El precedente de lo que está sucediendo en las fronteras de Ucrania no es, como Joe Biden y su factoría Walt Disney propagandística se están empeñando en difundir, la II Guerra Mundial (IIGM). No. Tras esa falsa homologación no late más que la necesidad de revestir con la épica de Normandía y de las Ardenas, de la batalla de la Línea Sigfrido y del cruce del Rin, el ansia fagocitadora de USA sobre las históricas áreas de influencia de Rusia en Europa, no en el Sudeste Asiático, ni en Hispanoamérica ni en cualquier otro lugar del mundo, sino en Europa. En la Europa Bizantina, de cuyo legado los zares blancos, los zares rojos y el zar Putin se han considerado siempre depositarios legítimos, pretorianos y continuadores. Ese es el elemento esencial, medular, telúrico, que construye lo que se ha dado en llamar el Alma Rusa desde antes de Ivan el Terrible, cuando Rusia empieza a forjarse en Ucrania, precisamente en Ucrania, hasta Vladimir Putin.

Rusia tiene alma, Estados Unidos también. Las que carecen de alma son las naciones occidentales de la llamada Europa Libre. Son opulentas, son prósperas, son hedonistas... y son cobardes. Tan cobardes como los patricios de la Roma decadente. Rusia lo sabe y Estados Unidos también. Ambos le han venido robando el alma a Europa, a Occidente, desde 1945, unos con la ponzoña del Marxismo Cultural y los otros con la internacionalización del Ethos Ultraliberal. He ahí el resultado: prosperidad sin legiones, arados sin espadas y espadas de atrezo empuñadas de forma vicaria por bufones de la Corte de Washington como Boris Johnson y Pedro Sánchez, en el papel estelar del payaso tonto, del payaso que recibe todas las bofetadas y al que ni siquiera se le invita a las reuniones en las que se decide dónde y cómo, llegado el caso, van a combatir y a morir sus soldados, los soldados españoles. Nada se le dice, nada se le cuenta, nada se le consulta no vaya a ser que retire a sus hombres del frente antes de que se toque zafarrancho de combate, como ya hizo Zapatero en Irak. Ni él ni los bocazas comunistas de su Gobierno, son de fiar. Para nada y para nadie. Además, son analfabetos, carecen de conciencia nacional y continental europea y viven como los bárbaros vivían en los palacios de los césares. Por eso se tragarán la farsa de la homologación del Desembarco de Normandía en Ucrania para pararle los pies a la esvástica imperial rusa.

Lo que hoy está sucediendo, y lo que está a punto de ocurrir en Ucrania, no es homologable a todo lo que propició la Segunda Guerra Mundial, desde el Tratado de Versalles, donde comienza, hasta Hiroshima y Nagasaki, donde finalizó. Lo que hoy está sucediendo, y lo que está a punto de ocurrir en Ucrania es una repetición, pero en suelo europeo, y no en aguas caribeñas, de la Crisis de los Misiles de Cuba en 1962, cuando la URSS, aprovechando el vasallaje de su cipayo Fidel Castro, trató de emplazar misiles nucleares en Cuba, a noventa millas náuticas de territorio norteamericano. Kennedy hizo entonces exactamente lo mismo que hoy está haciendo Putin en Ucrania: desplegó a la Armada Aeronaval USA para evitar la instalación de bases y armamento nuclear soviético a un paso de su frontera sur y en su área de influencia geopolítica. El mundo contuvo el aliento hasta que Nikita Kruschev mandó “¡Media vuelta, arrr!” a la Flota Soviética que ya avistaba a los buques de guerra norteamericanos con el dedo en el gatillo. A Putin le asiste hoy el mismo derecho que a Kennedy en 1962. Esperemos que Joe Biden haga hoy lo mismo que hizo Kruschev en 1962, retirarse como el chulo cervantino: “Caló el chapeo, miró al soslayo, tentó la espada, fuése, y no hubo nada”.