Casi nada en la triste España que nos ha tocado vivir entra dentro de lo normal. Ni la tomadura de pelo de las farmacéuticas, que se niegan a darnos las vacunas que por contrato estaban obligadas a servir. Ni el cambio de cromos en el Gobierno, con Sánchez en plan Maquiavelo y los nuevos ministros poniendo en evidencia sus muchas limitaciones. Ni el desaparecido Iglesias Turrión, tan combativo cuando no podía hacer nada como perezoso ahora que podría sacar a la clase proletaria de la miseria y el hambre.
 
Nada es normal porque nos han acostumbrado no a una nueva normalidad, sino a un mátrix progre donde el relativismo moral campa a sus anchas ante el pasotismo de una sociedad anestesiada. Una sociedad a la que ni siquiera una pandemia como ésta, con tres oleadas y un proceso de vacunación caótico, han hecho reaccionar. Una sociedad de familias desestructuradas, donde hasta la Iglesia ha dimitido de su obligación de recordar que sólo la palabra de Cristo puede salvar a la Humanidad.
 
En medio de esta tormenta perfecta de calamidades, ha arrancado la campaña electoral de las elecciones catalanas, unas elecciones que ni siquiera se sabe seguro si se van a celebrar en la fecha acordada. Pero ojalá fuera ese el único disparate. Las autoridades catalanas van a permitir una movilidad y unas libertades que viene restringiendo de manera contundente en casi todos los ámbitos ciudadanos. No se puede trabajar, pero se puede votar. No se puede ir al bar, pero sí a un mitin electoral. No se puede ir a misa, pero sí a escuchar a cualquiera de los golpistas que atentaron contra la sagrada unidad de España hace más de tres años. 
 
Porque esa es otra. Con apenas la cuarta parte de la sentencia cumplida, Junqueras y sus amigos sediciosos ya están en la calle, con el tercer grado bajo el brazo, dispuestos a dar mítines a los catalanes que quieran escucharles, prometiendo que volverán a dar un golpe de Estado contra España en cuanto se lo permitan. No sólo no han pedido perdón, no solamente no se han arrepentido por el más grave crimen que se puede cometer. Además, aseguran que volverán a cometerlo, con la habitual chulería de los mafiosos.
 
Mientras tanto, Santiago Abascal, que acudió el sábado a Gerona para acompañar a su candidato Ignacio Garriga, fue recibido a pedradas por una banda de delincuentes, antisistema de extrema izquierda y republicanos de todo pelaje. VOX no es bienvenido a Cataluña precisamente porque sus dirigentes van allí a defender la españolidad de Cataluña, sin dar un paso atrás pese a las amenazas y agresiones. Algo que, hasta ahora, sólo se atrevían a hacer falangistas y patriotas. Pero a la mayoría de los españoles esta evidente adulteración de la democracia no les importa en absoluto.
 
Lo peor es que todos sabemos ya lo que pasará en estas elecciones. Dejando a un lado la incógnita de si Illa, el astronauta, logrará conseguir más votos que el resto de candidatos, sabemos que volverán a gobernar los enemigos de España, porque el Sistema está montado para que así sea. Los engaños de cuatro décadas, varias generaciones de catalanes educados en el odio a la unidad nacional, sólo pueden conducir a una victoria de los golpistas. El resto de candidatos pugnarán por las medallas de bronces y los diplomas que se entregan en las tertulias del día después.
 
España no se merece a esta generación de políticos sin escrúpulos. Ni siquiera sobre la perspectiva de una población indolente y aturdida, que ya es incapaz de distinguir lo verdadero de lo falso. España, esa nación milenaria, el orgullo de sus mejores hijos, no merece vivir hoy en este pozo de desesperación, con la mitad de la gente confinada en sus casas y un futuro incierto, desde las UCIs de los hospitales hasta los comedores de Cáritas. Y ahora ponen otra vez las urnas en Cataluña, con las reglas del juego trucadas y la seguridad de que volverán a ganar los peores.