1. El dios-Estado moderno decide quien vive y quien muere

El nacional-socialismo de Hitler y el socialismo actual tienen mucho en común, empezando por el número de víctimas. Si a los alemanes se les achaca el asesinato de millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, otro tanto puede decirse del PSOE, pues desde la aprobación de su ley del aborto en 1985 son más de 2.500.000 los niños asesinados en España. Zapatero intentó sacar adelante la ley de eutanasia, pero la galopante crisis económica, que se empeñaba en negar reiteradamente, se el echó encima precipitando su caída e impidiendo una de las últimas y definitivas medidas de ingeniería social de la izquierda. Con la llegada del nuevo gobierno socialista-comunista-separatista volvió se volvió a la carga para introducir el falso e inhumano «derecho a la muerte digna». No obstante, la pandemia del coronavirus les está resultando muy útil para sus planes eutanásicos.

Otro rasgo que mancomuna la ideología nacional-socialista y la socialista del PSOE (junto a los comunistas de Podemos y a los separatistas de todo pelaje) es el racismo. En el caso alemán se trata de un racismo biológico: la superioridad de la raza aria. En el caso español se trata de un racismo intelectual, elitista, basado en el inmenso engaño de la «superioridad moral de la izquierda», asumido lacayunamente por la derecha desde el tardofranquismo debido a su insufrible indigencia mental. De este modo, el Gobierno socorrido constantemente por el rodillo mediático a su servicio y bien engrasado económicamente, está llevando a cabo una eutanasia silenciada dejando morir a miles de ancianos en las residencias de la tercera edad o negándoles los cuidados sanitarios en los hospitales.

Esa generación a la que tanto debemos los españoles ni tan siquiera podrá tener un funeral digno de tal nombre ni el reconocimiento del duelo oficial ya que esto empañaría la imagen de gestión brillante que se nos vende desde el poder político y sus terminales mediáticas, auténtico imperio del mal. El sabio jurista y filósofo Cicerón en su obra De Oratore enseñaba una verdad tan rotunda como desconocida contemporáneamente: «La historia es maestra de vida». De ahí que los mismos principios que en el pasado causaron millones de muertes sean los mismos que, aplicados en la actualidad, producirán los mismos resultados

Vamos ahora a desenmascarar el engaño con el que los médicos y propagandistas nazis escondieron el exterminio de miles de bebés «disminuidos» y que el totalitarismo progresista sigue escondiendo para que no se descubra la unidad ideológica que entre ambos existe. Poco antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial, en mayo de 1939, Adolf Hitler levantó los pilares sobre los que se asentaría la tristemente popular «Aktion T4». La conexión entre eugenesia y eutanasia, que, aunque tiene un desarrollo terrorífico en la Alemania nazi, tiene unos orígenes e impulsos que se encuentran en las democracias liberales occidentales: Estados Unidos y Reino Unido principalmente. Aparte de la visión de conjunto histórica, es conveniente rastrear los similares pasos para la aprobación de la eutanasia y la erradicación de los discapacitados que se están dando en muchos países hoy en día.

Hablar de la «Aktion T4» es rememorar los años en los que, amparándose en la necesidad de ahorrar recursos vitales para el país durante la Segunda Guerra Mundial, el Tercer Reich inició un programa de eutanasia masivo que acabó con la vida de entre 70.000 y 275.000 «disminuidos físicos y mentales», como solían ser denominados por los germanos. Oficialmente, el Estado comenzó a perpetrar estos asesinatos tras el inicio de la contienda en septiembre de 1939. Sin embargo, en una fecha tan temprana como mayo del mismo año, mucho antes de que el Tercer Reich comenzara a levantar Auschwitz, el centro de exterminio más popular de la historia (aunque no el más letal porque el Gulag soviético le aventaja en muertes); el régimen de Adolf Hitler ya coqueteaba con la idea de la eliminación sistemática de cualquier niño menor de tres años que sufriera algún tipo de enfermedad que impidiera su perfecto desarrollo. Este programa, previo al comienzo oficial de la cruel «Aktion T4» aprobada por el mismo «Fuhrer» mediante un documento oficial firmado en octubre de 1939 -un mes después de la invasión de Polonia- supuso la selección y el asesinato de alrededor de 5.000 bebés de forma clandestina.

El sistema no podía ser más cruel ya que, para evitar que aquel peligroso secreto de Estado saliese a la luz, primero se separaba a los niños de sus padres afirmando que se les internaría en un centro en el que recibirían «el mejor y más efectivo tratamiento disponible» para paliar sus minusvalías. Posteriormente los pequeños eran enviados hasta uno de los 28 hospitales más famosos de Alemania, donde pasaban ingresados algunos meses antes de ser exterminados mediante barbitúricos, inyecciones letales o incluso inanición. Entender el comienzo de este programa de eutanasia infantil requiere retrotraerse en el tiempo hasta el siglo XIX, época de apogeo del evolucionismo o darwinismo social, en la que el británico Francis Galton empezó a abogar por «la mejora de la raza humana por medio de acciones sociales tendentes a seleccionar las cualidades hereditarias más deseables». Aquella filosofía, inocente para él, fue posteriormente llevada al extremo por los seguidores de la eugenesia, una corriente extrema que se generalizó a partir de los años 20 del siglo pasado y que apostaba por impedir reproducirse a los menos aptos.

