Para poner en contexto lo que luego diré transcribo dos artículos de la Constitución española (C.E.) que todo el mundo conoce o debería conocer:

Artículo 8.1: “Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”.

Artículo 1.3: “La forma política del Estado Español es la Monarquía parlamentaria

El asalto frontal contra la monarquía y el indisimulado intento de ciertos partidos con representación parlamentaria de cargársela por cualquier medio para sustituirla por una república (plurinacional, socialista y bolivariana) es un evidente y obsceno ataque contra el ordenamiento constitucional vigente y, específicamente, contra el Art. 1.3 antes transcrito.

Las Fuerzas Armadas (FF.AA.) tienen como una de sus misiones (obligaciones) defender el ordenamiento constitucional vigente (Art. 8.1), ergo tienen la obligación ineludible, por mandato constitucional, de defender la Monarquía parlamentaria. Además de lo anterior, y por si fuera poco, el Rey es el mando supremo de las FF.AA. (Art. 62 de la C.E.), por lo que existe un doble motivo para que las FF.AA. no permitan ningún ataque contra la figura del Rey, representante máximo de la Monarquía parlamentaria.

Juan Carlos de Borbón, al que están acosando, humillando y maltratando de forma inmisericorde, conserva legalmente el título de Rey, permanece como miembro de la Familia Real (R.D. 470/2014) y sigue siendo Capitán General (R). Todos los militares profesionales, suboficiales, oficiales, jefes y generales que recibieron el despacho antes de del 19 de junio de 2014, esto es, la gran mayoría de los que están en activo, juraron (o prometieron) lealtad precisamente a Juan Carlos de Borbón, que como se ha dicho sigue conservando el título de Rey, aparte de que durante cerca de cuatro décadas se han hartado de dar ‘vivas’ a ese Rey y, en no pocos casos, han perdido el culo por agasajarle y ganarse su favor.

¿Qué han hecho por él en estos últimos tiempos? Salvo honrosas excepciones, todas ellas de efectivos retirados o en la reserva, NADA DE NADA. Asistir como silentes espectadores al linchamiento público de la persona a la que juraron lealtad y al ataque descarado a la Institución que, por mandato constitucional, han jurado defender.

La carrera militar es una carrera durísima, lo sé muy bien por personas muy próximas a mí. Desde el mismo ingreso en la correspondiente academia militar, una oposición en toda regla, pasando por el sacrificio personal y familiar que suponen los sucesivos destinos, las misiones en el extranjero y todas las servidumbres que deben asumir, hasta la dura competencia para ascender en el escalafón (lo de ascender simplemente por antigüedad pasó a la historia) que les obliga a dar siempre lo mejor de sí mismos, y además con escasez de medios y con sueldos escandalosamente bajos para la categoría profesional que tienen. Comprendo que es tristísimo correr el riesgo de perder esa carrera, pero más triste aún debería ser, y más para un verdadero militar, perder el honor.

Los militares retirados pueden decir y hacer lo que les plazca (siempre dentro de la Ley, obviamente) pero -con todo mi respeto hacia ellos- la repercusión de sus hechos o sus palabras no es comparable a la que tendrían los de un militar en activo. Si el que levanta la voz es uno solo o unos pocos militares en activo, verán sus cabezas rodar por los suelos en el instante siguiente, y probablemente se habrán inmolado para casi nada, excepto para salvar su honor, que ya es mucho. Sin embargo, si se plantan colectivamente, si hay un número suficiente de generales, jefes, oficiales y suboficiales que dicen “basta ya” no creo que, en este momento, tal como están las cosas y mientras el actual Rey siga siendo su jefe supremo, el Gobierno se atreva a hacer una “escabechina”, pero si esperan más de la cuenta llegará un día, no tan lejano en el tiempo, en el que estos canallas se atreverán a cualquier cosa (recuerden la conocida como “Ley Azaña” de 1932 para -supuestamente- modernizar y “democratizar” al Ejército).

El número de personas y colectivos que se han comportado como verdaderos miserables con el ex Rey y con la Institución monárquica, no diciendo ni haciendo nada ante el atropello que se está cometiendo, es incontable; desde los grandes empresarios a los que de un modo u otro ayudó abundantemente hasta el numerosísimo colectivo de aparentes fanáticos “juancarlistas” que ahora han mutado en “ex juancarlistas”, pasando por todas las personas que se vieron agraciadas con un lustroso título nobiliario o los que no hace tanto se hubieran dejado cortar un dedo para almorzar, cenar, compartir un día de caza o una regata con él. Salvo honrosas excepciones, ninguno ha dicho ni pio, pero en su caso es solo una cuestión de conciencia, pues no tienen ninguna obligación (excepto moral) de hacer nada. Pero para las Fuerzas Armadas no es solo una cuestión de conciencia y de honor, ni siquiera solo una obligación moral, es una obligación legal: tienen que defender el ordenamiento constitucional vigente, y por tanto la Monarquía y por tanto al Rey.

¿A qué están esperando? ¿A que nos enteremos, de la noche a la mañana, que el Rey se ha marchado de España como le han obligado a hacer a su Padre? ¿A qué se proclame la República, como aquel 14 de abril de 1931 de infausta memoria? ¿A que nada tenga ya vuelta atrás, salvo con un conflicto fratricida? ¿No hemos aprendido nada de nuestra historia?

¿Qué pueden hacer? No estoy diciendo que saquen los tanques a la calle. Lo que estoy demandando es que hagan un gesto firme e incontestable en defensa del orden constitucional en vigor, bien sea con un rotundo manifiesto institucional en defensa del Rey y de la Monarquía, firmado por todos los generales en activo empezando por el JEMAD, aviso a navegantes convencidos de su propia impunidad en el quebranto de la Ley, o con un acto militar solemne presidido por el Rey (un acto especial de homenaje a todas las unidades que han participado en la lucha contra el Covid en la plaza de la Armería del Palacio de Oriente, por poner un ejemplo) en el que las FF.AA. demuestren públicamente, con sus palabras y su actitud, su lealtad al Rey, su compromiso inquebrantable con la defensa del orden establecido y su firme decisión de hacer TODO lo que sea necesario para defender al Rey y a la Monarquía. Lo que sea, cualquier cosa menos la cobarde inhibición a la que estamos asistiendo.

Ahora que hay tanto ruido -ruido artificial, interesado y nocivo- hace falta un poco de “ruido de sables” y un mucho de coraje, responsabilidad y agallas. Y hace falta pronto, antes de que sea demasiado tarde para reconducir las cosas sin tener que recurrir a la fuerza.