dictadura moderna.