Juan Carlos se comportó desde la transición como el típico socialista corrupto, embustero y sexualmente golfo. Sin embargo el PSOE y compañía se la tienen jurada, a pesar de la sumisión indigna del monarca, que llegó a firmar una ley de “memoria” que deslegitima a la monarquía. Conviene recordar algo que explicó Zapatero: el PSOE nunca había reconocido la monarquía, sino solo a Juan Carlos, porque no podía hacer otra cosa. Y ahora se ceba en él, junto con los comunistas y separatistas, utilizándolo cono ariete contra la institución monárquica y acusándole precisamente de corrupción, oficio en el que son maestros todos ellos.  Porque el problema, el enorme problema del que el sucesor de Juan Carlos quiere hacerse el desentendido, es que la monarquía se autoliquidó en 1931, y si ha vuelto ha sido por decisión de Franco. Este es su pecado mortal que los corruptos socialistas y sus compinches, derrotados por el Caudillo,  no perdonarán nunca. Como ven, la cuestión clave de la  democracia en España es siempre la de Franco. 
Algunos acusan estúpidamente  a Franco por haber nombrado a alguien como Juan Carlos en lugar de a otro, como si aquel pudiera prever cómo evolucionaría el elemento. Franco procuró darle una educación elevada y española. Le salió un socialista, como digo, pero estas cosas suceden a menudo en la historia, es imposible preverlas.
El gran problema: ¿será posible detener el empuje de izquierdas y separatistas a repetir una II República y un frente popular? Lo que observamos es, precisamente, que la monarquía se allana a las humillaciones y ataques que constantemente sufre. A la transcendental firma de la ley de memoria por Juan Carlos le ha sucedido otro suceso no menos histórico, la colaboración, con el silencio, en la profanación de la tumba de Franco. Y, como en 1931, será imposible defender la monarquía si ella colabora con sus enterradores.