Estos fueron los primeros pasos, en poco tiempo, esta mentalidad corrió como la pólvora por naciones como Estados Unidos, Gran Bretaña o Alemania. No obstante, fue en esta última región en la que tuvo una especial acogida gracias a la propaganda del nazismo. Adolf Hitler pronto se convirtió en uno de los seguidores más férreos de esta filosofía. De hecho, a lo largo de su vida reiteró en varias ocasiones la necesidad imperiosa que tenía Alemania de exterminar a los enfermos mentales. Con todo, cuando subió al poder en 1933 se conformó, por el momento, con impedir reproducirse a los «disminuidos mentales». Así lo afirma la doctora en Derecho Carina Gómez Fröde en su dossier Eugenesia: moralidad o pragmatismo: «Durante la década de 1930, el régimen nazi esterilizó forzosamente a cientos de miles de personas a los que consideraba mental y físicamente “no aptos”. Se estima que fueron aproximadamente 400.000 personas entre 1934-1937». A su vez, el Estado nacional-socialista implantó pocos meses después de su ascenso al poder las llamadas «políticas eugenésicas positivas». Una serie de recompensas mediante las que se promovió que las mujeres solteras «racialmente puras» tuvieran multitud de hijos con miembros del partido nazi, especialmente de la élite racial conformada por las SS.

Sin embargo, hubo un caso que lo cambió todo. Partiendo de esta base solo era cuestión de tiempo que el nazismo iniciara su particular cruzada contra todas aquellas personas a las que no considerara aptas a nivel racial, físico o psicológico. No obstante, al Fuhrer le faltaba únicamente el disparo que marcara el comienzo de esta carrera criminal. Y este llegó en 1938, año en que recibió una carta en la que un tal Knauer le pedía permiso para matar a su propio hijo. «Era un miembro del partido que tenía un hijo de nueve semanas que había nacido ciego, sin una pierna y parte de un brazo y que, además, padecía un retraso mental, por lo que solicitaba al Fuhrer autorización para acabar con su vida por el bien de la raza».

El nombre de aquel individuo es, a día de hoy, fuente de controversia, pues algunos expertos afirman que este caso fue bautizado como el del «Niño K» debido a que solo se conocía la inicial del apellido familiar, el cual podía ser «Kretschmar» o «Knauer». Más allá de estas controversias, Hitler envió a su médico personal, el doctor Karl Brandt, para analizar el caso. Este desplazó sin dudarlo al chico a la Clínica de la Universidad de Leipzig, donde le inyectaron una dosis de barbitúricos que acabó con su vida. Aquel fue el comienzo de la crueldad sistematizada ya que Brandt recibió de Hitler la orden verbal de actuar del mismo modo en casos similares. No obstante, y a pesar del convencimiento que Adolf Hitler tenía acerca de la necesidad de Alemania del recurso a la eutanasia infantil, el Tercer Reich decidió mantener en secreto sus actividades. Todo, para no ganarse una mayor enemistad de la sociedad en general y del Vaticano en particular. Lógicamente, tampoco la comunidad internacional estaría dispuesta a consentir una política de asesinatos administrativos. Ni los eugenistas norteamericanos se habían atrevido a llegar tan lejos en sus propuestas.

Después de que se sucediera el caso del «Niño K», Hitler creó en mayo el «Comité para el Tratamiento Científico de Enfermedades Severas Determinadas Genéticamente» con el objetivo de empezar la selección de bebés discapacitados. A nivel oficial, no obstante, su objetivo era el de hallar curas para las dolencias hereditarias de los más pequeños. Al frente de este organismo fueron puestos el ya mencionado Karl Brandt; Hans Hefelmann; Herbert Linden (médico, consejero y responsable de los hospitales estatales); Hellmut Unger (oftalmólogo); Hans Heinze (director de un famoso asilo para «disminuídos»), Ernst Wentzler (pediatra) y Werner Catel (pediatra). El Comité no tardó en ponerse a trabajar. Tres meses después, cursó una circular en la que solicitó a los pediatras y enfermeras de los diferentes centros que les hiciesen llegar informes de todo aquel niño candidato a ser asesinado. Concretamente, los miembros del grupo solicitaron que se enviara información sobre los pequeños de hasta tres años que hubieran nacido con alguna deformidad.

«Entre ellas se incluían deformidades o anomalías congénitas como idiocia o mongolismo, especialmente si asociaban ceguera o sordera; microcefalia o hidrocefalia severa o progresiva; deformidades de cualquier tipo, especialmente ausencia de miembros; malformaciones de la cabeza o espina bífida; o deformaciones invalidantes como la parálisis espástica». Los pequeños eran seleccionados si tenían «enfermedades hereditarias serias como idiotez y mongolismo, sobre todo si está asociado a ceguera o sordera; microcefalia, hidrocefalia, malformaciones de cualquier tipo especialmente en la cadera, cabeza o columna vertebral; y parálisis incluyendo espasticidades». Dicho Comité estableció un castigo severo para aquellos médicos y enfermeros que se negasen a adjuntarles la información requerida.

Los expertos coinciden en que, al principio, la edad máxima que podía tener un niño para ser «seleccionado» por el Comité era de 3 años. No obstante, con el paso del tiempo esta cifra fue aumentando paulatinamente hasta rondar los 16 y 17 años en 1941. A nivel oficial, aquellos que designaron a los chicos más mayores lo hicieron amparándose en las palabras del mismo Hefelmann, quien expuso durante los tres años que duró este cruel programa que el límite podía ser «excedido ocasionalmente».

 

Bibliografía

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